Arco IV La Traición del Camaleón y la Flota del Papa #2
aunque no sin antes advertirle de una complicación que Colón no había anticipado plenamente.
—Vuestras naves están construidas en madera, Almirante, un material que mi propio pueblo dejó de trabajar hace ya varias generaciones, cuando nuestra ciencia nos permitió construir con materiales muchísimo más duraderos —le explicó el encargado de los muelles,
un hombre de manos callosas por décadas de oficio, aunque un oficio ya distinto al que Colón conocía—.
Tendremos que reeducar a nuestros propios artesanos en las técnicas antiguas antes de poder reparar vuestro casco y vuestro velamen con la calidad que merecen.
Calculad casi un mes entero, quizás más, antes de que vuestras tres naves estén listas para enfrentar de nuevo el océano.
Colón, aunque impaciente, aceptó el plazo sin mayor protesta, consciente de que ninguna prisa mal calculada serviría de nada si sus carabelas terminaban hundiéndose a mitad de camino de regreso a Castilla.
Aprovechó, en cambio, aquellos mismos días de espera forzada para negociar, con la misma astucia que lo había llevado a convencer en su día a una reina escéptica, una petición adicional que consideraba esencial para el éxito completo de su misión.
—Mis reyes son hombres de fe, Tlatoani, pero también son hombres de razón —explicó, con el mismo tono persuasivo que había perfeccionado durante años de antesalas cortesanas—.
Ninguna palabra mía, por elocuente que sea, bastará para convencerlos de la magnitud de lo que hemos descubierto aquí.
Necesito pruebas. Objetos que puedan sostener en sus propias manos, prueba física de que Atlán existe y de que su amistad vale más que cualquier tesoro de las Indias que yo mismo juré encontrar.
El Cónclave, tras una deliberación breve entre sus miembros todavía presentes en la ciudad, accedió a la petición con una condición clara: los objetos entregados serían, deliberadamente, curiosidades menores, hermosas pero desprovistas de cualquier tecnología verdaderamente peligrosa,
lo suficiente para maravillar a una corte entera sin poner jamás en riesgo el secreto más profundo que Atlán todavía guardaba bajo llave.
—Decidles a vuestros reyes, Almirante, que Atlán recibirá con los brazos abiertos a cualquier embarcación castellana que llegue a nuestras costas en son de paz, tal como os hemos recibido a vosotros —le comunicó el Tlatoani, en su última audiencia antes de partir hacia sus propias tierras—.
Pero decidles también que la paz, una vez rota, no se restaura con la misma facilidad con que se ofrece por primera vez.
Fue casi tres semanas después de la dispersión del Cónclave, con las tres carabelas ya casi listas para volver a enfrentar el océano y la ciudad entera sumida en el mismo sueño confiado que había definido cada jornada desde la llegada de la expedición,
cuando Diego de Arana finalmente ejecutó el plan que llevaba semanas enteras madurando en el silencio absoluto de una conciencia que ningún hombre a bordo había logrado nunca sondear del todo.
Se deslizó fuera del hogar de los viajeros con un sigilo que ningún ojo humano, por entrenado que estuviera, habría logrado detectar, sus movimientos despojados por completo de la contención cuidadosa que había sostenido durante meses ante los ojos de Mateo, de Colón,
de cada hombre que había llegado a admirar en él la firmeza serena de un oficial ejemplar.
Corrió por los senderos de piedra nacarada con una velocidad que ningún atleta humano habría logrado sostener durante más de unos pocos segundos, y llegó a los depósitos del Cónclave en cuestión de minutos.
Dos Heraldos custodiaban el acceso principal.
No representaban amenaza alguna para lo que Arana era en realidad, pero sí un problema de otra naturaleza: cualquier violencia visible delataría de inmediato que algo profundamente equivocado había ocurrido aquella noche.
Se acercó a ellos con el paso tranquilo de un huésped insomne que no encuentra descanso, y dos dedos presionados con precisión quirúrgica contra puntos exactos del cuello bastaron para sumirlos en un sueño profundo del que despertarían horas después, confundidos pero enteros,
sin memoria clara de lo ocurrido.
