El Testigo de Sevilla Y El Mar De Las Tinieblas CAPÍTULO XIII El Despertar de Halvar #2
51%

CAPÍTULO XIII El Despertar de Halvar #2

El silencio, además, era absoluto: ni un solo pájaro marino sobrevolaba sus costas, ni una sola foca se aventuraba a descansar en sus rocas, como si toda criatura viva hubiera aprendido, generación tras generación, a evitar aquel lugar con el mismo instinto profundo con que un animal evita el fuego.

Los monjes exploraron las ruinas heladas de la isla con una mezcla de fervor religioso y codicia mal disimulada, documentando cada cuerpo cristalizado que encontraban con dibujos apresurados en pergaminos gastados, murmurando plegarias que sonaban, para oídos de Halvar,

más a fórmulas de mercader tasando un botín que a genuinas oraciones de fe.

Halvar caminaba entre ellos con el paso pesado y cauteloso de quien recorre un cementerio profanado, incapaz de apartar la vista de aquellos rostros congelados bajo el hielo translúcido, tan parecidos a los suyos propios, a los de su padre, a los de cualquier hombre de su aldea,

que por un instante se preguntó, con un horror silencioso que no compartió con nadie, si aquellos cuerpos no habrían sido, alguna vez, tan vivos y reales como él mismo.

Fue durante aquella exploración, mientras los monjes se concentraban en los cuerpos más visibles cerca de la costa, cuando Halvar, apartándose brevemente del grupo bajo el pretexto de explorar un paso rocoso que ningún clérigo de manos suaves se atrevía a cruzar, encontró,

medio hundidos entre el hielo de una gruta más profunda, dos objetos que reconoció al instante, con el corazón latiéndole desbocado: un pequeño engranaje de metal ceniciento, tallado con los mismos símbolos exactos que él mismo había calcado de niño,

y un báculo corto rematado con idéntica filigrana.

No dudó ni un instante. Los envolvió en su propia capa y los ocultó bajo su túnica, junto al pecho, sin decir una sola palabra a los monjes cuando regresó junto al grupo minutos después, con el rostro compuesto en la misma calma serena que lo había definido toda su vida.

—No hay nada más que documentar aquí, hermanos —anunció el monje mayor, al caer la tarde, con una nota de decepción apenas disimulada—.

Los relatos hablaban de una reliquia mayor, una piedra que brillaba sin fuego.

No la hemos encontrado. Regresemos antes de que la noche nos alcance en este lugar maldito.

Fue en el trayecto de regreso, remando bajo un cielo que ya empezaba a teñirse del naranja enfermizo de un atardecer nórdico, cuando Halvar escuchó, sin proponérselo, la conversación que selló el destino de aquellos seis hombres.

—El último pueblo que nos dio pistas falsas sobre esta misma isla nos costó tres semanas enteras de camino perdido —comentó uno de los soldados a su compañero, con una risa seca desprovista de todo remordimiento—.

Ninguna de estas aldeas de pescadores ignorantes vale más que la información que podemos sacarles antes de quemarlas hasta los cimientos.

Si el jefe de esta aldea resulta ser tan inútil como los anteriores, sugiero que apliquemos el mismo método antes de zarpar de regreso a Roma.

Halvar, sentado en la proa con los remos todavía en las manos, sintió que algo dentro de él se congelaba con una frialdad mucho más profunda que la del propio mar nórdico.

Comprendió, en aquel instante exacto, que no existía versión alguna del futuro en que aquellos seis hombres regresaran jamás a informar a sus superiores, ni sobre Draugøy, ni sobre la aldea que lo había visto nacer,

ni sobre ningún otro pueblo inocente que aquellos mismos hombres estuvieran dispuestos a quemar con la misma indiferencia con que se describe el clima.

El cielo, sobre sus cabezas, había virado ya hacia un violeta profundo salpicado de las primeras estrellas, y el mar, agitado por un viento que llegaba desde el norte cargado de la promesa de una tormenta nocturna, mecía la barcaza con un vaivén cada vez más pronunciado que Halvar,

criado entre aquellas mismas olas desde la cuna, sabía leer con la misma facilidad con que un jinete lee los nervios de su caballo.

Las nubes se apilaban unas sobre otras en el horizonte norte, negras y bajas, iluminadas de tanto en tanto por relámpagos silenciosos todavía demasiado lejanos para escuchar su trueno, y el propio mar, allí donde apenas minutos antes había sido una superficie oscura y relativamente plana,

comenzaba a levantar crestas blancas que rompían contra el casco de la barcaza con una violencia creciente.

Esperó.

Esperó a que la oscuridad se cerrara del todo sobre ellos, a que el vaivén del mar se volviera lo bastante brusco como para que ningún hombre entrenado en la quietud de un monasterio pudiera mantener el equilibrio con la misma soltura que un pescador nacido en aquellas aguas.

Contó, en silencio, las respiraciones de cada uno de sus seis compañeros de travesía, memorizando la posición exacta de sus armas, calculando en qué orden debía atacarlos para que el primero en caer no tuviera tiempo siquiera de alertar al resto.

