El Testigo de Sevilla Y El Mar De Las Tinieblas CAPÍTULO XIV La Silla de la Bestia
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CAPÍTULO XIV La Silla de la Bestia

Roma, a través de los siglos.

Mucho antes de que la piedra brillante llegara desde el norte para infectar al primer Pontífice, Roma ya conocía el sabor amargo de su propia podredumbre.

Los archivos secretos de la Orden de Iscariote, celosamente custodiados generación tras generación en las mismas catacumbas donde dormían los sarcófagos de plomo,

conservaban el relato completo de una noche del año 897 que ningún cronista oficial de la Iglesia se atrevía jamás a mencionar en voz alta; la noche en que un Papa desenterró el cadáver putrefacto de su predecesor, lo vistió con las vestiduras pontificias,

lo sentó en un trono ante toda la curia reunida, y lo sometió a juicio como si el propio muerto pudiera todavía defenderse de las acusaciones que se le imputaban.

El cuerpo, hallado culpable por una asamblea que ya conocía de antemano el veredicto, fue despojado de sus ropas sagradas, mutilado de los tres dedos con que en vida había impartido bendiciones, y arrojado al Tíber como el despojo de un criminal cualquiera.

Aquel episodio, que la propia Iglesia se esforzaría durante siglos por borrar de su memoria oficial, se convirtió, para los fundadores de la Orden apenas ochenta años después, en la lección más valiosa que nunca recibirían sobre los peligros de la visibilidad.

Si un cuerpo humano corriente, muerto de causas naturales y enterrado con toda la pompa debida, podía ser exhumado, juzgado y profanado ante los ojos de Roma entera por puro cálculo político, ¿qué no le harían a un cuerpo que, bajo la piel rasgada,

revelara el cristal frío de una naturaleza que ningún hombre de fe estaba preparado para comprender?

El propio primer Papa infectado, en los días silenciosos de su transformación, estudió aquel relato con una atención que ninguno de sus cardenales llegó jamás a sospechar, y de aquella lectura nació, con el tiempo,

el protocolo de las criptas que la Orden ejecutaría sin fallo durante los siglos siguientes.

Pero ocultar la propia naturaleza no significaba, en absoluto, renunciar al caos que ya reinaba en Roma por derecho propio.

Al contrario, los fundadores de la Orden aprendieron pronto que la inestabilidad crónica del trono de San Pedro, aquellas décadas que la propia Iglesia terminaría por bautizar, con vergüenza retrospectiva, como el saeculum obscurum, el siglo oscuro,

resultaba ser el escondite perfecto para sus propios designios.

Entre los años 872 y 965, casi dos docenas de hombres ocuparon el trono papal, muchos de ellos depuestos, envenenados, estrangulados o sepultados vivos en fortalezas romanas por disputas de familias nobles que se disputaban el poder de la ciudad como quien se disputa un feudo cualquiera.

En medio de aquel torbellino de sangre y ambición puramente humana, un Papa infectado más, cuya muerte fingida y sucesión cuidadosamente orquestada apenas llamaba la atención entre tantas muertes verdaderamente violentas, pasaba tan desapercibido como una gota de agua en mitad de una tormenta.

La propia Orden, con el tiempo, aprendió a alimentar discretamente aquel caos humano cuando le convenía, financiando a una familia noble contra otra, susurrando rumores en el oído correcto,

asegurándose de que Roma nunca dejara de mirar hacia el escándalo más reciente el tiempo suficiente como para reparar en el patrón mucho más antiguo y mucho más silencioso que se tejía por debajo de todos ellos.

Ningún ejemplo ilustra mejor aquella estrategia que la vida de Teofilacto de Tusculum, sobrino directo del propio Benedicto VII —el primer Papa que la piedra había reclamado— y descendiente de una de las familias romanas más poderosas de su tiempo.

Ascendido al trono papal en 1032, apenas con veinte años, bajo el nombre de Benedicto IX, el joven Pontífice llevó la decadencia humana a extremos que ni la propia Orden, acostumbrada ya a siglos de escándalo como cortina de humo, había anticipado del todo.

Los propios archivos secretos de Iscariote, generalmente parcos en juicios morales sobre los hombres que servían a sus fines, dedicaron a Benedicto IX un expediente inusualmente extenso, casi como si sus propios cronistas necesitaran, en algún punto de sus vidas,

dejar constancia escrita del horror que habían presenciado sin poder impedirlo.

Recogen, entre otros cargos que ni la pluma más curtida de la Orden se atrevía a detallar por completo, el testimonio directo de Pedro Damián, monje reformista que escribiría décadas después sobre los excesos de aquel pontificado con una franqueza que escandalizaría a la propia curia romana;

y el de Desiderio de Montecasino, quien años más tarde, ya convertido él mismo en el Papa Víctor III, describiría el reinado de Benedicto como tan vil, tan execrable, que temblaba solo de tener que ponerlo por escrito, hablando de violaciones,

de asesinatos y de actos que ninguna pluma piadosa de su época se atrevía a nombrar con mayor claridad.

