El Testigo de Sevilla Y El Mar De Las Tinieblas CAPÍTULO XIV La Silla de la Bestia #3
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CAPÍTULO XIV La Silla de la Bestia #3

El rito antiguo, invocado sin que nadie lo hubiera planeado ni buscado deliberadamente, fue enterrado bajo el mismo silencio administrativo con que la Orden enterraba cualquier amenaza que no pudiera resolver con veneno ni con acero.

El Cisma se resolvería finalmente, años después, en el Concilio de Constanza, donde los tres pretendientes fueron depuestos o forzados a renunciar y un nuevo Papa, cuidadosamente seleccionado por la propia Orden entre los candidatos disponibles,

ascendió al trono con el respaldo unánime que ninguno de los tres anteriores había logrado sostener.

Pero en los archivos más profundos de la Orden, aquel episodio quedó registrado con una anotación que ningún miembro posterior del Cónclave llegaría nunca a olvidar del todo, la advertencia silenciosa de que existía, en la fe genuina de un pueblo desesperado,

un poder capaz de nombrar a un Papa sin necesidad alguna de su propia intervención, un poder que ni todo el secreto acumulado durante siglos enteros lograría jamás controlar por completo.

Fue precisamente en aquellas mismas catacumbas, generación tras generación de Pontífices infectados experimentando en el más absoluto secreto con la piedra que custodiaban, donde la Orden llegó a su descubrimiento más perturbador,

uno que ningún registro oficial de la Iglesia mencionaría nunca pero que los propios archivos secretos de Iscariote conservarían con el mismo cuidado con que se conserva un arma verdaderamente peligrosa.

Cada intento de despertar la piedra por medios puramente mecánicos —fuego, presión, los rudimentarios experimentos de fricción y calor que la ciencia de la época todavía permitía— fracasaba una y otra vez, la Simiente permaneciendo tan inerte como cualquier piedra común,

incapaz ya de replicar el prodigio que una vez había bastado para infectar a un solo hombre devoto en la intimidad de sus aposentos privados.

Pero descubrieron, con el paso de generaciones de observación paciente, que existía una fuerza distinta, mucho más antigua y mucho más humana, capaz de producir un efecto similar sobre las masas enteras sin necesidad de energía artificial alguna: la fe ciega, y su contrapartida inseparable,

el terror religioso.

Un Papa que hablaba con la autoridad suficiente, que sostenía una reliquia sagrada ante una multitud aterrorizada por el fin del mundo o la condenación eterna,

podía doblegar voluntades enteras con la misma facilidad silenciosa con que la propia Piedra Angular había doblegado en su día la conciencia de un solo hombre.

La Orden, comprendiendo aquella verdad con una claridad que solo una inteligencia paciente y ajena a las prisas humanas podía alcanzar, refinó durante siglos el arte de convertir la devoción genuina de millones de fieles en una herramienta de control tan eficaz como cualquier ejército, quizás más,

ningún soldado se subleva jamás contra el miedo a su propia condenación eterna.

El secreto de las criptas, perfeccionado desde aquella primera noche de 983 en que el cuerpo cristalizado del primer Papa infectado fue sellado en plomo, se sostuvo sin una sola fisura durante los cuatro siglos siguientes.

Cada muerte de un Pontífice, real o fingida, seguía el mismo ritual inmutable, el acceso exclusivo de la Orden al cadáver bajo el pretexto del más estricto luto ceremonial, el sellado del cuerpo en un sarcófago de plomo grueso —el único metal, descubrieron pronto,

capaz de ocultar por completo cualquier resplandor residual que el cristal muerto pudiera todavía emitir—, y un entierro apresurado en las catacumbas más profundas, lejos de cualquier tumba que algún estudioso futuro pudiera sentirse tentado a examinar con demasiado detenimiento.

Ningún médico, ningún embalsamador, ningún cardenal ajeno a los doce miembros más altos de la Orden llegó nunca a posar los ojos sobre un cuerpo papal después de su muerte oficial.

Y así, generación tras generación, el mundo entero permaneció ignorante de una verdad sencilla y aterradora, que jamás, en la historia entera de la Iglesia, se había encontrado el cadáver incorrupto de un Papa santo, ni tampoco los restos putrefactos de uno corrupto, porque ninguno de ellos,

desde hacía cuatrocientos años, había sido en ningún momento por completo humano para empezar.

Cuatro siglos enteros transcurrieron de esta manera, dinastía tras dinastía de Pontífices infectados sucediéndose bajo el más estricto secreto, protegidos siempre por el mismo velo doble de caos humano genuino y superstición cuidadosamente cultivada, hasta que la sangre de la entidad original,

ya adaptada y perfeccionada por generaciones enteras de huéspedes humanos distintos, llegó finalmente a ocupar el trono de San Pedro bajo el nombre que la historia recordaría como el más astuto y el más despiadado de todos los que la Orden había sostenido jamás: Rodrigo de Borgia.

Coronado en el año de gracia de 1492 bajo el nombre de Alejandro VI, justo en el mismo año en que tres carabelas castellanas se disponían a zarpar hacia un horizonte que ni el propio Papa, en la totalidad de su ciencia antigua y su paciencia inhumana, alcanzaba todavía a sospechar que le devolvería,

después de cuatrocientos años de búsqueda infructuosa, el rastro perdido de un secreto gitano.