El Testigo de Sevilla Y El Mar De Las Tinieblas Arco IV La Traición del Camaleón y la Flota del Papa
58%

Arco IV La Traición del Camaleón y la Flota del Papa

CAPÍTULO XV: El Despertar de la Colmena

El primer aviso, aunque nadie en la Santa María llegara jamás a sospecharlo, no se produjo la noche del robo, sino semanas antes, en el instante exacto en que las tres carabelas rompieron la niebla eterna y las torres blancas de Atlán se alzaron por primera vez ante sus proas.

Diego de Arana, de pie junto a Mateo en aquella misma cubierta donde tantos otros solo alcanzaban a sentir asombro puro, había reconocido de inmediato, bajo la fachada perfecta de su propio pasmo fingido,

los patrones arquitectónicos que sus registros internos —heredados de generaciones enteras de la misma conciencia repetida, huésped tras huésped, desde el mismo día en que una piedra infectada había tocado por primera vez la piel de un Papa devoto— identificaban sin margen de error alguno como

tecnología de los Arquitectos, sobreviviente y activa, en una escala que ningún informe de la Orden había registrado nunca.

Aquella misma noche, mientras el resto de la tripulación dormía el sueño agotado de la travesía recién concluida, Arana había abierto en soledad el mismo canal silencioso que usaría después, semanas más tarde, para anunciar el robo consumado, y había transmitido a Roma,

con la economía precisa de quien no necesita adornar una noticia que ya es, por sí misma, la más importante en cuatrocientos años de espera, la ubicación exacta de un continente que ni la propia Orden, en todos sus siglos de búsqueda, había llegado jamás siquiera a imaginar.

El Papa Alejandro VI no había dudado ni un instante.

Aquella misma noche, la Flota Iscariote —una veintena de naves construidas con la misma tecnología robada y reinterpretada durante generaciones de estudio secreto de fragmentos arquitectos menores,

más veloces y más letales que cualquier embarcación que la cristiandad conociera abiertamente— había zarpado de un puerto oculto en las costas de la Toscana, con instrucciones precisas de cruzar el océano entero y aguardar, ocultas más allá del horizonte,

la señal que confirmara el momento exacto de actuar.

Solo Sir Baltasar de Saint-Clair, verdugo personal de Su Santidad y guardián más fiel de la propia persona del Papa, permaneció en Roma, negándose a abandonar el lado de su señor ni siquiera por la promesa de la reliquia que su propia estirpe llevaba generaciones jurando recuperar.

De él, y del papel que jugaría cuando la historia entera llegara finalmente a su desenlace, habría tiempo de sobra para hablar más adelante.

Fueron aquellas mismas semanas de travesía oceánica, invisibles para cualquier ojo humano en Atlán, las que permitieron que la Flota Iscariote llegara a tiempo exacto para cubrir la huida de Arana, sin que ningún atlano, ni siquiera el Cónclave más sabio,

llegara nunca a sospechar que el peligro llevaba ya tanto tiempo navegando hacia sus costas.

Cuando el Tlatoani dio por concluida la sesión que había revelado ante todos el vínculo entre el báculo y el engranaje de Mateo, ordenó que ambas piezas permanecieran custodiadas juntas en los depósitos más profundos de la Cámara de Representantes,

bajo el mismo sello reforzado que protegía las reliquias más antiguas de toda la historia atlante, mientras el Cónclave entero deliberaba su destino.

—Ningún Cónclave, por sabio que sea, debe decidir en un solo día el destino de un descubrimiento de esta magnitud —proclamó el Tlatoani ante los doce sabios reunidos, con la misma gravedad pausada que había sostenido durante todo el relato del cataclismo—.

Guardaremos las piezas juntas, custodiadas por el sello más antiguo que conservamos, mientras cada uno de nosotros regresa a sus propias tierras a reflexionar sobre lo que hemos escuchado.

Nos reuniremos de nuevo cuando la luna haya completado su curso, y entonces, y solo entonces, decidiremos como un solo cuerpo qué hacer con el legado de los Arquitectos que el destino ha vuelto a poner en nuestras manos.

Los doce sabios asintieron, cada uno con el peso silencioso de una historia que ya no podrían desprender jamás de sus propios pensamientos, y se dispersaron aquella misma tarde hacia los rincones más distantes de Atlán, algunos embarcando en naves veloces que surcaban el cielo,

otros partiendo por tierra hacia provincias que ni Mateo ni ningún otro miembro de la tripulación castellana llegarían nunca a conocer con precisión.

El anciano que había acompañado a Mateo hasta la tumba de su abuelo, sin embargo, permaneció en la ciudad principal, y fue él mismo quien condujo al muchacho de regreso al hogar de los viajeros, con una mano paternal apoyada sobre su hombro durante todo el trayecto.

—Descansad, Mateo Gámez —le dijo, al despedirse ante la puerta del mismo cuarto donde el joven había descubierto, semanas atrás, el prodigio sencillo del agua caliente—.

Habéis cargado en unos pocos días el peso de una historia que a mí me costó toda una vida comprender del todo.

