El Testigo de Sevilla Y El Mar De Las Tinieblas EPÍLOGO #2
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EPÍLOGO #2

Sobre la tumba vecina, la inscripción que el Cónclave había ordenado grabar en la cripta de Aelión, en la lengua ceremonial de Atlán y también, por petición expresa de Mateo, en un castellano cuidadosamente tallado,

rezaba con una sencillez que contrastaba de manera deliberada con la magnificencia del monumento entero: Aelión, hijo de Atlán, que cruzó el mismo océano por convicción, y que, al hacerlo, salvó dos mundos que nunca debieron necesitar salvarse el uno del otro.

Quedaron así, dos tumbas, dos hombres solitarios que habían cruzado el mismo océano de las tinieblas movidos únicamente por la fuerza de sus propias convicciones, sin ejército que los respaldara ni gloria que los esperara al otro lado, y que, cada uno a su manera,

habían terminado por cambiar el destino del mundo entero para siempre.

En el mismo acto ceremonial en que el Cónclave selló formalmente la cripta de Aelión, Mateo se adelantó una última vez ante los doce miembros reunidos,

con el báculo y el engranaje central —recuperados entre los escombros de la cámara derrumbada antes de que él y los demás escaparan de Roma— sostenidos con ambas manos ante sí.

—Esto ya no me pertenece —dijo, depositando ambos objetos sobre un pedestal ceremonial dispuesto ante el propio Cónclave—.

Lo cargué durante doce años sin comprender por completo su naturaleza, y durante los últimos meses comprendí más de lo que jamás quise saber sobre el precio que ese conocimiento exige.

Sois vosotros, herederos legítimos de la ciencia que los Arquitectos legaron a este mundo, quienes debéis decidir su destino final: si merece custodiarse bajo el más estricto secreto, como hizo mi propia familia durante generaciones, o si merece ser destruido para siempre, de modo que ningún hombre,

en ningún rincón del mundo, vuelva en ningún momento a sentir la tentación de despertar algo que debería permanecer dormido para siempre.

El anciano del Cónclave, recibiendo ambos objetos con una solemnidad que igualaba la del propio Mateo, asintió despacio.

—El Cónclave deliberará con el cuidado que un objeto de esta naturaleza exige —dijo—.

Pero quiero que sepáis, Mateo Gámez, que cualquiera que sea nuestra decisión final, este pueblo entero os debe ya una deuda que ningún objeto entregado podría jamás saldar del todo.

Vinisteis a nuestras costas como un fugitivo asustado, y os marcháis de esta cámara como el hombre que salvó, sin saberlo plenamente cuando emprendió su propio viaje, tanto al Viejo Mundo como al Nuevo.

Fue allí, de pie ante ambas tumbas, donde Mateo comprendió por fin algo que llevaba años enteros sin atreverse a preguntarse: por qué su abuelo había decidido, aquella última noche, desaparecer sin una sola palabra de despedida.

Ahora, con todo lo que había llegado a saber —de la Orden, de sus métodos, de la paciencia fría con que cazaban durante años antes de dar el golpe final—, reconocía con una claridad que de niño nunca habría alcanzado: Luis no había huido por miedo a morir.

Había huido porque, una noche cualquiera de aquel invierno, reconoció frente al taller la misma clase de sombra silenciosa que años después estaría a punto de acorralar a su propio nieto en los tejados de Triana.

Proteger el secreto ya no bastaba. Había que proteger, sobre todo, al niño que dormía al otro lado de esa puerta.

Con el deber cumplido, Mateo caminó una última vez, aquella misma tarde, hasta las dos tumbas que descansaban una junto a la otra bajo el cielo despejado de Atlán, observando en silencio el resultado final de una historia que había tardado cuatrocientos años enteros en llegar a su conclusión.

Sabía, con una certeza tranquila que no había sentido en ningún otro momento de toda su vida, que las reliquias que había cargado durante tanto tiempo ya no eran su responsabilidad.

El báculo, el engranaje, la propia Piedra Angular hecha añicos bajo las ruinas de una Roma que apenas empezaba a reconstruirse, todo aquello pertenecía ya a un capítulo cerrado, a una historia que otros custodiarían de ahora en adelante,

con la misma paciencia y el mismo cuidado que su propia familia había empleado durante generaciones enteras.

Lo único que apretaba todavía bajo el brazo, con la misma devoción con que lo había protegido durante toda su vida, era el diario de piel de buey, sus páginas ya gastadas por generaciones de reentintado, cargando en cada trazo desvaído la memoria completa de Halvar,

de cada Gámez que lo había precedido, y ahora, también, la propia memoria de un atlano que había cruzado el océano por primera vez en toda una vida para salvar a un mundo que apenas conocía.

Con la amenaza del Papa Borgia destruida para siempre, con la Orden Iscariote disuelta por orden expresa de un nuevo Papa que jamás había buscado semejante honor, y con la cacería milenaria contra su propia sangre extinguida al fin después de cuatrocientos años de terror silencioso,

Mateo comprendió que ya no tenía necesidad alguna de seguir viviendo en las sombras.

Abrió el diario por su última página en blanco, y con la misma tinta que había mezclado con su propia sangre para salvar al mundo entero, escribió las primeras palabras de un capítulo completamente nuevo, uno que ningún Gámez anterior a él había tenido nunca la libertad de escribir,

no un capítulo de huida, ni de miedo, ni de secretos guardados a costa de la propia vida, sino el primero de muchos capítulos por venir, dedicados a describir las maravillas, los mapas y las historias de un Nuevo Mundo que apenas empezaba a revelarse ante sus propios ojos.

Y bajo el cielo despejado de Atlán, con las dos tumbas de los únicos dos hombres que habían cruzado aquel océano por pura fe descansando en paz a su espalda, Mateo Gámez, por primera vez en toda su vida, se sintió, sencillamente, en paz.