Se le atribuyeron, además, prácticas de nigromancia en los jardines privados de sus propiedades de Tusculum, rumores que la propia Orden, con una ironía que solo ella podía apreciar del todo, jamás se molestó en desmentir, si el joven Pontífice, en su decadencia genuinamente humana,

se entretenía invocando espíritus en jardines privados sin encontrar nunca nada real al otro lado de sus rituales, tanto mejor para camuflar, bajo esa misma reputación siniestra, cualquier actividad verdaderamente sobrenatural que ocurriera a apenas unas calles de distancia,

tras los muros silenciosos de las catacumbas vaticanas.

Vendió el propio trono de San Pedro a su padrino por una fortuna en oro, para después arrepentirse y reclamarlo de nuevo por la fuerza, convirtiéndose en el único hombre de toda la historia de la Iglesia en ocupar el solio pontificio tres veces distintas.

Y cuando el sucesor que finalmente logró desplazarlo por completo, el reformista Clemente II, impuesto por el propio Emperador para poner fin al escándalo, murió apenas semanas después de su consagración, en circunstancias que ni sus propios médicos lograron explicar jamás con claridad,

los rumores de veneno recorrieron Roma entera sin que nadie, en ningún momento, lograra probar nada con certeza.

La propia Orden, en sus registros más discretos, jamás negó ni confirmó su participación en aquella muerte oportuna; se limitó, con la misma frialdad calculadora de siempre, a observar cómo la sangre corrupta de los Tusculani hacía, una vez más,

el trabajo sucio que ellos mismos habrían tenido que ejecutar tarde o temprano.

La Orden de Iscariote no necesitó envenenar a Benedicto IX.

Ni falta que hacía. Le bastó con observar, con la misma paciencia fría que caracterizaba a la entidad que gobernaba en las sombras desde el trono vecino, cómo la sangre de su propia estirpe corrompida se encargaba de sostener, generación tras generación,

la reputación de un Papado tan humanamente caótico que nadie, nunca, se detendría a preguntarse si acaso existía algo todavía más oscuro respirando bajo aquella misma podredumbre familiar y conocida.

Fue apenas dos décadas antes de Benedicto IX cuando otro Pontífice, Silvestre II en el nombre que adoptó al ascender al trono, estuvo a punto de desenmascarar, sin saberlo del todo, el secreto que la Orden llevaba generaciones protegiendo.

Hombre de una inteligencia y una curiosidad poco comunes para su época, había estudiado las llamadas artes prohibidas en los reinos musulmanes de la península ibérica, dominando la astronomía, las matemáticas y mecanismos de relojería que sus propios contemporáneos, incapaces de comprenderlos,

terminaron por atribuir a un pacto directo con fuerzas demoníacas.

Fue él quien, durante su propio pontificado, ordenó a los mejores artesanos de Roma que forjaran en bronce una cabeza hueca, destinada a albergar en su interior la propia piedra que la Orden custodiaba desde hacía un siglo,

un relicario ceremonial que le permitiría a los Pontífices infectados renovar su vínculo con la entidad original en la más estricta privacidad, sin necesidad de exponer jamás el propio objeto a ojos ajenos.

El rumor, aun así, escapó del control de la Orden con una facilidad que aterrorizó a sus miembros más veteranos.

Se decía en los pasillos del Vaticano, y de ahí a las tabernas y las cortes de media Europa, que aquella cabeza de bronce respondía preguntas con un simple sí o un simple no, que conocía el futuro con precisión sobrenatural,

que el propio Silvestre le consultaba antes de cada decisión importante de su papado.

La leyenda, deformada y exagerada por cada boca que la repetía, terminó por convertirse en la explicación pública más conveniente para un fenómeno que, de haberse investigado con mayor rigor,

habría revelado una verdad muchísimo más terrible que cualquier pacto con el diablo que los rumores populares se atrevían a imaginar.

La propia Orden, comprendiendo el peligro, pero incapaz ya de silenciar un mito que corría demasiado libre para contenerlo, optó por la única estrategia que conocía a la perfección, alimentar la leyenda de la brujería antes que permitir que alguien se acercara, aunque fuera por accidente,

a la verdad.

—Dejad que os teman como hechicero, Santidad —le aconsejó, según cuentan los registros más antiguos de la Orden, el propio consejero que le había ayudado a fundir la cabeza de bronce—.

Un hombre acusado de brujería es, ante los ojos del mundo, solamente un hombre.

Un hombre sospechado de guardar un secreto verdadero es una amenaza que ningún poder terrenal descansará nunca hasta desenterrar.

Cuando Silvestre II murió, poco después de oficiar misa en una iglesia de la ciudad, su propio cuerpo fue sellado según el protocolo ya perfeccionado por generaciones de práctica silenciosa, y la leyenda del papa hechicero, lejos de perjudicar a la Orden,

terminó por convertirse en su escudo más eficaz durante los siglos siguientes, cualquier rumor futuro sobre extrañas prácticas en las catacumbas vaticanas, cualquier murmullo sobre un Papa que envejecía de manera antinatural o que sostenía objetos que brillaban sin fuego,