El Testigo de Sevilla Y El Mar De Las Tinieblas CAPÍTULO XIII El Despertar de Halvar
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CAPÍTULO XIII El Despertar de Halvar

Aldea natal de Halvar, año 1024 aproximado.

El niño tenía ocho inviernos la primera vez que se coló en el santuario prohibido.

No era Draugøy —de esa isla ya le habían advertido tantas veces que el propio nombre le producía un escalofrío reflejo, incluso sin comprender del todo por qué—, sino el otro lugar sagrado de su aldea, el más antiguo,

el que los ancianos custodiaban con una devoción silenciosa que ningún niño curioso lograba jamás satisfacer con preguntas.

Un pequeño templo de madera ennegrecida por el humo de generaciones de ofrendas, alzado sobre el punto más alto del asentamiento, donde se decía que los propios dioses del mar habían depositado, siglos atrás, un regalo que ningún ojo profano debía contemplar sin permiso.

Halvar, incluso a los ocho años, ya era el más grande de todos los niños de su edad, con unas manos y unos hombros que hacían que los ancianos de la aldea murmuraran, entre risas cargadas de orgullo, que aquel muchacho llevaría sobre sí la sangre de algún gigante olvidado de las montañas.

Pero bajo aquella corpulencia precoz vivía una curiosidad todavía más grande, una necesidad casi física de comprender el mundo que lo rodeaba que ningún castigo ni ninguna advertencia lograba nunca apagar por completo.

Se coló en el santuario una tarde de niebla, cuando el guardián que solía custodiar la entrada se había ausentado apenas unos minutos, y contempló, por primera vez, las placas de metal ceniciento que descansaban sobre su cofre de madera tallada,

cubiertas de símbolos que no se parecían a ninguna runa que hubiera visto jamás grabada en las piedras funerarias de su pueblo.

No sintió miedo. Sintió, en cambio, la misma fascinación devoradora que sentiría cualquier niño frente a un misterio hermoso, y con un trozo de carboncillo robado de la fragua de su padre y un pedazo de piel de buey curtida que llevaba consigo para remendar sus propias botas, comenzó a calcar,

línea por línea, cada símbolo que sus ojos infantiles lograban distinguir, sin comprender que aquel gesto travieso y aparentemente inocente terminaría por definir el resto de su vida, y la de generaciones enteras que ni siquiera habían nacido todavía a miles de leguas de distancia.

La misma aldea, año 1044 aproximado.

Veinte inviernos después, el niño que se había colado en el santuario se había convertido en el hombre más temido y respetado de toda la región.

Halvar Ormsson —pues llevaba, sin saberlo del todo, el mismo apellido de aquel ancestro remoto cuya historia ya nadie en la aldea recordaba con precisión, diluida entre generaciones de leyenda— medía casi dos cabezas más que cualquier otro guerrero de su pueblo,

con unos brazos capaces de partir un escudo de roble de un solo golpe de hacha y una espalda que los forasteros describían, con una mezcla de admiración y de miedo genuino, como la de un oso erguido sobre dos piernas.

Su cabello, de un rubio tan pálido que a la luz de la luna parecía casi blanco, le caía suelto hasta los hombros, trenzado solo en las sienes al estilo de los guerreros que ya habían cobrado su primera sangre en combate real; una barba corta y bien cuidada enmarcaba un rostro de rasgos duros,

pero curiosamente serenos, surcado ya por las primeras líneas que el sol y la sal del mar dejan en cualquier hombre que ha pasado media vida sobre el agua.

Llevaba siempre consigo el hacha que él mismo había forjado a los dieciséis años, de doble filo y mango largo, bautizada por el resto de la aldea con un nombre que se pronunciaba siempre con respeto: Rompehielos, por la leyenda, ya medio exagerada por el tiempo,

de que Halvar la había usado una vez para abrirse paso a través del hielo marino más grueso que ningún hombre había cruzado nunca a pie.

Había heredado de su padre, ya anciano y convertido en jefe de la aldea tras la muerte del anterior, no solo la fuerza descomunal de su estirpe, sino también un temperamento sorprendentemente sereno para un hombre de semejante tamaño:

Halvar prefería resolver las disputas de la aldea con palabras pacientes antes que con el filo del hacha, y los niños del pueblo, lejos de temerlo, se subían a sus hombros como quien trepa a un árbol viejo y confiable,

tirándole de las trenzas mientras él fingía gruñidos de oso furioso que terminaban siempre en carcajadas compartidas.

Los guerreros más viejos de la aldea, los mismos que habían combatido codo a codo junto a su padre en su juventud, aseguraban que Halvar poseía la fuerza bruta suficiente para liderar una incursión victoriosa contra cualquier reino vecino que se atreviera a desafiarlos,

pero que su verdadera grandeza residía en la paciencia con que elegía, una y otra vez, no hacerlo.

Fue esa misma serenidad la que le permitió mantener la calma cuando los forasteros de túnicas oscuras llegaron a la aldea, una mañana fría de finales de verano, exigiendo hablar con el jefe.

