El Testigo de Sevilla Y El Mar De Las Tinieblas INTERLUDIO La Calma de los Muelles
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INTERLUDIO La Calma de los Muelles

Atlán, muelles de reparación, dos semanas y media después de la primera sesión del Cónclave.

—Diez días más, Almirante, quizás menos si el tiempo acompaña —informó Diego de Arana, con las manos cruzadas a la espalda y la vista fija en el casco desnudo de la Santa María, donde una decena de artesanos atlanos trabajaban con una destreza que ningún carpintero de Palos habría podido igualar—.

Los atlanos cumplen su palabra. El velamen de La Pinta ya está listo.

—Confío en vuestro criterio más que en el mío propio, contramaestre —respondió Colón, sin apartar la vista de los documentos que llevaba bajo el brazo, listas de provisiones y curiosidades que pensaba presentar ante los Reyes Católicos—.

Ningún hombre a bordo conoce mejor que vos el estado real de estas naves.

Arana asintió, con esa calma inquebrantable que Mateo, observando la escena a distancia desde lo alto de una terraza cercana, había llegado a admirar como la de un padre paciente cuidando de hijos revoltosos.

Nada en su porte delataba prisa alguna, ni impaciencia, ni el más mínimo rastro de la tormenta que, sin que ninguno de ellos pudiera todavía sospecharlo, ya se acercaba a las costas de Atlán oculta bajo la niebla eterna.

—Descansad esta noche, Almirante —dijo Arana, antes de despedirse con una inclinación breve—. Yo vigilaré los muelles hasta el amanecer, como cada noche. Nada se mueve en estos muelles sin que yo lo sepa.

Colón asintió, agradecido, sin advertir jamás cuánta verdad y cuánta amenaza cabían, a partes iguales, en aquella misma frase.