El Testigo de Sevilla Y El Mar De Las Tinieblas CAPÍTULO XII La Infección de Roma y el Nacimiento de la Orden
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CAPÍTULO XII La Infección de Roma y el Nacimiento de la Orden

Roma, año 980 aproximado.

El Papa recibió la piedra en la intimidad de sus aposentos privados, la misma noche en que la comitiva regresó victoriosa de su expedición al norte, insistiendo en examinarla a solas antes de presentarla ante el resto de la curia.

No fue soberbia lo que lo empujó a aquella decisión, sino algo mucho más simple y mucho más humano: la necesidad devota de un hombre que llevaba años enteros rezando por una señal, por pequeña que fuera,

de que Dios no había abandonado del todo a una Iglesia sacudida hasta los cimientos por décadas de intrigas, envenenamientos y sucesiones violentas en el propio trono de San Pedro.

Quería, antes que nada, sostener aquel milagro entre sus propias manos, a solas, y agradecerle a Dios en privado antes de compartirlo con el mundo.

La sostuvo largo rato bajo la luz temblorosa de un candil, maravillado ante el calor imposible que desprendía sin llama alguna que lo explicara, ante el resplandor ámbar que parecía latir con un pulso casi orgánico contra la palma de su mano.

No sintió dolor cuando el cambio comenzó.

No sintió, siquiera, que algo estuviera ocurriendo en absoluto: solo una calidez que se extendió lentamente desde la palma hacia el brazo, y de ahí hacia el pecho, tan suave y gradual que el propio Papa la confundió, en su fervor religioso,

con la misma gracia divina que llevaba tanto tiempo implorando.

Se arrodilló allí mismo, sobre el frío mármol de sus aposentos, y lloró de una gratitud que no sabía todavía que estaba dirigida al enemigo equivocado.

El proceso no fue instantáneo. Durante los primeros días, el Papa siguió siendo, en todos los aspectos que sus consejeros más cercanos podían observar, el mismo hombre devoto y bondadoso que había ocupado el trono papal durante años.

Presidió misas con la misma fervorosa entrega de siempre.

Recibió a sus cardenales con la misma calidez paternal.

Y, con todo, en la soledad de sus aposentos, cada noche que pasaba con la piedra guardada bajo llave en un cofre junto a su lecho, algo dentro de él iba tomando forma poco a poco,

con la misma paciencia infinita con que una semilla se abre paso bajo la tierra antes de que ningún ojo pueda ver el primer brote asomar a la superficie.

Empezó a dormir menos, aunque jamás lo mencionó a nadie, ni siquiera a su propio confesor.

Empezó, también, a soñar en un idioma que no era latín, ni griego, ni ninguna lengua que su instrucción de sacerdote le hubiera enseñado nunca a reconocer, fragmentos de una memoria ajena que se filtraban en su descanso como agua que encuentra, poco a poco, cada grieta de una represa.

No fue una posesión, tal como la entendería cualquier exorcista de la época, con gritos y convulsiones y voces ajenas brotando de una garganta poseída.

Fue algo mucho más silencioso y mucho más completo: una conciencia antigua, fragmentada durante ochenta años de letargo en el interior de una piedra abandonada, que encontró en aquel cuerpo humano devoto y bondadoso el vehículo perfecto para reconstruirse a sí misma, célula a célula,

recuerdo a recuerdo, hasta que ya no quedó manera alguna de distinguir dónde terminaba el hombre y dónde comenzaba la entidad que ahora ocupaba su lugar.

Para cuando la transición se completó, meses después de aquella primera noche de fervor devoto, el Papa que se sentaba en el trono de San Pedro conservaba cada recuerdo, cada gesto, cada inflexión de voz del hombre que había sido, pero ya no quedaba,

tras esos ojos que sus cardenales seguían llamando santos, absolutamente nada humano observando el mundo.

Hubo, pese a ello, quienes lo notaron, aunque ninguno se atrevió jamás a nombrarlo en voz alta.

El cardenal camarlengo, un hombre que había servido al lado del Pontífice durante casi dos décadas y que conocía cada uno de sus gestos con la intimidad de un hermano, comentó una noche a un colega de confianza que Su Santidad ya no parpadeaba con la misma frecuencia de siempre, que sus silencios,

antes llenos de una calidez pensativa, se habían vuelto largos y perfectamente inmóviles, como los de una estatua esperando el momento exacto de retomar la conversación.

—Quizás sea la edad —le respondió el colega, sin apartar la vista de su propia copa de vino, con la incomodidad específica de quien prefiere no examinar demasiado de cerca una intuición que le asusta—.

O quizás sea la santidad misma, que a algunos hombres los va despojando poco a poco de todo lo demás, hasta que solo queda la fe.

El camarlengo asintió, aliviado de tener una explicación que no exigiera mirar más allá, y nunca volvió a mencionar el asunto, ni siquiera cuando, años después, notó que las manos del Pontífice ya no temblaban jamás, ni con el frío del invierno romano ni con la edad que su rostro fingía acumular.