Eran seis en total: cuatro monjes de rostro pálido y manos suaves que jamás habían empuñado un arma en toda su vida devota, un soldado joven cuyo entrenamiento se notaba apenas en la rigidez nerviosa de su postura, y al mando de todos ellos, un capitán normando de apellido Saint-Clair,

veterano de mil combates en tierras santas, cuyos ojos recorrían la aldea entera con la calma fría y profesional de un depredador que ya ha cazado antes y sabe exactamente qué está buscando: salidas, guerreros, amenazas,

evaluadas todas con la misma indiferencia con que un carnicero evalúa el peso de una res.

—Buscamos un lugar que las leyendas de esta región llaman la isla de los muertos que no descansan —anunció el mayor de los monjes, con una cortesía que no lograba disimular por completo la amenaza latente bajo cada palabra—.

Servimos a la Santa Sede en una misión de la mayor importancia para la cristiandad entera.

Necesitamos un guía que conozca estas aguas, y la hospitalidad de vuestro pueblo hacia los siervos de Dios.

El padre de Halvar, curtido por décadas de tratos con comerciantes y viajeros de toda clase, reconoció de inmediato la amenaza envuelta en cortesía religiosa.

Sabía, como sabía toda la aldea desde generaciones atrás, exactamente qué isla buscaban aquellos hombres, y sabía también, con la misma certeza instintiva, que negarse a colaborar solo traería consecuencias mucho peores sobre su propia gente.

—Mi hijo os guiará —dijo finalmente, con la voz cargada de un peso que solo Halvar, entre todos los presentes, alcanzó a comprender del todo—. Conoce esas aguas mejor que ningún otro hombre vivo en esta aldea.

Halvar no protestó. Había crecido escuchando, en susurros junto al fuego, las mismas advertencias que toda la aldea repetía sobre Draugøy, y aunque nunca había puesto un pie en sus costas,

algo en el fondo de su memoria —quizás el eco lejano de aquellos símbolos calcados con manos infantiles veinte años atrás— le advirtió, desde el primer instante, que aquellos hombres de túnica oscura no buscaban ningún tesoro cristiano legítimo.

Aquella noche, mientras los forasteros dormían en las chozas que la aldea les había cedido por hospitalidad obligada, Halvar encontró a su padre despierto junto al fuego moribundo del salón comunal, afilando un cuchillo que ya no necesitaba más filo,

con la mirada perdida en las brasas de un modo que Halvar, en veintiocho años de vida, jamás le había visto antes.

—No me gusta esto, hijo —dijo el anciano, sin apartar los ojos del fuego—. Hay algo podrido bajo esas túnicas, algo que ningún hombre de Dios debería cargar consigo. Si pudiera, iría yo mismo en tu lugar, aunque estas piernas viejas ya no me llevarían muy lejos.

—Volveré antes de que la luna cambie, padre —respondió Halvar, con la misma calma serena que empleaba siempre para tranquilizar a los más pequeños de la aldea—. Conozco esas aguas mejor que cualquier hombre vivo, vos mismo lo dijisteis.

Su padre guardó silencio un largo rato, y cuando finalmente habló de nuevo, su voz había perdido el temblor de la preocupación para adoptar algo mucho más parecido a la certeza de un hombre que ha vivido lo suficiente para reconocer los presagios cuando se le presentan.

—Conozco esas aguas, sí. Pero a esos hombres no los conozco en absoluto, y eso me asusta más que cualquier tormenta que el mar pudiera enviarte.

—Se quitó del cuello un pequeño amuleto tallado en hueso de ballena, herencia de su propio padre, y lo colocó en la palma enorme de Halvar, cerrándole los dedos alrededor con sus propias manos ya artríticas—.

Llévalo contigo. Y prométeme que, si alguna vez tienes que elegir entre volver a casa o proteger a los tuyos desde lejos, elegirás siempre lo segundo, aunque el precio te parta el corazón en dos.

Halvar no comprendió plenamente, en aquel momento, la profundidad de lo que su padre le pedía.

Prometió, con la ligereza despreocupada de quien todavía cree que regresará antes de que la luna cambie, y guardó el amuleto junto a su pecho, sin saber que sería la última vez que sentiría la mano de su padre sobre la suya.

Draugøy, un día después

El viaje hasta la isla les tomó una jornada entera de remo constante, bajo un cielo tan gris y bajo que parecía querer aplastar el propio mar contra el horizonte.

Cuando finalmente la costa negra y estéril de Draugøy emergió entre la niebla, Halvar sintió, por primera vez en toda su vida adulta, el mismo escalofrío puro y ancestral que había sentido de niño frente al santuario, multiplicado ahora por una certeza física que no admitía discusión.

La isla, de cerca, resultaba todavía más antinatural de lo que las historias de la infancia de Halvar habían logrado sugerir en ningún momento.

El hielo que cubría cada roca, cada acantilado, no se derretía ni siquiera bajo el sol más intenso del verano nórdico, como si el propio invierno se hubiera instalado allí de forma permanente, ajeno al paso de las estaciones que gobernaba el resto del mundo.