INTERLUDIO La Tumba sin Custodia
Atlán, jardines funerarios de la ciudad alta, once días después de la primera sesión del Cónclave.
Mateo se sentó junto a la lápida de su abuelo, como cada tarde desde que el Tlatoani había disuelto la sesión, y por primera vez notó cuánto extrañaba el peso pequeño del engranaje contra el pecho.
Llevaba casi dos semanas guardado en los depósitos más profundos de la Cámara, bajo un sello que ni el Cónclave entero se atrevía a romper sin acuerdo unánime, y su ausencia le dejaba una sensación extraña,
como la de un hombre que ha perdido un diente y no deja de pasar la lengua por el hueco vacío.
—Extrañáis su calor —dijo el anciano, sentándose a su lado con la lentitud propia de sus muchos años—. Es comprensible. Lo cargasteis media vida sin saberlo, y ahora que sabéis lo que es, el silencio pesa distinto.
—Mi abuelo lo cargó cuarenta años sin que nadie más lo supiera —respondió Mateo, con la mirada fija en la piedra tallada con símbolos que apenas empezaba a reconocer—. Yo llevo apenas unas semanas y ya no sé estar sin él.
—Entonces empezáis a comprender el verdadero peso de vuestra familia —dijo el anciano—. No es el metal lo que pesa, Mateo Gámez. Es la responsabilidad de saber que existe, y no poder tocarlo.
Se quedaron en silencio un largo rato, el viento tibio de la tarde atlana meciendo las hojas anchas de los árboles que rodeaban la tumba, y Mateo pensó que, por primera vez desde que zarpó de Sevilla, no tenía prisa alguna por llegar a ninguna otra parte.