El Testigo de Sevilla Y El Mar De Las Tinieblas CAPÍTULO XI La Profanación de la Isla #3
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CAPÍTULO XI La Profanación de la Isla #3

La carta, como tantas otras curiosidades del confín del mundo cristiano, habría terminado archivada y olvidada entre miles de documentos similares, de no ser porque llegó a las manos de un Papa que, aquel mismo año, buscaba desesperadamente cualquier señal, por remota que fuera,

de un milagro capaz de reforzar la autoridad tambaleante de una Iglesia sacudida por décadas enteras de escándalos, asesinatos y sucesiones violentas en el propio trono de San Pedro.

—Un pueblo entero destruido por la ira divina, dicen, en las tierras más remotas del norte —leyó el Papa en voz alta ante su curia más cercana, con un interés que sus consejeros no le habían visto en meses—.

Y en el centro de sus ruinas, según cuenta este mercader, una reliquia que ningún hombre se ha atrevido a tocar desde entonces.

Si el relato es siquiera parcialmente cierto, hermanos, podríamos estar ante la prueba física del poder de Dios contra la herejía pagana que sus dioses e ídolos aún inspiran entre esas gentes.

Envió, apenas semanas después, una comitiva reducida pero bien armada: media docena de soldados curtidos en las guerras del emperador, y tres monjes jóvenes, elegidos tanto por su fe inquebrantable como por su resistencia física, con instrucciones precisas de localizar el pueblo maldito,

recuperar cualquier reliquia que encontraran, y regresar antes de que el invierno cerrara los pasos de montaña.

El viaje les tomó meses. Cruzaron reinos enteros, atravesaron bosques que ningún mapa romano describía con precisión, y finalmente, guiados por los relatos cada vez más vagos y contradictorios de los pueblos que iban encontrando en el camino, llegaron a los límites del Bosque de Hielo,

donde ni siquiera los cazadores locales más experimentados se atrevían a acompañarlos más allá del linde de los árboles.

—Este lugar no quiere que lo encontremos —murmuró uno de los soldados, persignándose ante el frío antinatural que parecía intensificarse a cada paso que daban hacia el interior del bosque, a pesar de que el sol de mediodía brillaba con fuerza sobre las copas de los árboles.

Tardaron tres días enteros en atravesar la espesura, y cuando finalmente los árboles se abrieron ante ellos, descubrieron los restos de la aldea de Ragnvald tal como el tiempo y el musgo los habían dejado: los cimientos ennegrecidos de las chozas,

apenas visibles bajo capas de vegetación que ningún fuego había logrado erradicar del todo, un silencio tan absoluto que ni un solo pájaro cantaba entre las ramas circundantes.

En el centro exacto de lo que alguna vez había sido la plaza de la aldea, encontraron una choza que, contra toda lógica, había sobrevivido casi intacta al incendio que había arrasado el resto del poblado, como si el propio fuego hubiera decidido,

por alguna razón que ninguno de los monjes se atrevió a cuestionar en voz alta, respetar aquella única estructura.

En su interior, sobre un pedestal de piedra tosca que parecía haber sido construido con el único propósito de sostenerla, brillaba la piedra.

—Es hermosa —susurró el más joven de los tres monjes, acercándose con una reverencia que ninguno de sus superiores le había enseñado jamás en el monasterio, hipnotizado por el resplandor ámbar y cálido que parecía latir, lentísimo, en el centro mismo de la piedra—.

Nunca he visto una gema semejante, ni en los tesoros más ricos de Roma.

Ninguno de los presentes notó el detalle que, generaciones después, un muchacho de Sevilla y un Cónclave entero de sabios atlanos comprenderían con un horror absoluto: que la piedra, tras casi ochenta años abandonada en aquella choza sin nadie que la alimentara con energía alguna,

había quedado completamente inerte, agotada, incapaz ya de repetir la misma infección silenciosa que había arrasado la aldea entera generaciones atrás.

Dormida, pero no destruida. Esperando, sin saberlo siquiera ella misma, la próxima mano lo bastante ambiciosa como para despertarla de nuevo.

—Envolvedla con cuidado —ordenó el capitán de la comitiva, con la voz teñida de un respeto casi religioso—. El Santo Padre esperará esto como la prueba misma de un milagro. Ningún hombre de Roma ha visto nunca una piedra que brille sin llama que la alimente.

La envolvieron en un paño de terciopelo bendecido que los propios monjes habían traído consigo para tal propósito, y emprendieron el largo camino de regreso hacia Roma, convencidos de que llevaban consigo el hallazgo más extraordinario de sus vidas: un tesoro sagrado,

arrancado de las fauces mismas de un pueblo maldito, digno de descansar para siempre bajo la protección del Vicario de Cristo.

Ninguno de ellos, ni el capitán curtido en mil batallas, ni los tres monjes de fe inquebrantable, ni el propio Papa que los recibiría meses después con los brazos abiertos y el corazón henchido de gratitud divina, podía siquiera sospechar que acababan de completar, sin saberlo,

el mismo gesto exacto que había destruido a una aldea entera ochenta años atrás: entregar, con la mejor de las intenciones y la más pura de las fes, una mano humana dispuesta a tocar lo que jamás debió tocarse.