Sus dedos, cuando finalmente tocaron el mecanismo de cierre de la puerta interior, se movieron con una destreza que no debía a ningún entrenamiento humano de cerrajería, sino a un conocimiento profundo y silencioso de la propia tecnología arquitecta que aquellas puertas empleaban,
un conocimiento que Arana llevaba consigo desde mucho antes de que su cuerpo actual hubiera nacido siquiera.
Los engranajes internos respondieron a su presencia con la misma facilidad silenciosa con que un cerrojo responde a su llave legítima.
En el interior, Arana localizó, sin necesidad de buscar más de unos segundos, exactamente lo que había venido a buscar: el báculo, y junto a él, el propio engranaje que Mateo había llevado colgado del cuello durante toda la travesía,
ahora guardado con la misma reverencia que el resto de las reliquias de la Cámara.
Los envolvió a ambos en un paño oscuro, sin prisa, sin el menor rastro de la adrenalina que cualquier ladrón humano habría sentido al ejecutar el robo más audaz de toda su vida, y abandonó los depósitos con la misma facilidad silenciosa con que había entrado,
dejando tras de sí puertas selladas de nuevo con idéntica precisión, sin una sola marca que delatara jamás que alguien había estado allí.
En el muelle, media hora después, despertó uno a uno a los quince hombres que había elegido semanas atrás entre la tripulación de La Pinta, siempre con la misma mano firme sobre cada boca, siempre con la misma calidez fingida que había engañado a una expedición entera durante meses.
—Zarparemos antes del amanecer, a conocer la costa —le dijo a cada uno, con la voz paternal de siempre—. Un pequeño paseo, nada más, aprovechando la calma de la marea. Ningún motivo de alarma.
Ninguno de los quince sospechó en ningún momento que aquellas palabras, pronunciadas con tanta serenidad, escondían el inicio de la traición más profunda que la expedición entera llegaría a conocer.
La Pinta se deslizó fuera de los muelles de Atlán poco antes del alba, sin levantar sospecha alguna entre los pocos vigilantes nocturnos que la vieron partir, con la misma sonrisa tranquila de Arana como única explicación que nadie consideró necesario cuestionar.
Fue cinco días después de aquella noche cuando el grito de alarma recorrió por primera vez las calles serenas de Atlán, un sonido tan ajeno a la naturaleza pacífica de aquel pueblo que varios miembros de la tripulación castellana, dispersos por distintos rincones de la ciudad,
tardaron un instante en comprender siquiera que se trataba de un grito de auténtico terror.
Los depósitos del Cónclave habían sido profanados.
El báculo y el engranaje de Mateo, custodiados bajo el sello más antiguo y reverenciado de toda la historia atlante, habían desaparecido sin dejar rastro alguno de forzamiento, como si las propias puertas selladas hubieran decidido, por voluntad propia,
abrirse ante un ladrón al que jamás deberían haber reconocido como legítimo.
El pánico que se apoderó de la ciudad en las horas siguientes resultó tan devastador precisamente porque contrastaba de manera brutal con la serenidad que había definido cada instante de la estadía castellana en Atlán.
Los mismos Heraldos que semanas atrás habían recibido a la tripulación con agua fresca y curas para sus heridas ahora recorrían las calles con los rostros desencajados por una furia que ninguno de ellos parecía saber por completo cómo gestionar, ajenos por completo a décadas, quizás siglos,
de práctica en la resolución serena de conflictos.
Los mercados cerraron sus puestos con un chasquido metálico de paneles plegándose a toda prisa unos sobre otros.
Las familias se encerraron en sus hogares, y en más de una terraza, Mateo alcanzó a ver a padres arrastrando a sus hijos hacia el interior con la misma urgencia asustada con que se protege a un niño de una tormenta repentina.
Las naves voladoras que días atrás surcaban el cielo con la misma tranquilidad cotidiana de cualquier carreta castellana, ahora se agrupaban en formaciones apresuradas sobre los depósitos profanados, como aves de presa sobrevolando el lugar exacto de una herida todavía abierta.