El Testigo de Sevilla Y El Mar De Las Tinieblas CAPÍTULO XIV La Silla de la Bestia #2
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CAPÍTULO XIV La Silla de la Bestia #2

encontraría siempre el mismo cajón conveniente donde archivarse sin mayor escrutinio, la vieja y ya casi cómoda superstición de la brujería papal, tan repetida a lo largo de los siglos que ya nadie se molestaba en cuestionarla plenamente.

Fue apenas unas décadas después de la muerte de Silvestre II cuando la Orden sufrió, en tierras mucho más lejanas de Roma, una pérdida que sus propios archivos registrarían con una frialdad que apenas lograba disimular la magnitud real del golpe:

la muerte de un capitán normando de nombre Saint-Clair, enviado al norte helado al mando de una pequeña comitiva —cuatro monjes y un soldado— en busca de la isla que las leyendas de la región llamaban "de los muertos que no descansan".

Fue el propio padre del joven Halvar quien, ante la amenaza velada tras la cortesía religiosa de aquellos hombres, ofreció a su hijo como guía, la única manera de proteger a su aldea de una búsqueda mucho más invasiva si se negaban a colaborar.

Halvar los condujo hasta Draugøy, y fue él mismo quien, en el silencio reverente de aquel santuario prohibido, recuperó el báculo tallado y el pequeño engranaje que descansaban allí desde generaciones antes de que él naciera.

Fue durante el viaje de regreso, en mitad de una tormenta que la propia barcaza apenas lograba sostener a flote, cuando Halvar escuchó a los seis hombres hablar entre ellos con una franqueza que la fatiga y la tormenta les había arrebatado, no pensaban marcharse en paz con lo que habían encontrado.

Interrogarían a la aldea entera, y a cuantos hiciera falta, hasta confirmar que ningún otro objeto ni ningún otro testigo quedara suelto.

Halvar los mató a todos aquella misma noche, sobre las tablas empapadas de su propia barcaza, y arrojó los cuerpos al mar antes de que el amanecer revelara lo ocurrido.

No regresó jamás a su aldea, temiendo con razón que su sola presencia atrajera sobre los suyos la venganza de una Orden que enviaría más hombres en cuanto la primera comitiva no diera señales de vida, y en cambio, con el báculo y el engranaje ocultos bajo su propia ropa,

dio la espalda a las costas heladas que lo habían visto nacer y comenzó a caminar hacia el sur.

La familia Saint-Clair, noble de cuna, pero modesta de fortuna, recibió la noticia de la muerte de su hijo con un duelo que pronto se transformó, generación tras generación, en algo mucho más parecido a un juramento de sangre.

El propio hermano menor del capitán caído, apenas un muchacho en el momento de la tragedia, dedicó el resto de su vida a ofrecer sus servicios a la misma Orden que había enviado a su hermano a morir, no por lealtad genuina a un secreto que nunca llegó a comprender del todo,

sino por la certeza silenciosa de que solo desde dentro de aquella estructura tan poderosa lograría, algún día, cobrar la deuda de sangre que sentía pendiente contra un enemigo sin nombre ni rostro conocido.

Ninguno de los Saint-Clair que sucedieron a aquel primer hermano vengativo llegó jamás a saber la verdadera magnitud de lo que la Orden protegía.

Pero generación tras generación, la familia entera se fue tejiendo cada vez más profundamente en el servicio más íntimo y violento de la Santa Sede, ofreciendo a sus hijos varones, uno tras otro,

como los brazos armados más confiables de cuantos la Orden llegó en ningún momento a reclutar entre la nobleza romana.

Verdugos, capitanes de guardia, ejecutores de sentencias que ningún tribunal ordinario se atrevía a firmar con su propio nombre, cada generación de Saint-Clair heredó de la anterior, junto con el título y las escasas tierras familiares,

una obediencia feroz hacia la Iglesia y un rencor sin objeto claro contra un enemigo que sus propios ancestros ya ni siquiera recordaban con precisión, reducido con el tiempo a poco más que una palabra susurrada de padres a hijos durante generaciones enteras, el gigante del norte,

y el gitano que lo acompañaba.

Ningún período de la historia oficial de la Iglesia puso a prueba el control silencioso de la Orden con la crudeza del llamado Cisma de Occidente, aquellos casi cuarenta años, entre 1378 y 1417, en que la cristiandad entera se encontró, para su propio horror,

con no uno sino hasta tres hombres distintos reclamando simultáneamente ser el legítimo sucesor de San Pedro, cada uno sostenido por su propio colegio de cardenales, su propia corte, y las armas de los reinos que decidían respaldarlo.

La Orden, cuya influencia dependía por completo de que su propia línea infectada ocupara sin disputa alguna la silla verdadera, se encontró de pronto ante un dilema que ninguno de sus siglos enteros de paciencia la había preparado a resolver con facilidad, su Papa infectado, atrincherado en Roma,

veía disputada su legitimidad por otro pontífice instalado en Aviñón, y más tarde por un tercero surgido de un concilio en Pisa que pretendía, sin lograrlo por completo, resolver el cisma deponiendo a los otros dos.

Durante años enteros, ningún cristiano de a pie sabía ya con certeza a cuál de los tres hombres debía rezar como al verdadero Vicario de Cristo.

Fue precisamente en medio de aquel caos, según los propios archivos secretos de la Orden, cuando estuvo a punto de ocurrir algo que ningún miembro del Cónclave había anticipado ni deseaba jamás presenciar,

en una plaza abarrotada de una ciudad que los propios registros se niegan a nombrar con precisión, una multitud de peregrinos desesperados, hastiados ya de tres pontífices que se excomulgaban mutuamente desde extremos opuestos de Europa,

se congregó de manera espontánea en torno a un simple obispo local, un hombre sin ambición política conocida ni respaldo de corte alguna, y lo aclamó con un fervor tan unánime y tan repentino que los cronistas presentes no encontraron mejor nombre para describirlo que el que la propia tradición

vaticana reservaba, desde tiempos remotos y casi olvidados, para las contadísimas ocasiones en que el pueblo entero, sin coacción ni orden de ningún hombre, parecía reconocer a un elegido por voluntad divina: la adoratio per inspirationem.

La Orden actuó con una rapidez que sus propios archivos recordarían después con un alivio apenas disimulado.

El obispo en cuestión fue trasladado, bajo pretexto de una supuesta misión diplomática urgente, a una diócesis remota donde ningún testigo de aquella aclamación pudiera ya insistir en su legitimidad, y los propios cronistas que habían presenciado el hecho fueron persuadidos,

con la misma mezcla de soborno y amenaza velada que la Orden empleaba desde hacía siglos, de que lo ocurrido en aquella plaza había sido fervor popular pasajero, no manifestación alguna de voluntad divina genuina.