El Testigo de Sevilla Y El Mar De Las Tinieblas CAPÍTULO XII La Infección de Roma y el Nacimiento de la Orden #2
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CAPÍTULO XII La Infección de Roma y el Nacimiento de la Orden #2

Por debajo de ellos, decenas de agentes menores, reclutados generación tras generación de entre los huérfanos y los desesperados de toda Europa, cumplían órdenes que rara vez comprendían plenamente: vigilar rutas comerciales, interrogar viajeros,

investigar rumores de reliquias antiguas o metales que brillaban sin llama, siempre bajo el disfraz respetable de la investigación eclesiástica, siempre convencidos de servir a una causa mayor que sus propias vidas.

Cada nuevo miembro juraba lealtad no ante el Papa mismo, sino ante un símbolo que la Orden adoptó desde sus primeros años: una cabeza forjada en bronce, hueca en su interior, donde generaciones de Pontífices infectados guardarían la piedra entre consulta y consulta,

sacándola solo en la más estricta privacidad para renovar el vínculo que la propia entidad necesitaba mantener con su origen.

Ante los ojos del resto de la cristiandad, aquella cabeza se convirtió, con el tiempo, en un objeto de fascinación y de rumor: se decía que respondía preguntas con un simple sí o no, que conocía el futuro, que había costado el alma misma del Pontífice que la poseía.

Ninguno de esos rumores, nacidos siempre de algún miembro indiscreto de la Orden o de algún sirviente que había presenciado más de lo debido, se acercaba nunca a la verdad completa, pero todos, sin saberlo, la rozaban con una precisión que solo el paso de los siglos permitiría comprender del todo.

La primera expedición de la Orden, enviada apenas un año después de la fundación, regresó con las manos vacías: encontraron, tras meses de búsqueda infructuosa entre los pueblos del norte, apenas rumores contradictorios de un pueblo maldito devorado por un bosque sin nombre,

sin ninguna pista sólida que los condujera más allá de la propia leyenda que ya conocían.

Los agentes enviados, dos monjes jóvenes y un guía mercenario contratado en un puerto báltico, regresaron a Roma varios meses más tarde de lo previsto, con los pies destrozados por la nieve y los ojos hundidos por el hambre,

para informar de aldeas enteras que se persignaban con auténtico terror ante la sola mención del Bosque de Hielo, sin que ninguno de sus habitantes se atreviera jamás a acercarse lo suficiente como para ofrecer algo más que rumores heredados de sus propios abuelos.

El Papa, con la paciencia inhumana de una inteligencia que ya no medía el tiempo en la escala breve y ansiosa de una vida mortal, no se desanimó.

Ordenó que la búsqueda continuara, generación de agentes tras generación de agentes, con la misma calma silenciosa con que un cazador espera durante años junto a la única madriguera de su presa.

Cada década enviaba una nueva partida, cada vez mejor equipada, cada vez más discreta en sus métodos, y cada vez volvía con el mismo informe frustrante: leyendas que se repetían casi palabra por palabra de aldea en aldea, pero ningún fragmento adicional,

ningún rastro material que justificara el riesgo de adentrarse más allá del límite que el propio miedo local imponía a cualquier forastero.

Pasaron seis décadas enteras de búsquedas fallidas, expediciones que regresaban con leyendas contradictorias y pistas que se deshacían en cuanto se examinaban de cerca, antes de que la Orden lograra, finalmente, localizar los restos calcinados del pueblo original devorado por el Bosque de Hielo.

Lo que encontraron allí, sin embargo, no fue ninguna reliquia, ningún fragmento adicional del mecanismo que tanto ansiaban: solo cenizas viejas, huesos dispersos, y el silencio absoluto de un lugar que la propia naturaleza parecía haberse esforzado en borrar de la memoria del mundo.

Los agentes enviados regresaron a Roma convencidos de que cualquier superviviente de aquella masacre original, si es que alguno había existido, llevaba ya generaciones enteras disperso más allá de todo rastro posible.

El propio Papa, al recibir aquel informe, ordenó que se archivara junto a los anteriores, sin una sola palabra de decepción visible, y dispuso, con la misma calma de siempre, que la vigilancia continuara de todas formas, año tras año,

en cada rincón de aquellas tierras heladas donde alguna vez había existido un pueblo que ya nadie recordaba por su verdadero nombre.

Y mientras la búsqueda continuaba, año tras año, década tras década, el propio Papa fingió envejecer con la misma lentitud gradual que su cuerpo humano original, adoptando encorvamientos que no necesitaba y quejas de artritis que en ningún momento sentía, hasta que finalmente,

en el año 983 según los registros que la propia Iglesia conservaría para la posteridad, anunció su muerte ante el mundo entero.

Fue aquella noche, en la más absoluta clandestinidad de las criptas vaticanas, cuando la Orden de Iscariote ejecutó por primera vez el protocolo que se repetiría, sin interrupción, durante los cuatro siglos siguientes: el cuerpo del Papa,

que ya no era carne sino un cascarón de cristal hueco y sin vida, fue sellado dentro de un sarcófago de plomo grueso, forjado especialmente para que ningún estudioso futuro, por curioso o por sabio que fuera, lograra jamás distinguir su verdadera naturaleza bajo el peso de aquel metal.

Y en la misma ceremonia secreta, ante los pocos miembros de la Orden con el rango suficiente para presenciarla, la piedra —ya despojada del cuerpo que la había albergado durante casi una década— fue ofrecida al hombre elegido para suceder al Pontífice fallecido,

con la misma solemnidad ritual con que se entrega cualquier reliquia sagrada.

—Este es el tesoro más sagrado de nuestra Orden, Su Santidad —le dijeron al nuevo Papa, un hombre devoto y ambicioso a partes iguales, arrodillado ante el resplandor ámbar de la piedra—.

Se dice que quien la sostiene con fe verdadera recibe la bendición directa del Altísimo.

Sostenedla, y comprended por qué la Orden de Iscariote existe para protegerla.

El hombre, cuyo nombre la historia oficial recordaría con cariño como el de un pastor devoto y prudente, dudó apenas un instante antes de extender las manos, arrastrado por la misma mezcla de fe genuina y ambición terrenal que la Orden había aprendido, con el tiempo,

a reconocer y a cultivar en cada uno de sus candidatos al solio.

Ningún Papa, en los siglos que siguieron, se negó nunca a tocarla.