CAPÍTULO XIII El Despertar de Halvar #3
Una ola más alta que las anteriores golpeó el costado de la barcaza justo cuando Saint-Clair se lanzaba hacia adelante en la que pretendía ser su estocada final, y mientras Halvar, leyendo el movimiento del agua un instante antes de que llegara,
se dejó caer con las rodillas flexionadas y el peso hundido hacia el centro de la embarcación, Saint-Clair, ajeno por completo a aquel lenguaje silencioso del océano, perdió el equilibrio en el instante exacto en que más lo necesitaba,
su propia estocada desviándose apenas una mano de su objetivo original.
Fue suficiente. Halvar giró el hacha en un arco descendente que aprovechó el propio impulso de la caída del capitán, y Rompehielos encontró su marca antes de que Saint-Clair pudiera siquiera recuperar el equilibrio que el mar le había arrebatado.
El capitán normando cayó de espaldas contra las tablas, con los ojos todavía abiertos, todavía conscientes, fijos en el cielo tormentoso sobre su cabeza, y en ellos, en aquel último instante de vida, no había miedo ni súplica,
sino algo mucho más parecido al reconocimiento profesional de un guerrero que comprende, incluso muriendo, que ha sido vencido no por la fuerza bruta ni por la suerte ciega, sino por un enemigo que conocía su propio campo de batalla con una intimidad que él nunca podría haber igualado.
Su propia estirpe, generaciones después, jamás conocería la verdad de aquella noche.
La Orden, incapaz de admitir que un capitán de su renombre había caído ante un solo hombre, forjó en su lugar la leyenda de un mártir santo devorado por demonios paganos en tierras salvajes, una historia que los Saint-Clair repetirían con orgullo ciego durante siglos,
transmitida de padre a hijo como una herida sagrada que exigía, tarde o temprano, su desagravio.
No sería nunca una venganza dirigida contra un solo nombre ni una sola sangre —ningún Saint-Clair llegaría jamás a saber quién había empuñado aquella hacha, ni por qué—, sino algo mucho más peligroso y mucho más difícil de aplacar: un odio doctrinal, transmitido como fe,
contra todo lo que aquella noche llegó a representar para ellos.
Contra el paganismo del norte. Contra la herejía que se atrevía a alzar la mano contra un siervo de Dios.
Contra cualquier sombra, en cualquier siglo futuro, que pareciera guardar el más mínimo parecido con los demonios que su familia juraba haber perdido aquella noche en el mar.
Cuatro siglos y medio después, aquel odio heredado y ciego encontraría, sin saberlo en ningún momento del todo, un nuevo rostro al cual dirigirse.
Cuando el último de los seis cayó, Halvar quedó solo en el centro de la barcaza, empapado de sangre ajena y propia y de agua de mar, con el pecho agitándose en jadeos que competían con el rugido de la tormenta que finalmente estallaba sobre él en toda su furia,
el relámpago y el trueno ya casi simultáneos, la lluvia cayendo en láminas horizontales empujadas por un viento que amenazaba con voltear la propia barcaza.
Y, de todos modos, en mitad de aquel caos absoluto de agua, sangre y fuego celeste, Halvar permaneció de pie, con el hacha todavía en la mano, como si el propio océano nórdico, testigo silencioso de toda su vida,
hubiera decidido rendirle homenaje a la única forma de justicia que aquella noche todavía era posible impartir.
Arrojó los cuerpos al mar, uno por uno, sin ceremonia ni palabras, observando cómo la corriente se los tragaba con la misma indiferencia con que había tragado al monje que había saltado por voluntad propia, mientras la tormenta, ya descargada por completo,
comenzaba lentamente a perder fuerza a su alrededor, como si el propio cielo hubiera esperado, con paciencia antigua, a que la masacre concluyera antes de calmar sus propias aguas.
Limpió el hacha en el agua salada de la borda, y remó, solo, durante el resto de aquella noche interminable, guiado únicamente por las estrellas que comenzaban a asomar entre las últimas nubes dispersas.
Cuando las últimas nubes de la tormenta se deshicieron, ya bien entrada la noche, la luna llena emergió tras ellas con una claridad tan repentina y absoluta que pareció, por un instante, que el propio cielo había estado esperando el momento exacto para presenciar lo que el mar acababa de permitir.
Fue bajo esa misma luna, enorme y pálida sobre el horizonte, cuando la costa desierta finalmente se dibujó ante la proa de la barcaza.
Ningún testigo humano presenció aquel regreso.
Ningún cronista, ningún poeta, ningún sacerdote registró jamás en pergamino alguno la imagen de Halvar Ormsson de pie en la proa de una embarcación empapada de sangre, con el hacha todavía colgando de una mano floja por el agotamiento,
la silueta recortada en negro contra el disco perfecto de la luna llena como una aparición surgida directamente de las sagas que los ancianos de su aldea cantaban junto al fuego.
Solo el propio mar fue testigo, y las estrellas, y la luna misma, indiferente y eterna, que había presenciado ya incontables guerras humanas y presenciaría incontables más, sin que ninguna de ellas alterara nunca su curso silencioso por el cielo.
Y, no obstante, en aquella soledad absoluta, en aquel silencio roto solo por el chapoteo cansado de los remos y el crujido de una madera todavía manchada de sangre seca, se había decidido en secreto el destino entero de un mundo que ni siquiera sabía que había estado a punto de perderlo todo.
Ningún reino, ninguna corte, ningún ejército de la cristiandad sabría jamás que aquella noche, en una barcaza perdida en mitad del océano nórdico, un solo hombre había cortado, sin saberlo por completo,
el único hilo que todavía conectaba a la Orden de Iscariote con el resto del mecanismo que ansiaba reconstruir.
El propio Halvar, exhausto y sangrante, tampoco lo sabía.
Solo sentía, con la certeza simple y física de un cuerpo que ha sobrevivido lo imposible, que algo terrible se había evitado aquella noche, aunque nunca llegaría a comprender del todo la magnitud exacta de lo que sus propias manos acababan de impedir.
Llegó finalmente a la costa cuando la luna ya comenzaba a ceder su lugar a las primeras luces grises del amanecer, con la barcaza entera manchada de sangre seca que ni el oleaje de toda la noche había logrado limpiar plenamente,
el rostro tan pálido y desprovisto de expresión que los primeros pescadores que lo vieron encallar en la playa retrocedieron un paso antes de reconocerlo.
No atracó en el muelle de su propia aldea, sino varias leguas más al sur, en una cala desierta que ningún vecino frecuentaba, con la misma determinación fría con que había ejecutado cada golpe de aquella noche.
Sabía, con una certeza que le partía el pecho más que cualquier herida física, que no podía regresar a casa.
Si aquellos seis hombres no volvían jamás a informar a sus superiores, la Orden enviaría más, y esta vez no se conformarían con cortesías fingidas: interrogarían a la aldea entera, a su propio padre, a cada niño que alguna vez se había subido a sus hombros,
hasta encontrar respuestas que nadie en su hogar podía siquiera ofrecerles.
La única manera de proteger a su gente era que Halvar, el guía que había zarpado con seis hombres de la Iglesia desapareciera junto con ellos, tragado por el mismo mar que se había tragado sus cadáveres.