El Testigo de Sevilla Y El Mar De Las Tinieblas CAPÍTULO XVI Los Cinco Días de Ventaja #2
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CAPÍTULO XVI Los Cinco Días de Ventaja #2

Habló del Viejo de Mar, de sus últimos días de fiebre y de lucidez alternada, de cómo aquel hombre había llegado a las costas de Atlán con el báculo apretado entre las manos y la certeza silenciosa de quien sabe que ha llegado exactamente donde debía llegar, aunque no sepa del todo por qué.

Habló de las noches que habían pasado juntos conversando junto al fuego del hogar de los viajeros, de cómo el viejo gitano le había contado, entre toses y silencios, la historia de un nieto que llevaba el engranaje colgado del cuello y que algún día cruzaría el mismo océano que él había cruzado,

aunque por razones que ninguno de los dos lograba todavía comprender plenamente.

Habló de una pelea de taberna en Triana que el Viejo de Mar recordaba con una carcajada que le sacudía el pecho entero, la misma historia que contaba siempre que el dolor de la fiebre cedía lo suficiente como para dejar espacio a algo que se pareciera a la alegría.

Y habló, finalmente, de la tarde en que aquel hombre había cerrado los ojos por última vez, con una serenidad tan completa que el anciano había tardado un buen rato en comprender que ya no respiraba, como si simplemente hubiera decidido,

con la misma tranquilidad con que había decidido todo lo demás en su vida, que ya había terminado lo que había venido a hacer.

—Ese muchacho es la última pieza de una historia que este hombre amó hasta el final —le dijo al Cónclave, con una voz que no pedía nada, sino que simplemente afirmaba—.

Y yo no creo, ni por un instante, que sea cómplice de lo que ha ocurrido en nuestros depósitos.

Lo creo porque conocí a su abuelo. Y porque los hombres que crían a sus nietos con ese tipo de amor no producen traidores.

No los defendía de ningún crimen, porque ninguno había cometido ninguno. Los conocía. Y esa diferencia, en un mundo que llevaba semanas enteras justificando su propia desconfianza en una traición que ni siquiera había cometido la mayoría de los presentes, era la única verdad que importaba de verdad.

Al cuarto día de reclusión, la puerta de la Casa de la Espera se abrió, y los Heraldos que habían custodiado sus habitaciones en silencio durante toda aquella semana larga les indicaron, con el mismo tono impávido de siempre, que el Cónclave los esperaba.

La sala era la misma Cámara de Representantes donde semanas atrás Mateo había mostrado el engranaje ante los doce sabios reunidos, y donde todo había comenzado a romperse de la manera más silenciosa y devastadora posible.

Pero aquella mañana, los pocos miembros del Cónclave que todavía permanecían en la ciudad los miraban con una frialdad que nada tenía que ver con la gravedad pensativa de aquella primera reunión,

sino con algo más parecido a la última mirada que se le dedica a una decisión que ya se ha tomado y de la cual no hay vuelta atrás.

Pero antes de que aquella sentencia pudiera pronunciarse, Tocanoa, representante de Anasazlán, se puso en pie con la misma violencia contenida que Mateo recordaba de su primer encuentro con el Cónclave.

—¿Libres? —repitió, con un desprecio que no se molestó en disimular—.

Un hombre que ninguno de nosotros supo leer a tiempo se paseó semanas enteras entre nosotros, robó de nuestra propia bóveda las dos piezas que más celosamente hemos protegido en toda nuestra historia, y ahora navega libre hacia Roma con una ventaja de cinco días.

Y este Cónclave pretende premiar semejante desastre con la libertad de los mismos hombres que lo trajeron hasta nuestras puertas.

—Nadie los acusa de traerlo a sabiendas, Tocanoa —intervino Balamek, con la misma calma que lo caracterizaba.

—No hace falta sabiduría para ser un peligro, representante de Mayatlán —replicó Tocanoa—. Basta con ser descuidado.

Mahpiya, representante de Lakotlán, al que Mateo no recordaba haber visto hablar jamás en su primera comparecencia, se incorporó entonces con un gesto igual de indignado.

—Hablo por Lakotlán cuando digo que esto no se trata solo de descuido —dijo, con una voz que temblaba de una furia contenida durante días—.

Se trata de que la seguridad misma del Cónclave ha sido vulnerada bajo nuestras propias narices, y en vez de exigir respuestas, esta sala se apresura a soltar a los extranjeros para lavarse las manos con premura.

—¿Y qué proponéis exactamente, representante de Lakotlán? —preguntó Balamek, sin alterar el tono—. ¿Que los encerremos de nuevo mientras el báculo y el engranaje se acercan cada día más a Roma?

El silencio que siguió a aquella pregunta duró más de lo que cualquiera de los presentes hubiera deseado admitir.

—Propongo que este Cónclave recuerde, antes de decidir nada, que fue precisamente la prudencia excesiva la que permitió que ese hombre operara sin sospecha durante meses enteros —dijo finalmente Yaguana, rompiendo aquel silencio incómodo—.

Y que la urgencia, no el castigo, es lo único que puede repararlo ahora.