El propio médico personal del Papa, encargado de sangrías y ungüentos rutinarios, observó con un desconcierto que nunca compartió con nadie que el pulso de Su Santidad, cuando lograba tomarlo, resultaba extrañamente uniforme, casi mecánico en su regularidad,

sin la variación natural que cualquier corazón humano exhibe incluso en el reposo más profundo.

Anotó aquella rareza en su cuaderno privado de observaciones clínicas, atribuyéndola, tras semanas de duda, a una complexión excepcional que Dios reservaba solo para sus siervos más elegidos, y nunca volvió a tomarle el pulso con la misma atención de antes, temeroso, sin saberlo por completo,

de descubrir algo que su propia fe no estaría preparada para sostener.

Ninguno de ellos llegó jamás a atar aquellos detalles sueltos entre sí.

Vivían, después de todo, en una corte acostumbrada a servir a un hombre que la propia Iglesia insistía en llamar el Vicario de Cristo en la Tierra, un puesto que ya de por sí exigía cierta distancia sobrehumana del resto de los mortales;

y atribuir aquella distancia recién adquirida a una santidad todavía más profunda resultaba, para cualquier clérigo devoto, muchísimo más sencillo que atreverse siquiera a imaginar la verdad.

El propio silencio reverente de la Iglesia ante cualquier gesto de su cabeza visible se convirtió, sin que nadie lo planeara, en el escudo perfecto tras el cual la entidad terminó de completar su transformación.

La primera decisión verdaderamente propia de aquella nueva conciencia fue, con una ironía que solo el propio Papa infectado podía apreciar del todo, fundar una orden de protección personal.

—Necesito hombres de una fe absoluta, hermanos —anunció ante su curia más cercana, con la misma voz cálida y paternal de siempre—, dispuestos a servir en el más estricto secreto, para proteger los tesoros más sagrados de esta Santa Sede de aquellos que querrían profanarlos.

Los llamaremos la Orden de Iscariote, en penitencia perpetua por la traición de aquel discípulo que vendió a nuestro Señor: hombres que han jurado redimir esa traición original con una lealtad que ninguna tentación, ningún soborno, ningún miedo, logrará en ningún momento quebrar.

Ningún cardenal presente cuestionó el nombre extraño, ni la urgencia repentina, ni el hecho de que el propio Papa insistiera en supervisar personalmente la selección de cada uno de sus primeros miembros.

Reclutó, en los meses que siguieron, a los hombres más devotos y más desesperados que pudo encontrar entre los monasterios de toda la cristiandad: huérfanos criados desde la cuna en la más estricta disciplina monástica,

soldados arrepentidos que buscaban expiar pecados de guerra con una devoción que rayaba en la obsesión, hombres sin familia, sin ataduras, sin nada en el mundo salvo la promesa de un propósito sagrado que el Papa mismo les susurraba en confesiones privadas que ningún otro clérigo presenciaba jamás.

Cada entrevista seguía el mismo ritual cuidadoso.

El Papa recibía al candidato a solas, en una cámara sin ventanas iluminada apenas por un único cirio, y le hacía las mismas tres preguntas que había refinado, con el tiempo, hasta convertirlas en un instrumento de precisión casi quirúrgica: si tenía familia que pudiera reclamarlo de vuelta al mundo,

si había cometido alguna vez un pecado tan profundo que temiera no merecer nunca el perdón divino, y si estaría dispuesto a morir sin que su nombre fuera recordado por nadie, con tal de servir a un propósito que jamás podría explicar a otro ser humano.

Los que respondían con la desesperación adecuada —sin familia, con la culpa suficiente, dispuestos al anonimato absoluto— eran los únicos que el Papa aceptaba.

A los demás, los despedía con una bendición cálida y un nombre falso de monasterio al que nunca debían presentarse, y ellos, sin saberlo nunca, se libraban así del único destino que la nueva Orden ofrecía a quienes conocían su existencia.

A cada uno de ellos, en la intimidad de aquellas confesiones, el Papa infectado les reveló una versión cuidadosamente tejida de la verdad: que existía un enemigo antiguo, disfrazado de hombre, capaz de infiltrarse en cualquier corte, cualquier monasterio, cualquier trono de la cristiandad,

y que solo una orden secreta, invisible incluso para el resto de la Iglesia, podía enfrentarlo sin desatar un pánico que destruiría la fe de millones de almas inocentes.

No mentía por completo. Simplemente omitía, con la misma precisión quirúrgica con que omitía su propia naturaleza, que el enemigo del que hablaba era, en su origen más profundo, él mismo.

La Orden creció despacio, en las sombras, siguiendo una estructura que el propio Papa diseñó con el mismo cuidado meticuloso con que un arquitecto traza los cimientos de una catedral destinada a sobrevivir mil años.

En su cúspide, un puñado reducido de hombres —nunca más de doce a la vez, un número que el propio Papa eligió con una ironía que solo él mismo podía apreciar del todo— conocían la existencia de la piedra y su verdadera naturaleza,

aunque ni siquiera ellos llegaban jamás a sospechar la magnitud completa de lo que servían.