El Testigo de Sevilla Y El Mar De Las Tinieblas Arco IV La Traición del Camaleón y la Flota del Papa #3
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Arco IV La Traición del Camaleón y la Flota del Papa #3

Y en cuestión de horas, el rumor que corría de boca en boca por cada terraza de la ciudad convergió en una sola y terrible certeza: habían sido los forasteros, los mismos hombres a quienes Atlán había recibido con una hospitalidad sin precedentes,

quienes habían traicionado aquella confianza de la manera más profunda posible.

Un grupo de atlanos, más numeroso y hostil de lo que Mateo hubiera creído posible en aquel pueblo, rodeó a Colón y a los marineros que se encontraban con él en aquel momento, exigiendo respuestas que ninguno de los castellanos podía ofrecerles.

Algunos portaban herramientas de trabajo convertidas, en la urgencia del momento, en armas improvisadas; otros simplemente gritaban, con los puños cerrados y los rostros enrojecidos por una indignación que nunca habían tenido ocasión de expresar en toda una vida de paz ininterrumpida.

—¡Vinisteis en son de paz para robarnos lo más sagrado que poseemos! —gritó uno de ellos, con una furia que temblaba de una traición que sentía en carne propia—. ¡Igual que profanasteis la tumba misma del Viejo de Mar, ahora profanáis el legado entero de nuestros ancestros!

Colón, genuinamente desconcertado, intentó calmar los ánimos con la misma elocuencia que tantas veces le había servido ante cortes hostiles, jurando por su propio honor y por la Corona que servía que ningún hombre bajo su mando sería capaz de semejante traición.

Ordenó de inmediato que toda su tripulación se reuniera para colaborar en la búsqueda, convencido de que la propia cooperación desmentiría cualquier sospecha con más fuerza que cualquier palabra.

Fue Rodrigo el tuerto, corriendo entre la multitud con el rostro pálido de un terror que no tenía nada que ver con la furia de los atlanos, quien encontró al Almirante en mitad de aquel caos.

—¡Almirante! —gritó, abriéndose paso a empujones—. ¡La Pinta! ¡La Pinta no está en el muelle!

La sangre se le heló a Colón en las venas con una violencia que ninguna acusación atlana había logrado provocarle hasta entonces.

Corrió hacia los muelles con Rodrigo pisándole los talones, y allí, en el espacio vacío donde La Pinta debería haber permanecido anclada junto a sus dos naves hermanas,

encontró únicamente agua tranquila y la confirmación helada de que su peor sospecha se sostenía sobre algo mucho más concreto que el simple pánico del momento.

El encargado de aquel sector de los muelles, un atlano de edad avanzada que todavía no había sido informado de la magnitud de la crisis que sacudía a la ciudad, escuchó las preguntas frenéticas de Colón con una confusión genuina que, poco a poco,

fue transformándose en un horror creciente conforme comprendía lo que su propia cortesía profesional podría haber facilitado sin saberlo.

—Vuestro contramaestre llegó hace cinco días, Almirante, con la sonrisa más tranquila que he visto en un forastero —relató el anciano, con las manos temblándole ya al comprender el peso de sus propias palabras—.

Pidió permiso para zarpar con un pequeño grupo de vuestros hombres, dijo que deseaba aprovechar la calma de la marea para conocer las costas de Atlán, que llevaba semanas enteras sin poder navegar libremente y que la curiosidad marinera no le permitía descansar del todo.

Sus hombres parecían tan tranquilos como él, ninguno mostraba temor ni urgencia alguna.

Atlán es vasto, Almirante, mucho más de lo que vuestros ojos han alcanzado a recorrer en estas pocas semanas.

No vi motivo alguno para negar un paseo costero a un huésped que se había ganado, en apariencia, toda nuestra confianza.

Colón sintió que las piernas apenas lograban sostenerlo. Cinco días. El mismo tiempo exacto que separaba aquel instante de la noche del robo en los depósitos del Cónclave, una coincidencia que ya no admitía ninguna lectura inocente.

—Diego de Arana —murmuró, con la voz reducida a un susurro que la propia magnitud de la traición apenas le permitía sostener—. Todo este tiempo. Todo este maldito tiempo.

Mateo, que había llegado corriendo junto al resto de la tripulación al escuchar la conmoción en los muelles, sintió que el propio suelo de piedra nacarada se abría bajo sus pies.

El pecho, allí donde durante toda la travesía había sentido el peso familiar del engranaje, se le antojó de pronto vacío de una manera que iba mucho más allá de la simple ausencia física del objeto, y por un instante, apenas el latido de un corazón, Mateo comprendió,

con una claridad que le heló hasta el último rincón del alma, que el hombre que le había salvado la vida en la cubierta de la Santa María, que había defendido su honor ante una tripulación entera dispuesta a linchar a Colón y a un simple amanuense gitano, jamás había sido,

ni por un solo instante de toda la travesía, quien había jurado ser.

A miles de leguas de distancia, en la soledad silenciosa del castillo de popa de una carabela que ya surcaba aguas abiertas rumbo al este, Diego de Arana cerró los ojos, y en el mismo espacio compartido que solo dos conciencias de su naturaleza exacta podían habitar a la vez,

dejó que un único pensamiento cruzara el océano entero en el tiempo que tarda un latido en completarse.

Tengo el mecanismo. Voy en camino.