El Testigo de Sevilla Y El Mar De Las Tinieblas CAPÍTULO XI La Profanación de la Isla #2
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CAPÍTULO XI La Profanación de la Isla #2

Los pocos guerreros que todavía quedaban en pie comenzaron a arrancar antorchas de las paredes del salón comunal, arrojándolas contra los cuerpos infectados que seguían avanzando incluso con miembros enteros seccionados, y el fuego, a diferencia del hierro, sí pareció hacer mella:

los cuerpos ardían con un resplandor extraño, casi químico, que despedía un calor tan intenso que obligaba a los defensores a retroceder incluso mientras ganaban terreno.

Pero por cada infectado que caía envuelto en llamas, dos más emergían de las sombras entre las chozas ardientes, y la aldea entera, que apenas una semana atrás celebraba el regreso triunfal de su hijo más ambicioso,

se convirtió en un campo de batalla donde ya nadie lograba distinguir entre el humo del incendio y el humo de los propios cuerpos consumiéndose.

Ragnvald luchó como jamás había luchado en su corta vida, más por la vergüenza y la culpa que le corroían el pecho que por cualquier esperanza real de sobrevivir.

Vio caer a Halfdan bajo el peso de tres infectados a la vez.

Vio a su propia madre, todavía humana, todavía aterrada, morir protegiendo la puerta del salón comunal para que un puñado más de niños lograra escabullirse hacia el bosque.

Vio, con un dolor que ninguna herida de guerra podría nunca igualar, que el propio cuerpo de su padre, el hombre que lo había abrazado con orgullo apenas días atrás, se alzaba de nuevo entre las llamas, quemado hasta quedar irreconocible,

y seguía avanzando hacia él con los brazos extendidos como si todavía pudiera, en algún rincón imposible de aquel cascarón vacío, reconocer a su propio hijo.

Ragnvald no dudó. Hundió su hacha en el pecho de aquella cosa que ya no era su padre, y cuando el cuerpo por fin cayó, inerte, con la luz ámbar apagándose lentamente entre las costillas expuestas, algo se rompió dentro de él que ninguna canción de guerreros lograría jamás recomponer.

Reunió a los últimos supervivientes —una decena escasa de niños, dos mujeres heridas, un anciano que apenas podía sostenerse en pie— y los condujo hacia el único paso estrecho entre dos peñascos que separaba la aldea en llamas del camino hacia el bosque, el único punto donde un solo hombre,

si estaba dispuesto a pagar el precio completo, podía contener a una docena de enemigos el tiempo suficiente para que los demás escaparan.

—Corred —les dijo a los niños, con una calma que no sentía en absoluto, empujando al último de ellos hacia la oscuridad protectora de los árboles—. Corred y no os detengáis, pase lo que pase detrás de vosotros. No miréis atrás.

Se plantó solo en el paso estrecho, con el hacha ensangrentada en una mano y un escudo astillado en la otra, mientras la primera oleada de infectados emergía del resplandor anaranjado de la aldea ardiendo a su espalda.

Luchó como luchan los hombres que ya no tienen nada que perder salvo el tiempo que pueden comprarle a los que aman: sin táctica, sin cálculo, solo con la furia pura de un cuerpo que se niega a ceder terreno.

Derribó al primero con un tajo que le abrió el vientre de lado a lado.

Al segundo lo empujó contra la pared de roca con el propio peso de su escudo, aplastándole el cráneo contra la piedra una y otra vez hasta que el brillo ámbar de sus ojos se apagó del todo.

Perdió el hacha clavada en el pecho de un tercero, y siguió luchando con las manos desnudas, con los dientes, con cada fibra de un cuerpo que ya sangraba por una docena de heridas que ningún hombre debería sobrevivir.

Cuando el último infectado del grupo cayó finalmente, con el cuello quebrado entre los brazos de Ragnvald, el propio Ormsson ya no tenía fuerzas para sostenerse en pie.

Se derrumbó contra la roca fría del desfiladero, con la respiración convertida en un silbido húmedo que anunciaba, con la misma claridad que cualquier oráculo, que sus propias heridas no le permitirían ver otro amanecer.

