El Testigo de Sevilla Y El Mar De Las Tinieblas CAPÍTULO XVI Los Cinco Días de Ventaja #3
64%

CAPÍTULO XVI Los Cinco Días de Ventaja #3

Él lleva nueve días de ventaja. Cinco desde que huyó, y cuatro más que hemos pasado nosotros encerrados en la Casa de la Espera.

Nueve días en que ha cruzado ya una distancia que a nosotros nos costará semanas enteras remontar.

Si llega a Roma con el báculo y el engranaje, si los entrega a quien los ha estado buscando durante cuatrocientos años, todo lo que habéis construido aquí, todo lo que vuestros ancestros sacrificaron hundiéndose con su propio continente para detener a ese mismo enemigo, habrá sido en vano.

Vos mismo nos lo explicasteis, Tlatoani, antes de partir a vuestras tierras: una sola fuente de energía artificial basta para que la replicación comience de nuevo.

Y Roma está llena de ellas. La catedral entera es una fuente de energía.

Los cirios que llevan siglos ardiendo en los altares, las forjas que trabajan noche y día bajo la basílica, la fe misma de millones de personas convertida en calor y en luz que jamás se apaga.

Si el mecanismo se activa allí dentro, dentro de esos muros llenos de fieles dispuestos a morir por su Papa antes de cuestionarlo...

lo que vuestros ancestros temían cuando hundieron su propio continente habrá vuelto, y esta vez no habrá ningún océano lo bastante profundo para detenerlo.

Se interrumpió porque notó, en los rostros de los miembros del Cónclave, algo que no esperaba encontrar: no la indiferencia de quienes ya han tomado una decisión inamovible, sino el peso de quienes llevan toda la vida sabiendo exactamente lo que ese muchacho acaba de describir,

y que han tenido que aprender a vivir con ello de todas formas.

Fue Wayra quien rompió el silencio antes de que nadie más pudiera hacerlo, poniéndose en pie con la misma impaciencia que lo definía en cada sesión del Cónclave, sus ojos oscuros brillando con una urgencia que no se molestó en disimular.

—Yo os llevaré —dijo, sin esperar autorización de nadie—. Mi nave es la más veloz de todo Incatlán, Mateo Gámez, y mi tripulación entera está a vuestra disposición. Cazaremos a ese traidor antes de que ponga un solo pie en Roma, os lo juro por mi propio nombre.

—Y la mía —añadió Newen, incorporándose junto a él con la misma determinación firme que llevaba grabada en cada gesto—.

Ningún atlano debería temerle a un solo hombre, por muchos siglos de ventaja que ese hombre crea tener.

Yo he entrenado toda mi vida para un momento como este, y no pienso quedarme sentada mientras otros deciden si merece la pena actuar.

Un murmullo recorrió la sala, mitad admiración, mitad inquietud, ante la fogosidad de los dos representantes más jóvenes del Cónclave.

—Sentaos, los dos —intervino Arandu, sin alzar la voz, pero con una autoridad que ni Wayra ni Newen se atrevieron a desafiar plenamente—.

He vivido lo suficiente para saber que la juventud confunde, con demasiada frecuencia, la valentía con la prudencia.

Y ambas virtudes, mal combinadas, han enterrado a pueblos enteros antes que el nuestro.

—Con el debido respeto, Arandu —replicó Wayra, sin sentarse del todo, con la mandíbula tensa—, la prudencia no ha detenido a Arana en semanas enteras. Solo lo ha dejado escapar con ventaja.

—El joven no se equivoca en eso —murmuró Sokanon desde su asiento, aunque su tono conciliador no dejaba dudas sobre cuál de los dos bandos consideraba, en el fondo, más sensato.

Fue entonces cuando el Tlatoani alzó una mano, y el peso de aquel gesto silenció la sala entera antes de que pronunciara una sola palabra.

—¡La ley es absoluta! —dijo, con una fuerza que Mateo no le había escuchado nunca hasta ese instante, una fuerza que parecía costarle algo profundo pronunciar—.

Ningún atlano ha cruzado el Mar de las Tinieblas en generaciones enteras, y ningún atlano lo hará esta noche, por muy justa que sea la causa que se lo pida.

No por falta de valor, Wayra. Por la misma ley que nos ha mantenido con vida durante tres mil años.

Wayra y Newen cruzaron una mirada breve, cargada de una frustración que ninguno de los dos se atrevió a convertir en palabras. No era la mirada de quien acepta una derrota, sino la de quien la posterga.

Los miembros del Cónclave presentes se miraron entre sí, y en aquellas miradas cruzadas Mateo reconoció, con el instinto afinado de quien ha aprendido a leer silencios a lo largo de toda una travesía, que la respuesta ya existía antes de que él terminara de hablar,

y que había existido desde mucho antes de que él abriera la boca.

—Lo sabemos, Mateo—dijo finalmente el miembro de más edad, con una gravedad que no se parecía al placer de negar, sino al peso genuino de quien pronuncia una condena que también le duele a él—.

