El Testigo de Sevilla Y El Mar De Las Tinieblas CAPÍTULO XI La Profanación de la Isla
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CAPÍTULO XI La Profanación de la Isla

Costas del norte, año 906 aproximado, cuatro generaciones antes del nacimiento de Halvar.

Ragnvald Ormsson no creía en los dioses del mar, ni en los muertos que no descansan, ni en ninguna de las historias que los ancianos de su aldea repetían junto al fuego para asustar a los niños y disuadir a los hombres jóvenes de cualquier ambición que se extendiera más allá de la pesca y la

siembra de cebada.

Creía, en cambio, en el oro, en la gloria de los relatos que se cantaban durante generaciones sobre los guerreros que se atrevían a lo que otros no, y en la certeza absoluta, propia de la juventud y la soberbia a partes iguales,

de que las maldiciones eran cosas que les ocurrían a los hombres débiles, nunca a los que se creían destinados a algo más grande.

Había escuchado hablar de Draugøy desde que tenía memoria: la isla prohibida, envuelta en una niebla que jamás se disipaba del todo, donde los pescadores más viejos juraban haber visto cuerpos humanos atrapados bajo el hielo,

congelados en el instante exacto de morir de un terror que ningún relato lograba nombrar por completo.

La aldea entera la evitaba con la misma devoción silenciosa con que evitaba hablar mal de los muertos, y durante generaciones, aquella devoción había bastado para mantener a Draugøy exactamente como estaba: intacta, silenciosa, olvidada.

Pero Ragnvald tenía veintidós inviernos, un padre que no dejaba de compararlo con hermanos mayores más prudentes y menos ambiciosos, y la absoluta certeza de que un hombre que regresara de Draugøy con las manos llenas de un tesoro que ningún otro guerrero se había atrevido a buscar nunca,

sería recordado en los cantos de su pueblo durante siglos.

Partió una madrugada de niebla especialmente densa, sin decírselo a nadie, remando solo en un pequeño esquife hacia el norte, guiado únicamente por las historias medio inventadas de los pescadores más viejos y por su propia terquedad.

El viaje le tomó dos días enteros de remo constante, y cuando finalmente la isla emergió ante él entre la bruma —un peñasco negro y estéril, coronado de hielo que jamás se derretía ni en el verano más cálido, sin un solo pájaro sobrevolando su costa,

sin un solo sonido más allá del propio chapoteo de sus remos—, sintió, por primera vez desde que había zarpado, una punzada de duda que se apresuró a aplastar bajo el peso de su propio orgullo.

Encalló el esquife en una playa de guijarros negros y ascendió por un sendero de roca volcánica hacia el interior de la isla, donde el hielo se abría en formaciones extrañas, casi arquitectónicas, que ningún proceso natural que Ragnvald conociera podría haber esculpido nunca.

Fue entonces cuando los vio: los cuerpos.

Docenas de ellos, quizás más, atrapados bajo capas de hielo tan translúcido que parecía vidrio pulido, con los rasgos congelados en una quietud perfecta y antinatural, ni descompuestos ni preservados como cadáveres normales, sino transformados en algo que ya no era por completo carne.

Sus ojos, allí donde el hielo permitía distinguirlos, estaban abiertos, vacíos, de un color imposible que no correspondía a ningún iris humano que Ragnvald hubiera visto jamás.

El miedo que sintió entonces fue el primero genuino de toda su vida, y aun así, en el centro exacto de aquel campo de cuerpos cristalizados, algo brillaba con una luz propia, mate y cálida, que atravesaba el hielo circundante como si la propia oscuridad de la isla no tuviera poder alguno sobre ella.

Ragnvald se acercó, con el corazón golpeándole el pecho con la misma violencia con que golpearía en su primera batalla real, y encontró, medio hundida en el hielo, una piedra de un tamaño no mayor que su puño, de un color que oscilaba entre el ámbar y el fuego apagado,

pulsando con un latido lentísimo que parecía, absurdamente, respirar.

No lo dudó. Con el mango de su hacha, quebró el hielo que la aprisionaba, y la sostuvo entre sus manos desnudas por primera vez.

Estaba tibia. Viva, en cierto sentido que Ragnvald no tenía palabras para describir. Y cuando la guardó dentro de su morral y emprendió el camino de regreso hacia su esquife, ninguno de los cuerpos cristalizados que dejaba atrás pareció, en apariencia, reaccionar en absoluto ante el despojo.

Se equivocaba.

Regresó a su aldea como un héroe, tal como había soñado durante toda la travesía de vuelta.

Su padre, que hasta entonces solo había conocido cómo reprenderlo, lo abrazó con una mezcla de alivio y un orgullo que Ragnvald nunca había visto en sus ojos.

La aldea entera se congregó alrededor de la piedra brillante que sostenía en alto, maravillados ante su luz cálida, ante el calor imposible que emanaba incluso en las noches más frías del invierno nórdico.

La llamaron un regalo de los dioses, una prueba de que Ragnvald Ormsson estaba destinado a un futuro que ningún otro hombre de su aldea podría jamás igualar.