Nadie os culpará si necesitáis, por un tiempo, no pensar en nada más que en el sol sobre vuestro rostro.

Con el Cónclave disuelto y ningún protocolo formal que cumplir durante las semanas siguientes, los Heraldos extendieron a la tripulación entera de las tres carabelas un permiso que ninguno de los marineros castellanos había esperado jamás recibir: la libertad completa de recorrer Atlán a su antojo,

sin escolta ni restricción alguna, como huéspedes de una ciudad que ya no los consideraba una amenaza.

Rodrigo el tuerto, fiel a su temperamento, dedicó sus primeros días de libertad a los mercados de la terraza media, donde descubrió, con un deleite que sorprendió hasta a él mismo, una variedad de licores destilados de frutas que en ningún momento había probado en su vida entera de marinero,

y regresaba cada noche al hogar de los viajeros con una nueva historia exagerada sobre alguna maravilla que juraba haber presenciado con su único ojo bueno, historias que crecían un poco más cada vez que las repetía.

—Os juro por la Virgen del Carmen que vi a un hombre volar sin ayuda de ninguna nave, solo con una especie de manto atado a los brazos —le contó a Tomás Ruiz una noche, con el aliento todavía cargado del licor de la tarde—.

Aunque bien pensado, quizás fue el propio licor el que voló, y yo simplemente lo seguí con la mirada.

Tomás Ruiz, por su parte, encontró en Atlán algo que ninguno de sus compañeros habría anticipado jamás de un hombre que semanas atrás había estado dispuesto a quemar a Mateo por brujería: pasaba las horas en silenciosa contemplación ante los grandes murales de la Cámara de Representantes,

y en más de una ocasión pidió permiso a los Heraldos para visitar los templos menores de la ciudad, donde los atlanos, pese a no profesar fe cristiana alguna, mantenían una reverencia serena hacia lo sagrado que Tomás encontraba, para su propia sorpresa, extrañamente familiar.

—No son cristianos, hermano Rodrigo, pero tampoco son demonios —le confesó una tarde, con la voz cargada de una humildad nueva—. Empiezo a pensar que Dios tiene más formas de hablarle a los hombres de las que ningún cura de Sevilla me enseñó nunca a reconocer.

Los hermanos Pinzón, más pragmáticos que sus compañeros, dedicaron sus días a estudiar con envidia mal disimulada las técnicas de navegación atlana, intentando memorizar cuanto podían de una tecnología que sabían jamás lograrían replicar por completo en Castilla.

Martín Alonso Pinzón, capitán de La Pinta, pasaba horas enteras junto a los constructores navales atlanos, haciendo preguntas que sus anfitriones respondían con paciencia infinita, pero sin revelar nunca los secretos más profundos de su ciencia,

y regresaba cada noche al hogar de los viajeros con la frustración silenciosa de un hombre de mar que comprende, por primera vez en su vida, la magnitud exacta de lo poco que su propio mundo todavía tenía por aprender.

Su hermano Vicente Yáñez, más devoto y cauteloso, prefería en cambio pasar las tardes junto a Tomás Ruiz en los templos menores de la ciudad, buscando en la serenidad ajena de aquel pueblo una paz que la travesía entera le había arrebatado semanas atrás.

Los grumetes más jóvenes de la tripulación, liberados por primera vez del rigor constante de la disciplina naval, corrían por las terrazas de la ciudad con el mismo asombro despreocupado con que cualquier niño corretea por un mundo demasiado grande para comprenderlo del todo,

persiguiendo las pequeñas naves voladoras de transporte con gritos de júbilo que los Heraldos, lejos de reprenderlos, celebraban con la misma calidez paciente que dedicaban a sus propios hijos.

Mateo, por su parte, pasaba buena parte de aquellos días junto al Tlatoani y al anciano del Cónclave, escuchando fragmentos adicionales de una historia que todavía no lograba asimilar por completo, y el resto del tiempo lo dedicaba a visitar, una y otra vez, la tumba de su abuelo,

sentándose junto a la lápida sin necesidad de hablar, simplemente acompañando en silencio a un hombre que, seis inviernos atrás, había hecho exactamente lo mismo que él estaba haciendo ahora: cruzar un mundo entero por amor a una promesa.

Cristóbal Colón, ajeno a cualquier tentación de descanso, dedicó aquellos mismos días a una tarea que consideraba muchísimo más urgente que cualquier maravilla turística que Atlán pudiera ofrecerle: asegurar que su expedición regresara a Castilla con pruebas suficientes de su éxito,

y con las tres carabelas en condiciones de sobrevivir la travesía de vuelta.

—Necesito que mis naves estén listas para zarpar en el menor tiempo posible, Tlatoani —le explicó al líder del Cónclave, en una de las pocas audiencias privadas que este le concedió antes de partir hacia sus propias tierras—.

Mis reyes deben conocer lo que hemos encontrado, y el mundo entero debe conocer que fue Cristóbal Colón quien lo trajo de vuelta.

El Tlatoani, con una cortesía que no dejaba traslucir del todo su propia cautela ante la ambición todavía intacta del Almirante, accedió a poner a disposición de la expedición a los mejores artesanos navales de Atlán,