Cuando la primera ola verdaderamente grande hizo cabecear la barcaza con violencia, arrancando un grito de sorpresa a dos de los monjes que se aferraron a las bordas con los nudillos blancos, Halvar se movió.

Fue el joven soldado el primero en caer, con la garganta abierta de un solo tajo del cuchillo que Halvar llevaba oculto en la bota desde que zarparon, antes de que el hombre siquiera comprendiera que el ataque había comenzado; se desplomó sobre el fondo de la barcaza sin apenas un gemido,

la sangre mezclándose de inmediato con el agua salada que ya se colaba entre las tablas.

Los cuatro monjes reaccionaron cada uno a su manera, y ninguna de esas maneras estaba preparada para lo que tenían delante.

Uno de ellos se quedó paralizado en su asiento, con las manos entrelazadas en una plegaria que le temblaba en los labios sin llegar a completarse nunca, hasta que el hacha de Halvar lo alcanzó también.

Otro, presa de un pánico animal, intentó trepar por la borda para arrojarse al agua antes que enfrentar el filo, y el mar helado, cómplice silencioso de Halvar aquella noche, lo tragó en segundos,

su grito ahogado apenas audible bajo el rugido creciente del viento y las primeras gotas de lluvia que empezaban a azotar la embarcación.

El monje mayor, el mismo que había hablado con tanta cortesía en la aldea apenas un día antes, sacó de entre sus ropas un cuchillo ceremonial —más ornamento ritual que arma verdadera,

con una hoja demasiado corta y fina para el combate real— y se lanzó contra Halvar con una desesperación que ningún entrenamiento religioso podía justificar por completo, gritando algo entre latín y súplica que el propio viento se encargó de deshacer antes de que llegara a formar una frase completa.

Halvar desvió el golpe con el mango del hacha, sintiendo el impacto vibrarle a lo largo del brazo entero, y con el puño libre estrelló al monje contra la borda de estribor con una fuerza que le quebró la espalda contra la madera con un crujido húmedo que se perdió bajo el siguiente trueno,

ya lo bastante cercano como para hacer temblar el aire mismo.

El último monje con vida, el más joven de todos, ni siquiera intentó defenderse.

Murió con las manos todavía entrelazadas en oración, los ojos cerrados, murmurando las últimas palabras de un salmo que Halvar no reconoció, y por un instante, apenas el latido de un corazón, algo parecido a la piedad le temblaba a Halvar en el brazo que sostenía el hacha en alto.

Pero recordó, en ese mismo instante, las palabras despreocupadas sobre aldeas enteras condenadas al fuego, y el brazo no vaciló más.

Solo quedaba Saint-Clair.

El capitán normando no había desperdiciado ni un instante en gritos ni en plegarias mientras sus cinco hombres caían uno tras otro a su alrededor.

Había desenvainado su espada en el momento exacto en que el primer soldado se desplomó, y había pasado los minutos siguientes no huyendo ni suplicando, sino observando, con la fría precisión de un veterano de mil batallas, cada movimiento de Halvar, cada ángulo de ataque,

cada instante exacto en que el gigante nórdico aprovechaba el vaivén del mar a su favor.

—Así que esto es lo que hemos despertado —dijo Saint-Clair, con una calma gélida que contrastaba brutalmente con la masacre que lo rodeaba, adoptando una guardia baja y firme,

con las piernas ligeramente flexionadas para absorber el balanceo de la barcaza con una destreza que ningún otro hombre de su grupo había poseído—.

Un guerrero de verdad, no la bestia salvaje sin nombre que esperaba encontrar.

Mejor así. Hacía años que no me enfrentaba a un rival digno de mi acero.

Fue, de todo el combate, el único enfrentamiento que mereció verdaderamente ese nombre.

Saint-Clair atacó con una serie de estocadas cortas y precisas, cada una calculada para aprovechar el instante exacto en que la barcaza se inclinaba hacia un lado, obligando a Halvar a retroceder, a bloquear con el mango del hacha,

a ceder terreno por primera vez en toda la noche sobre aquellas tablas ensangrentadas.

El acero normando abrió un corte profundo en el antebrazo de Halvar, y luego otro en la ceja, la sangre propia mezclándose ya con la ajena que le cubría el rostro entero, mientras el capitán se movía con una elegancia letal que ni la tormenta ni el terror de sus compañeros muertos lograban quebrar.

Pero Saint-Clair, por todo su entrenamiento, por todas sus mil contiendas en tierras lejanas, había aprendido a luchar sobre tierra firme, o a lo sumo sobre las cubiertas anchas y estables de las grandes naves de guerra que cruzaban el Mediterráneo.

Jamás había combatido sobre una barcaza estrecha y castigada por una tormenta nórdica, meciéndose con la violencia caprichosa de un mar que Halvar conocía desde antes de aprender a caminar, con generaciones de pescadores y guerreros vikingos en la sangre que le enseñaban, sin palabras,

exactamente cuándo y cómo ceder el propio peso a cada ola en lugar de resistirla.

Fue el mar quien decidió, en última instancia, el desenlace de aquel duelo.