CAPÍTULO XVI Los Cinco Días de Ventaja
Antes de que el sol de Atlán alcanzara su punto más alto aquella mañana, la tripulación entera de las dos carabelas restantes —desde el propio Almirante hasta el grumete más joven— ya estaba arrestada.
No fue una detención violenta, lo cual, como comprenderían Mateo y el resto de sus compañeros mucho más tarde, con la perspectiva fría que solo la distancia permite, era quizás la única razón por la que seguían con vida para comprenderlo del todo.
Los Heraldos que rodearon el hogar de los viajeros aquella misma mañana, bloqueando cada salida con una disciplina silenciosa que no necesitaba gritos ni armas desenvainadas para resultar absolutamente inequívoca,
no mostraban la furia ciega de los atlanos que Mateo había visto en las calles durante el caos del descubrimiento.
Mostraban algo más difícil todavía de soportar: la gravedad absoluta de un pueblo que ya no podía seguir creyendo en la confianza que había depositado, sin reservas y sin condiciones, en unos extranjeros que nada habían hecho para merecer aquella fe,
salvo llegar en paz por primera vez y aprovecharla con una traición que les partiría el corazón a todos.
—La Casa de la Espera os recibirá mientras el Cónclave decide qué hacer con vosotros —les anunció el Heraldo principal, con una voz que no levantaba y que precisamente por eso resultaba más aterradora que cualquier amenaza gritada—.
Nadie en Atlán puede garantizar vuestra seguridad si permanecéis al alcance de la ciudadanía mientras la investigación continúa.
Ningún marinero de los presentes protestó.
Rodrigo el tuerto, que en circunstancias normales habría tenido ya media docena de comentarios ingeniosos preparados para cualquier situación de semejante calibre, caminó en silencio con las manos a los costados y la vista fija en el suelo de piedra nacarada.
Tomás Ruiz murmuraba algo entre dientes, aunque Mateo, caminando a su lado, no lograba distinguir si eran oraciones o simplemente el intento de un hombre de fe de aferrarse a cualquier cosa que todavía le diera sentido a lo que estaba ocurriendo.
La Casa de la Espera resultó ser, para alivio considerable de todos, menos una prisión que un edificio de reclusión severa: habitaciones individuales, cerradas, pero no oscuras, con agua abundante y comida traída tres veces al día por Heraldos que no respondían a ninguna pregunta,
pero tampoco cerraban la puerta con llave que impidiera salir al corredor interior.
Era, comprendió Mateo con una claridad que tardó un rato en volverse consuelo, la clase de reclusión que solo un pueblo genuinamente pacífico podía concebir: no un castigo, sino una contención, el equivalente atlano de separar a un animal que ha mordido del resto del rebaño, no por crueldad,
sino por precaución elemental.
—¿Sabéis qué es lo que más miedo me da de todo esto?
—preguntó Rodrigo aquella primera tarde, asomando la cabeza por la puerta de su propia celda con la expresión de quien ha llegado, por fin, a una conclusión que lo supera—.
Que si estos atlanos fueran como cualquier otro pueblo que he conocido en mi vida de marinero, ya estaríamos todos colgados de los muelles o quemándonos en alguna plaza.
Y lo que más miedo me da no es eso, sino que me alegro tanto de que no lo sean, que casi me da vergüenza lo mucho que me alegra.
El pensamiento recorrió el corredor en silencio, de celda en celda, y ninguno de los que lo escucharon encontró palabras para responderle, porque la verdad que Rodrigo acababa de nombrar con su habitual brutalidad honesta era, en efecto,
exactamente lo que todos estaban pensando sin atreverse a decirlo: que si aquel pueblo, tan poderoso y tan agraviado, hubiera tenido la misma propensión a la violencia que el mundo de donde ellos venían, ninguno habría tenido tiempo siquiera de comprender la magnitud de su propia suerte.
Colón fue el único que no participó de aquella conversación.
Pasó los cuatro días de reclusión en un silencio que no era paz sino furia contenida, paseando de un extremo al otro de su habitación con el paso corto y tenso de un hombre que lleva toda la vida mandando y que no sabe qué hacer con sus propias manos cuando nadie le obedece.
El primer día exigió hablar con el responsable de la Casa de la Espera.
El segundo día exigió papel y pluma para redactar una protesta formal ante el Cónclave.
El tercero dejó de exigir nada, con la expresión específica de quien ha comprendido, por fin y contra su propia voluntad, que exigir no sirve de nada cuando quien recibe la exigencia simplemente no tiene ningún incentivo para ceder.
Y el cuarto día, cuando los Heraldos abrieron por fin la puerta para conducirlos ante el Cónclave reducido, Cristóbal Colón salió de aquella habitación con el mismo paso decidido de siempre, pero con algo distinto en los ojos, una sombra nueva que Mateo, observándolo, reconoció sin dificultad:
la sombra específica de un hombre que acaba de aprender, por primera vez en su vida, lo que se siente al ser completamente prescindible para el mundo que tiene delante.