Durante los primeros días, nada pareció fuera de lugar.

Fue el propio padre de Ragnvald, el primero en tocarla con las manos desnudas durante una noche entera de celebración, insistiendo en sostenerla él mismo mientras el resto de la aldea bebía y cantaba en honor a su hijo, quien empezó a cambiar primero, tan gradualmente que nadie,

ni siquiera el propio Ragnvald, que lo veía cada día, logró notarlo a tiempo.

Al principio fueron solo silencios. El padre de Ragnvald, un hombre bullicioso y de risa fácil toda su vida, comenzó a pasar horas enteras sentado junto al fuego sin decir palabra, con la mirada fija en algún punto que nadie más podía ver.

Después llegaron los pequeños olvidos: el nombre de un nieto, la ubicación de una herramienta que había usado toda su vida, el rostro de su propia esposa, a quien de pronto miraba como si fuera una extraña.

Y finalmente, en la tercera semana, llegaron los ojos.

Fue una de las hijas más jóvenes de la aldea quien lo notó primero, y quien lo pagó con su vida por haberlo dicho en voz alta: que los ojos del padre de Ragnvald ya no tenían brillo. Que lo miraban a uno sin verlo del todo, como si detrás de esas cuencas ya no quedara nadie a quien reconocer.

Aquella misma noche, el padre de Ragnvald mató a la niña mientras dormía, con una fuerza y una precisión que ningún hombre de su edad debería haber poseído en ningún momento, y cuando los vecinos, alertados por los gritos, irrumpieron en la choza para detenerlo,

descubrieron con un horror que ninguno de ellos lograría jamás describir por completo, que las heridas que le habían infligido con sus propias hachas no sangraban como debía sangrar la carne humana.

Bajo la piel rasgada, algo brillaba con la misma luz ámbar y cálida que la piedra que Ragnvald había robado de Draugøy.

Antes de que nadie lograra reaccionar del todo, el padre de Ragnvald se levantó de nuevo, indiferente a las heridas que deberían haberlo matado, y escapó hacia la oscuridad del bosque cercano, dejando tras de sí solo el eco de sus propios pasos.

El pánico que siguió no fue el de una aldea defendiéndose de un solo enemigo, sino el de un pueblo entero descubriendo, demasiado tarde, que ya no podían confiar en la mitad de sus propios vecinos.

Durante los primeros días, la paranoia se extendió más rápido que la propia infección.

Un pescador acusó a su cuñado de tener la mirada "vacía como el hielo de Draugøy" durante una discusión por una red de pesca, y aunque el hombre acusado resultó ser completamente humano, la aldea entera lo apedreó antes de que nadie se detuviera a comprobarlo.

Una anciana, respetada durante décadas como curandera, fue quemada viva en su propia choza por dos vecinos que juraron haberla visto "sonreír sin motivo alguno" —un gesto que, en su terror, ya no lograban distinguir de la locura o de algo mucho peor.

Familias enteras dejaron de dormir bajo el mismo techo que sus propios hijos, temerosas de que la marca ya hubiera llegado hasta ellos sin que nadie lo notara.

Para cuando los primeros infectados verdaderos comenzaron a revelarse —silenciosos, precisos, imposiblemente fuertes—, la aldea ya se había desangrado un poco a sí misma, incapaz de distinguir entre el enemigo real y el fantasma que su propio miedo había fabricado.

Fue el padre de Ragnvald quien atacó primero, en la quietud helada de la madrugada, y lo hizo con una eficiencia que ningún guerrero de la aldea, por curtido que fuera en refriegas con tribus vecinas, había presenciado nunca.

No gritó. No blandió su hacha con la furia habitual de un hombre en combate.

Se movió entre las chozas con la calma metódica de quien ya no sentía nada, quebrando cuellos con las manos desnudas, atravesando cuerpos con la misma indiferencia con que un leñador parte troncos,

hasta que los gritos de los primeros muertos despertaron al resto de la aldea y convirtieron la masacre silenciosa en una batalla campal.

Los hombres de la aldea, guerreros criados desde la niñez para la guerra, no se dejaron matar sin luchar.

Formaron un muro de escudos improvisado frente al gran salón comunal, donde las mujeres apresuraban a los niños hacia el interior, y enfrentaron a sus propios vecinos infectados con hachas,

lanzas y la desesperación fría de quien ya no sabe si el hombre que tiene delante es un enemigo o un hermano recién perdido.

Un guerrero llamado Halfdan, famoso en toda la región por haber derribado él solo a tres hombres en una disputa de fronteras dos veranos atrás, logró abrir el cráneo de un infectado de un solo hachazo, solo para ver, con un horror que le heló la sangre más que cualquier herida,

cómo el cuerpo seguía avanzando dos pasos más antes de derrumbarse, con algo brillante y ámbar todavía pulsando débilmente entre los restos de materia gris que ya no sangraba como debía sangrar la carne.

—¡Al fuego! —bramó Ragnvald, comprendiendo con una claridad brutal, nacida del terror puro, algo que ningún otro superviviente había logrado articular todavía—. ¡No caen con el hierro! ¡Quemadlos!