El Testigo de Sevilla Y El Mar De Las Tinieblas CAPÍTULO X Las Tablillas del Mar de Hielo y el Primer Sacrificio #2
40%

CAPÍTULO X Las Tablillas del Mar de Hielo y el Primer Sacrificio #2

que regresaron a sus propios hogares aquella noche sin notar en sí mismos cambio alguno, mientras algo mucho más antiguo que su propia voluntad empezaba a reconstruirse, célula a célula, tras sus ojos todavía humanos en apariencia.

Ninguno de ellos comprendió jamás que había dejado de ser, en el sentido más profundo de la palabra, la misma persona que había entrado a trabajar aquella mañana.

Para cuando los primeros signos resultaron innegables —vecinos que ya no parpadeaban con la frecuencia debida, silencios antinaturales donde antes hubo calidez humana genuina, la misma clase de sustitución silenciosa que, siglos después,

atormentaría a un puñado de fugitivos en un continente todavía por descubrir—, la propia infiltración llevaba ya demasiado tiempo extendiéndose por las ciudades del reino como para que ningún esfuerzo, por desesperado que fuera, lograra contenerla del todo.

Familias enteras dejaron de reconocerse entre sí.

Consejos de gobierno completos se descubrieron, demasiado tarde, compuestos ya en su mayoría por réplicas que habían sustituido a sus miembros originales sin que ningún protocolo de seguridad lograra detectarlo a tiempo.

Y con cada nueva sustitución, la propia red silenciosa que las unía a todas crecía un poco más, extendiéndose por el reino entero como una raíz venenosa que ya no conocía límite alguno de contención.

Fue en aquellos últimos meses de un mundo que ya se sabía condenado cuando un puñado reducido de sabios y artesanos, conscientes de que ninguna solución inmediata bastaría ya para salvar a su propio pueblo, tomaron sobre sí la última tarea que consideraron todavía posible,

no la salvación de su reino, ya perdida sin remedio, sino la salvación de la advertencia misma, para que algún pueblo futuro, en algún rincón del mundo que todavía no conocía el peligro que se avecinaba, tuviera al menos la oportunidad que a ellos ya se les había negado.

La más joven de aquel grupo, una artesana apenas mayor de lo que Mateo lo sería siglos después, discutió una noche con el más anciano de sus compañeros sobre el sentido mismo de aquel esfuerzo,

mientras las propias paredes del taller temblaban ya con la inestabilidad creciente de una ciudad al borde del colapso.

—¿De qué sirve grabar advertencias para un pueblo que quizás nunca llegue a encontrarlas?

—preguntó, con las manos todavía manchadas del propio metal ceniciento que llevaban semanas enteras trabajando—.

Podríamos emplear estas últimas horas en despedirnos de los nuestros, en lugar de grabar mensajes para desconocidos que tal vez nunca existan.

El anciano, sin apartar la vista del trazo que grababa con manos ya temblorosas por la edad y por el propio peso de cuanto sabía, respondió con una calma que no admitía réplica.

—Precisamente porque quizás jamás lleguen a encontrarlas es que debemos intentarlo de todas formas —dijo—.

Un mensaje sin remitente ni destinatario seguro no es un acto de esperanza ingenua, hija mía.

Es el único acto de fe verdadera que nos queda, la fe en que, en algún momento del tiempo que nosotros ya no veremos, alguien capaz de comprender sabrá qué hacer con lo que dejamos.

Si no lo intentamos, condenamos no solo a nuestro propio pueblo, sino a cualquier otro que pudiera enfrentar, generaciones después, el mismo error que nosotros cometimos.

Trabajaron sin descanso, en talleres que temblaban ya con la misma inestabilidad que sacudía las calles enteras de sus ciudades, grabando sobre placas de un metal ceniciento capaz de sobrevivir cualquier naufragio, cualquier siglo de abandono bajo el agua,

cada fragmento de conocimiento que consideraron esencial legar, la naturaleza exacta del enemigo, la única debilidad conocida contra las réplicas ya corrompidas, y el propio protocolo del Fulgor Sagrado que los Arquitectos habían empleado, generaciones incontables atrás,

para sofocar una amenaza idéntica a un precio que ningún pueblo debería en ningún momento tener que volver a pagar.

Sabían, cada uno de ellos, que no vivirían para presenciar si su legado llegaría jamás a manos que supieran interpretarlo.

Y, sin embargo, siguieron grabando, placa tras placa, hasta el último instante que sus propias ciudades les permitieron, ofreciendo con aquel trabajo silencioso el primer sacrificio genuino de una guerra que se libraría, generación tras generación,

durante milenios enteros después de que sus propios nombres se perdieran para siempre en el olvido.

Tres flotas zarparon de aquel continente condenado en los días finales antes del cataclismo, cada una cargando cuanto sus bodegas podían sostener de la sabiduría, la tecnología y la simple esperanza de un pueblo que se sabía ya perdido.

La primera de ellas, guiada por navegantes que habían estudiado durante años las corrientes más favorables del océano entero, alcanzó finalmente una costa lejana donde sus supervivientes, con la misma determinación silenciosa con que sus ancestros habían levantado cada ciudad de su reino original,

empezaron a construir de nuevo, generación tras generación, hasta que sus descendientes llegaron a llamar a aquel nuevo hogar simplemente Atlán.

La tercera flota no tuvo la misma fortuna.

Sus naves, dispersas por una tormenta que ningún navegante logró nunca anticipar plenamente, naufragaron en aguas que la propia historia humana olvidaría durante milenios enteros, sus restos hundiéndose lentamente hacia el fondo del océano junto con los mapas y registros que llevaban consigo.

Y, pese a ello, incluso en su propia destrucción, aquella flota perdida legaría, generaciones incontables después, un último eco de su existencia, fragmentos de sus mapas originales, recuperados por manos que jamás sabrían de dónde procedían en realidad,

terminarían circulando entre mercaderes otomanos y venecianos hasta llegar, tres mil años después de su naufragio, a las manos ansiosas de un marino genovés convencido de que aquel mapa lo conduciría hacia las Indias.

De la segunda flota, de todos modos, ningún registro posterior conservaría nunca rastro alguno.

Ni ruina, ni naufragio confirmado, ni superviviente que llegara jamás a contar su destino final.