Lo sabemos mejor que tú, porque llevamos generaciones durmiendo con ese miedo a la espalda.

Pero no podemos cruzar el mar. Ninguna ley de Atlán es más sagrada.

Si cruzamos el océano, si ponemos un solo pie más allá de nuestras propias aguas, podríamos traer con nosotros, de vuelta, exactamente aquello que durante siglos enteros hemos trabajado para mantener lejos de estas costas.

Si uno solo de nuestros guerreros resultara ser un replicante que ninguno de nosotros ha logrado detectar, y cruzara ese océano y tocara tierra en Atlán de regreso...

no podemos arriesgar a un pueblo entero por la posibilidad de frenar a un solo enemigo en aguas ajenas.

La respuesta es no. Y lo seguirá siendo, aunque lo preguntéis mil veces más.

Mateo sostuvo aquella mirada durante un instante más, buscando en ella cualquier grieta, cualquier vacilación que le indicara que la puerta no estaba por completo cerrada.

No encontró ninguna. Solo encontró la tristeza genuina de un hombre que habría deseado, con toda la sinceridad de una vida entera, poder dar otra respuesta.

—Os entiendo —dijo finalmente, con una sencillez que no era rendición, sino la aceptación honesta de un límite que sabía real—. Gracias por cuatro días de reclusión sin violencia, por tantos días de amabilidad antes de eso, y por la tumba de mi abuelo. El resto lo haremos solos.

Los muelles de Atlán, cuando los marineros de la Santa María y La Niña los pisaron por última vez aquella misma tarde, todavía conservaban algo de la tensión que había sacudido la ciudad durante los últimos días,

pero la furia abierta de las primeras horas se había asentado ya en algo más parecido a la tristeza cautelosa de un pueblo que ha aprendido, una vez más, que la confianza es siempre el precio más caro que existe.

El anciano estaba esperando a Mateo en el muelle, solo, con las manos entrelazadas y la misma serenidad en el rostro que había mostrado siempre, aunque a Mateo le pareció ver, bajo aquella calma habitual,

el peso específico de alguien que ha peleado una batalla que no termina de sentirse como una victoria.

No dijo nada mientras Mateo se acercaba. Esperó a que la distancia entre ambos fuera lo suficientemente corta como para no necesitar levantar la voz, y entonces habló con la cadencia pausada de quien ha guardado algo durante mucho tiempo y sabe que ya no hay más razón para seguir guardándolo.

—En sus últimas horas, cuando ya apenas podía sostener los ojos abiertos, vuestro abuelo me preguntó una cosa —dijo el anciano—.

Me preguntó si yo creía que su nieto llegaría algún día hasta aquí.

Le dije que no lo sabía. Y él me respondió que no importaba, que él ya había hecho su parte, y que si el muchacho tenía, aunque fuera la mitad de la terquedad de su abuelo, el resto lo resolvería solo.

—Hizo una pausa breve—. Quería que supierais eso.

Que él no dudó de vos ni un solo instante, ni siquiera al final.

Mateo no respondió de inmediato. Dejó que aquellas palabras se asentaran en algún lugar dentro de él donde todavía había espacio para recibirlas, y cuando finalmente habló, su voz sonó más serena de lo que él mismo esperaba.

—Gracias —dijo simplemente.

—Vuestro abuelo era un hombre sabio —añadió el anciano—. Jamás os pidió que salvarais el mundo, Mateo. Solo que lo intentarais con la misma obstinación con que él mismo lo intentó.

Mateo lo miró un instante, con los ojos húmedos que se negó a parpadear del todo, y asintió.

No había más que decir.

Aquella noche, cuando las velas de la Santa María y La Niña se desplegaron sobre el puerto de Atlán por última vez, con los cascos todavía a medio reparar crujiendo bajo el esfuerzo de un viento que al menos soplaba, como única concesión del destino, en la dirección correcta,

nadie a bordo de ninguna de las dos naves habló durante un tiempo que ninguno de ellos se atrevió a medir después.

Era Rodrigo, finalmente, quien quebró el silencio, con la misma voz ronca y sin adornos de siempre.

—¿Almirante? ¿Qué hacemos si lo encontramos?

Colón, de pie en la proa con la mirada fija en el horizonte negro que se tragaba poco a poco las últimas luces de Atlán a sus espaldas, tardó un momento en responder.

—Lo encontraremos —dijo—. Y cuando lo hagamos, decidiremos entonces.

Mateo, con las manos aferradas a la borda y el pecho todavía vacío donde durante meses enteros había latido el peso del engranaje que su abuelo le había entregado una noche de invierno en Triana, sintió que algo se encendía dentro de él que no sabía todavía cómo nombrar por completo,

pero que reconocía, con una claridad que le sorprendió, como idéntico al fuego que debía de haber sentido el Viejo de Mar la noche en que se lanzó al Atlántico solo, sin despedirse, para mantener viva una promesa que no era suya sino de su familia entera.

Con ayuda o sin ella, los buscarían. Y recuperarían lo que era suyo.