Los interrogatorios comenzaron al día siguiente, uno por uno, con una metodología que resultó, para cada marinero que la vivió, casi más incómoda en su cortesía que cualquier tortura que hubieran podido imaginar.
Un grupo de tres atlanos, ninguno de los cuales levantó jamás la voz por encima del tono conversacional, les preguntaba a cada uno, con preguntas precisas y pacientes, exactamente las mismas cosas en exactamente el mismo orden: qué sabían de los movimientos de Arana,
si había hablado con alguno de ellos sobre la piedra o el báculo antes de la travesía, si recordaban algún comportamiento extraño que en aquel momento hubieran pasado por alto,
si tenían conocimiento de cualquier otro objetivo de su misión más allá de los que el Almirante había declarado públicamente en el Cónclave.
La respuesta unánime, surgida no de ningún acuerdo previo entre los prisioneros sino de la honestidad simple y desconcertada de gente que genuinamente no sabía nada, era siempre la misma: que Diego de Arana había sido, en apariencia,
el hombre más leal y más capaz que ninguno de ellos había conocido nunca en alta mar, que nadie, ni siquiera Colón, había llegado jamás a sospechar de él,
y que la traición descubierta resultaba tan incomprensible para todos ellos como cualquier otra cosa que ninguno de los presentes lograba todavía explicarse por completo.
Mateo, durante su propio interrogatorio, fue el único que guardó silencio durante un instante más largo de lo esperado antes de responder, porque la pregunta que le hicieron —¿tenía algún motivo para sospechar de Diego de Arana?
— lo enfrentó de golpe con la única verdad que llevaba un día entero intentando no formular del todo.
—Me salvó la vida —dijo finalmente, con una voz que no terminaba de pertenecerle por completo—.
Durante el motín de la tripulación, cuando varios hombres estaban dispuestos a tirarme por la borda, fue él quien los detuvo con su sola presencia.
Pensé que era lealtad. Ahora me pregunto si simplemente no quería que muriese antes de llevarme hasta aquí.
Los tres interrogadores lo miraron con algo que, en sus rostros habituados a la serenidad, se parecía más al dolor genuino que a cualquier otra emoción, y no volvieron a hacer ninguna pregunta más.
Aquella noche, solo en su habitación de la Casa de la Espera, Mateo se permitió por primera vez lo que había estado rechazando desde el instante en que Rodrigo le comunicó la ausencia de La Pinta: pensar en Arana de verdad,
sin la urgencia del caos y sin el amortiguador de la adrenalina para protegerlo del peso completo de lo que aquello significaba.
Recordó la noche del motín, la cubierta mojada de lluvia y el círculo de rostros furiosos, y la voz serena y firme de Arana cortando aquella tensión como un cuchillo bien afilado.
Recordó las semanas de travesía en que el contramaestre había sido, silenciosamente, el ancla que impedía que el miedo colectivo de la tripulación se desbordara en violencia.
Recordó haberlo mirado más de una vez durante las tormentas, buscando en su calma la confirmación de que todavía era posible sobrevivir.
Y comprendió, con una claridad que le dolió de un modo completamente distinto al del simple engaño, que todo aquello había sido verdad de alguna manera imposible: Arana lo había protegido de verdad, lo había guiado de verdad,
había calculado de verdad cada uno de sus gestos de lealtad con la misma precisión fría con que un artesano elige las herramientas adecuadas para cada parte del trabajo.
La pregunta que no podía quitarse de encima no era si había sido real o fingido, sino algo mucho más perturbador: si para un hombre capaz de una traición semejante, la diferencia entre ambas cosas importaba siquiera algo en absoluto.
Se preguntó cuántas veces, a lo largo de toda la travesía, había estado a solas con Arana en cubierta durante una guardia nocturna, hablando de Sevilla o del cielo o de cualquier otra cosa sin importancia,
sin sospechar nunca que aquel hombre conocía cada secreto que él guardaba con más precisión de la que el propio Mateo habría logrado articular.
Fue el anciano quien cambió el destino del resto de la expedición.
El mismo anciano que había acompañado a Mateo hasta la tumba de su abuelo, que había sido amigo del Viejo de Mar en sus últimos días de vida, que conocía mejor que nadie en todo Atlán la diferencia entre un hombre capaz de traicionar todo lo que había jurado proteger y un muchacho gitano que había
cruzado un océano entero cargando el peso de cuatrocientos años de secreto familiar sin quebrarse ni una sola vez, solicitó audiencia ante el Cónclave reducido que seguía deliberando en la ciudad, y habló durante horas,
con la misma paciencia infinita que había definido toda una vida de servicio a la memoria y la historia de su pueblo.