Tocanoa no respondió de inmediato. Se limitó a sostenerle la mirada a Yaguana durante un instante que se sintió mucho más largo de lo que realmente fue, antes de volver a ocupar su asiento sin conceder, del todo, que la discusión hubiera terminado.

Anuktaq, Necalli y Kokenk, que habían escuchado el intercambio entero sin pronunciar palabra, cruzaron entre sí una mirada breve que bastó para sellar un acuerdo tácito.

Ninguno de los tres compartía por completo la vehemencia de Tocanoa, pero tampoco la urgencia de Yaguana.

Se limitaron a asentir, cada uno a su manera —Anuktaq con la lentitud de quien ya ha tomado una decisión y no necesita repetirla en voz alta, Kokenk con la reserva silenciosa de quien prefiere observar antes que hablar, y Necalli con un gesto solemne que, por una vez,

no buscaba la atención de nadie—, aceptando de antemano lo que fuera que el Cónclave decidiera.

—Sois libres —anunció el miembro de más edad entre los presentes, con una voz tan desprovista de calidez como de crueldad—.

Ninguna prueba indica que ninguno de vosotros tuviera conocimiento de lo que vuestro compañero planeaba.

Pero vuestra libertad viene con una condición que este Cónclave ha tomado unanimidad en pronunciar, y que no admite negociación alguna.

Hizo una pausa que a Mateo le pareció interminable, y cuando continuó, su voz había adquirido una gravedad distinta, más honda, como la de alguien que está a punto de pronunciar algo que lleva generaciones enteras sin necesidad de decirse en voz alta.

—Hay algo más que debéis saber antes de partir, y que este Cónclave os comunica no para asustaros, sino porque os lo debemos como huéspedes que fueron, hasta hace muy poco, bienvenidos en estas costas.

Las puertas de nuestros depósitos más profundos no ceden ante ningún ladrón humano.

Nunca lo han hecho, en siglos enteros de historia.

Solo responden a la tecnología de los Arquitectos, y solo quien lleva esa tecnología en su propia naturaleza podría haberlas abierto sin dejar marca alguna.

—Hizo una pausa larga, y cuando continuó, su voz había perdido cualquier rastro de la serenidad que lo había definido siempre—.

Llevamos generaciones temiendo que algo así pudiera ocurrir.

Que lo que destruyó nuestro mundo una vez pudiera encontrar, algún día, la manera de llegar hasta nosotros.

No nombraré lo que creo que entró en esos depósitos, porque nombrarlo ante vosotros, sin pruebas definitivas, sería irresponsable.

Pero entenderéis ahora por qué no podemos dejaros regresar jamás.

Mateo sintió que el frío que le recorría la espalda no tenía nada que ver con la temperatura de la sala.

El Cónclave no lo acusaba. Tampoco lo absolvía del todo.

Simplemente le estaba diciendo, con la mayor delicadeza posible, que el hombre que había dormido a dos pasos de su hamaca durante meses enteros podía no haber sido un hombre en absoluto, y que ellos, el pueblo más sabio y antiguo que Mateo había conocido en ningún momento,

llevaban toda la vida preparándose para ese momento sin llegar jamás a estar por completo listos para él.

—Zarparéis de Atlán en el menor tiempo posible, con los barcos en el estado en que se encuentren ahora mismo, sin esperar a que las reparaciones concluyan del todo.

Y ninguna embarcación foránea volverá nunca a estas costas.

Ninguna. Esta decisión no nace del odio hacia vuestro pueblo, sino del miedo más antiguo y legítimo que Atlán conserva en su memoria: el miedo a que, entre vosotros, sin que vosotros mismos lo sepáis, pueda viajar algo que ya destruyó nuestro mundo una vez.

No podemos correr ese riesgo de nuevo. No podemos.

Colón abrió la boca para hablar, y el miembro del Cónclave lo detuvo con un solo gesto de la mano.

—Esta decisión es definitiva, Almirante.

Fue Mateo quien dio un paso al frente.

No lo había planeado. No había preparado ningún discurso, ninguna argumentación cuidadosa, ninguna de las estrategias retóricas que había visto emplear a Colón durante meses de negociaciones imposibles con reyes escépticos.

Solo sabía que, si no hablaba en aquel momento exacto, nunca volvería a tener la oportunidad de hacerlo, y que aquella sala, aquellos hombres, representaban la única posibilidad real que le quedaba de recuperar algo que iba mucho más allá de un engranaje robado.

—Entiendo vuestra decisión —dijo, con una voz que le sorprendió a sí mismo por su firmeza—. Y si yo fuera vos, después de todo lo que vuestro pueblo ha sufrido, probablemente tomaría la misma. Pero os pido algo más. Os pido que nos ayudéis a alcanzar a Arana antes de que toque tierra en Europa.

El silencio que siguió fue distinto al anterior. Más tenso. Como el silencio de una sala que ya sabe lo que va a responder pero que tiene el suficiente respeto por quien pregunta como para no atropellar la pregunta con la respuesta.

—Vuestras naves son infinitamente más veloces que cualquier carabela que nosotros podamos tripular —continuó Mateo, sin apartar la mirada del miembro de más edad, consciente de que dirigirse directamente a él era la única estrategia que podía intentar—.