Fueron los niños, desobedeciendo su última orden, quienes regresaron a buscarlo.

Lo encontraron apoyado contra la roca, con la sangre empapándole hasta el último palmo de ropa, y dos de los más pequeños, hijos de vecinos que ya no vivían para reclamarlos,

intentaron levantarlo entre ambos con la fuerza desesperada y torpe de quien todavía no comprende plenamente la magnitud de la muerte.

Ragnvald, con lo poco que le quedaba de voz, los detuvo con un gesto suave de la mano.

—Dejadlo —susurró, con una sonrisa que le costó más esfuerzo que cualquier golpe de hacha de toda la noche—. Ya no hace falta.

Los miró entonces, uno por uno, buscando en sus ojos infantiles, todavía llenos de lágrimas y de terror, la única prueba que en verdad le importaba antes de morir: el brillo.

La chispa viva, indefinible, que ninguna máscara perfecta lograba nunca imitar del todo.

Y la encontró, intacta, en cada uno de los rostros que lo rodeaban.

Limpios. Todos ellos, limpios.

—Contad mi historia —logró decir, con la voz reducida ya a poco más que un aliento—. Contad que Ragnvald Ormsson trajo la maldición a nuestro hogar con sus propias manos... y que la pagó también con sus propias manos, hasta el final.

Cerró los ojos con el mismo orgullo silencioso de un guerrero que sabe, sin necesitar que ningún dios se lo confirme, que las puertas del Valhalla ya se abren para recibirlo, no por la gloria vacía que había ido a buscar a Draugøy, sino por la sangre derramada en aquel último y estrecho desfiladero,

defendiendo lo único que en verdad merecía ser defendido.

Entre los niños que sobrevivieron aquella noche, uno de ellos, un sobrino pequeño nacido de uno de sus hermanos mayores —esos mismos hermanos prudentes con los que su padre tanto lo había comparado en vida—,

crecería escuchando de labios de los pocos supervivientes la historia completa del clan Ormsson, y llevaría consigo, sin saberlo jamás por completo, la sangre y el nombre que cuatro generaciones después terminaría por desembocar en un guerrero llamado Halvar.

Pero aquella noche, bajo las estrellas heladas del norte, ningún superviviente pensaba todavía en el futuro.

Solo lloraban, en silencio, la muerte del último de los Ormsson que la aldea recordaría en ningún momento con ese nombre entero, sin fisuras, sin mancha.

Apenas un puñado de supervivientes logró escapar aquella noche, huyendo tierra adentro sin mirar atrás, dejando que el bosque cerrara sus ramas sobre las ruinas humeantes de lo que había sido su hogar durante generaciones.

Con el paso de los años, aquel bosque —que los pueblos vecinos comenzaron a llamar el Bosque de Hielo, por el frío antinatural que parecía emanar de su interior incluso en pleno verano— tragó por completo los restos de la aldea,

hasta que ni los cimientos de las chozas más resistentes quedaron visibles bajo la maleza y la escarcha perpetua.

La historia que sobrevivió no fue la de Ragnvald el ambicioso, ni la de la piedra robada de Draugøy.

Fue, en cambio, la leyenda mucho más simple y mucho más manejable de un pueblo maldito, condenado por dioses ofendidos, cuyas ruinas ningún hombre sensato debía jamás volver a pisar.

Generación tras generación, los padres advirtieron a sus hijos sobre el Bosque de Hielo con la misma seriedad con que advertían sobre Draugøy, sin que ninguno de ellos llegara nunca a comprender que ambos lugares, el prohibido de siempre y el nuevo, guardaban en realidad la misma exacta advertencia.

Roma, año 980 aproximado

El mito tardó casi ocho décadas en cruzar todo el continente, deformándose con cada frontera, con cada lengua distinta que lo repetía, hasta llegar, ya casi irreconocible, a oídos de un mercader lombardo que lo relató, entre copas de vino, a un monje benedictino de paso por su posada, quien,

a su vez, movido por una curiosidad que su propia orden consideraba una virtud, lo consignó por escrito en una carta dirigida a sus superiores en Roma.