CAPÍTULO XIII El Despertar de Halvar #4
Se quedó de pie un largo rato en aquella playa vacía, contemplando el humo lejano que ascendía, apenas visible en el horizonte, desde las chimeneas de la aldea que lo había visto nacer, sabiendo que nunca volvería a sentarse junto a aquel fuego,
jamás volvería a escuchar la voz cansada y orgullosa de su padre llamándolo por su nombre.
Se llevó la mano al pecho, donde el engranaje y el báculo recuperados de Draugøy seguían ocultos bajo su túnica ensangrentada, todavía tibios contra su piel con un calor que no tenía explicación natural alguna, y con ellos, el pequeño fardo de pergaminos y pieles donde llevaba calcados, desde niño,
los símbolos del santuario sagrado de su pueblo.
—Nunca —juró en voz alta, a nadie salvo al propio mar que se extendía interminable ante él—. Esto no llegará en ningún momento a esas manos. Aunque tenga que llevarlo conmigo hasta el fin del mundo.
Y dando la espalda para siempre a las costas heladas que lo habían visto nacer, Halvar Ormsson, el último guerrero de su nombre en aquellas tierras comenzó a caminar hacia el sur, hacia un destino que ni él mismo, en aquel amanecer ensangrentado, podía imaginar todavía.
Pasarían cincuenta inviernos enteros antes de que Halvar Ormsson volviera a sentir, por última vez, el calor tibio del engranaje contra su pecho sin que fuera una advertencia.
Había cruzado media Europa a pie, un gigante entre hombres cada vez más pequeños a medida que su propio cuerpo se curvaba con la edad, protegiendo un secreto que ya nadie perseguía con la furia de antaño, pues la Orden, avergonzada de la pérdida de Saint-Clair,
prefirió enterrar la historia entera antes que admitir su fracaso.
Se asentó, al fin, en un pueblo remoto donde nadie preguntaba por su pasado, y donde los niños del lugar aprendieron a quererlo por una sola razón sencilla: el gigante extranjero de barba blanca ahuyentaba con sus propias manos a los lobos que bajaban de las colinas en invierno,
sin pedir nada a cambio salvo un poco de pan.
Fue en ese mismo pueblo donde, unos pocos años antes de su muerte, se cruzó con un gitano de los caminos que se había detenido allí una temporada antes de proseguir su rumbo.
Entre el gigante del norte y el forastero de manos hábiles para el cobre nació una amistad que ninguno de los dos buscó ni supo explicar del todo: Halvar le enseñó a manejar el hacha con la misma disciplina con que una vez entrenó a los suyos; el gitano le enseñó, a cambio,
a sobrevivir sin necesitar una tierra propia bajo los pies.
Compartieron mesa, fuego y silencios hasta que ambos llegaron a considerarse, sin necesidad de decirlo en voz alta, lo más parecido a un hermano de armas que ninguno de los dos había vuelto a tener desde la juventud.
Fue esa misma amistad la que Halvar decidió honrar la noche en que su propio cuerpo por fin le anunció que ya había cargado suficiente. A solas, sin más testigo que el fuego moribundo del hogar, el viejo guerrero llamó a su amigo a su lecho.
—Acercaos —dijo Halvar, con una voz que ya no tenía la fuerza de antaño, pero que conservaba, hasta el final, la misma aspereza de siempre—.
Lo que voy a dejaros pesa más que cualquier hierro.
Os lo dejo a vos, y a nadie más. En todos estos años no os vi retroceder ni una sola vez, ni ante el trabajo duro ni ante mis silencios. Eso me basta para confiar en un hombre.
Le entregó el engranaje, el báculo, y el diario de piel donde su propia mano infantil había calcado, sesenta años atrás, los símbolos de un templo que jamás debió profanar.
Le habló, por primera y única vez, de un pueblo entero reducido a cenizas, de seis hombres en una barcaza, de una promesa hecha a sí mismo bajo una luna llena que ningún testigo humano presenció.
No pidió perdón; un guerrero no pide perdón por haber sobrevivido, solo carga el peso de haberlo hecho.
—Guardad el secreto. Guardad también la calma que a mí me costó media vida aprender —dijo—. Yo lo cargué con miedo demasiados años. Aprendí tarde que también se puede cargar en paz. No dejéis que a vos os robe esa misma paz.
Halvar Ormsson murió aquella misma noche, en el pueblo que había aprendido a llamar hogar, junto al único amigo que la vida, después de tanto andar solo, había tenido la generosidad de concederle.
Antes de proseguir su propio camino al amanecer, el gitano se detuvo un momento junto a la casa de una niña del pueblo que solía compartir con Halvar el pan de las tardes, y se despidió de ella sin revelarle más que lo estrictamente necesario: que el gigante se había ido en paz,
y que ella nunca debía olvidarlo.
No hubo tumba con el nombre de Halvar, ni saga que cantara su hazaña, ni cronista que registrara jamás que aquel anciano extranjero había salvado, sin que nadie llegara nunca a saberlo por completo, al mundo entero.
Solo quedó un diario que cambiaría de manos generación tras generación, y el recuerdo de una amistad entre dos hombres que el destino decidió cruzar en el mismo pueblo, en el mismo tiempo, para que el peso de cuatro siglos pudiera seguir caminando.