El Testigo de Sevilla Y El Mar De Las Tinieblas CAPÍTULO X Las Tablillas del Mar de Hielo y el Primer Sacrificio
39%

CAPÍTULO X Las Tablillas del Mar de Hielo y el Primer Sacrificio

Muchos siglos antes de que Mateo naciera, en un continente que el tiempo y el propio océano borrarían de la memoria de casi todos los pueblos de la tierra.

Ningún relato humano posterior, ni siquiera el que un filósofo griego llegaría a transmitir generaciones enteras después bajo el nombre de una isla perdida, lograría capturar jamás la magnitud real de aquel reino.

No era una isla, por vasta que la imaginación quisiera hacerla.

Era algo mucho más parecido a un continente propio, extendido sobre un territorio que ningún cartógrafo de la Segunda Humanidad necesitó nunca medir con precisión, porque sus fronteras se conocían simplemente como "hasta donde alcanza el mar en cada dirección".

Sus gentes no habían heredado el conocimiento de los Arquitectos en su totalidad —ninguna civilización nacida de carne y sangre podría jamás aspirar a igualar del todo a quienes los habían precedido—, pero habían llegado a dominar, con el esfuerzo paciente de generaciones de estudio,

una ingeniería que ningún otro pueblo de su época habría podido siquiera concebir.

Bastaba, como prueba última y terrible de aquel dominio, el propio final que ellos mismos se impondrían, ningún pueblo posterior, ni la humanidad entera que heredaría la tierra después de su caída, lograría nunca repetir la hazaña sombría de hundir un continente entero por voluntad propia.

Sus ciudades, dispuestas a lo largo de una costa que se extendía durante semanas enteras de navegación de un extremo a otro, combinaban una arquitectura de líneas curvas y metales pulidos —fruto del ingenio propio de sus artesanos, sin duda alguna con conocimiento ajeno o heredado,

ya que ningún pueblo de su época había tenido jamás contacto con nada semejante a lo que encontrarían más tarde— con una vida cotidiana que, en su esencia, no distaba tanto de la de cualquier otro pueblo mercante de su época, mercados que bullían de voces en una docena de lenguas distintas,

templos donde se rendía culto tanto al mar que los sostenía como a los propios antepasados que habían construido cada ciudad piedra a piedra, y una flota comercial que algunos de sus propios cronistas, con el orgullo desmedido tan propio de cualquier pueblo próspero,

llegaron a describir como capaz de tocar cada orilla habitada del mundo conocido.

Eran, ante todo, mercaderes. Sus flotas surcaban cada océano conocido, llevando y trayendo mercancías, ideas, lenguas, costumbres, con la misma facilidad con que un río lleva sedimento de una orilla a otra.

Y entre todos los pueblos con los que llegaron a comerciar, ninguno les resultó tan entrañable como las tribus nómadas que habitaban las arenas interminables de un desierto lejano, un pueblo disperso que apenas empezaba a asentarse, generación tras generación,

en las riberas fértiles de un río tan colosal que sus propios habitantes lo consideraban ya, en sí mismo, un dios viviente.

Fueron los propios navegantes de aquel reino perdido quienes enseñaron a las primeras tribus asentadas junto a aquel río gigante el arte de leer las estrellas, de aprovechar el viento,

de construir embarcaciones capaces de sostenerse sobre el agua con algo más de ambición que una simple balsa de juncos.

Y las crónicas más antiguas y discretas del propio reino —discretas porque ni siquiera sus autores originales consideraban prudente dejar constancia completa de cuanto compartían con pueblos ajenos— mencionaban, entre líneas que ningún historiador posterior llegaría nunca a leer,

cierta colaboración silenciosa en el transporte de bloques de piedra que ningún método conocido por aquellas tribus del desierto debería haber logrado mover con la facilidad con que, con todo, terminaron por moverlos.

Ningún cronista del reino se atrevió jamás a precisar hasta qué punto ayudaron a levantar aquellos monumentos triangulares que, generaciones después, seguirían desafiando la proporción humana bajo el sol implacable de aquel desierto,

tumbas de reyes que se creían a sí mismos hijos directos de sus propios dioses.

Bastaba con saber, para quien conservara memoria de aquello, que ningún pueblo alcanza solo y sin ayuda ciertas cumbres de su propia historia.

El Arca no fue un hallazgo repentino, ni una revelación instantánea que transformara de la noche a la mañana el destino de aquel reino.

Fue, por el contrario, el fruto de generaciones enteras de estudio paciente, meticuloso, casi devoto, que se extendió a lo largo de más de dos siglos completos desde el día en que unos exploradores del propio reino la encontraron, semienterrada y silenciosa,

en las profundidades de un valle remoto que ningún otro pueblo se había atrevido en ningún momento a explorar por completo.

Cada generación de sabios que se dedicó a su estudio legó a la siguiente un conocimiento apenas un poco más completo que el heredado, catalogando con una paciencia casi religiosa cada fragmento de su estructura, cada archivo que lograban descifrar de su memoria contenida,

cada pieza de una tecnología que trascendía por completo cuanto la propia Segunda Humanidad había logrado desarrollar por mérito propio.

Y con cada generación de estudio, el reino entero florecía un poco más, nuevas cosechas que ninguna sequía lograba ya marchitar, enfermedades que dejaron de cobrarse vidas con la crueldad de antaño,

ciudades enteras que se alzaban con una velocidad que ningún reino vecino lograba comprender ni mucho menos igualar.

Fue precisamente aquel florecimiento acelerado, aquella prosperidad que parecía no conocer límite alguno, lo que sembró en los sabios de las últimas generaciones una soberbia que sus propios ancestros, más cautelosos en sus primeros años de estudio, jamás se habrían permitido.

Porque el Arca misma, en su interior, conservaba un sistema propio de advertencias, grabado en un lenguaje que había tomado generaciones aprender a interpretar con precisión, una señal constante, repetida sin variación alguna en cada informe que el propio artefacto ofrecía a quienes lo estudiaban,

que señalaba un contenedor específico, sellado aparte de todos los demás, como un fallo estructural que era mejor no tocar nunca.

No una simple recomendación de prudencia, sino algo mucho más parecido a una súplica silenciosa, repetida con la misma insistencia con que un centinela agotado repite su advertencia a quien ya no quiere escucharla.

Dentro de aquel contenedor sellado dormía la Simiente, el único fragmento completo que había sobrevivido, de entre toda la tecnología biológica de los Arquitectos, al propio Fulgor Sagrado que sus creadores habían desatado sobre sí mismos generaciones incontables atrás.

Los sabios del reino, generación tras generación, conocían su existencia, respetaban la advertencia que la protegía, y se conformaban, durante siglos enteros, con estudiar cuanto el Arca permitía sin necesidad de profanar aquel único sello.

Pero la avaricia, comprendieron demasiado tarde, no conoce generación que la contenga para siempre.

Bastó una sola, entre tantas que habían resistido la tentación con disciplina admirable, para que la curiosidad se transformara en algo mucho más peligroso, el deseo ferviente de comprender, por fin y de una vez por todas,

cómo funcionaba en verdad aquel componente que su propia arca ancestral les suplicaba no tocar jamás.

Se cuenta, en los fragmentos más completos que las propias placas de memoria lograrían conservar generaciones después, que fue un sabio de nombre ya perdido para toda la posteridad quien primero se atrevió a romper el sello que sus ancestros habían respetado durante siglos enteros.

Había dedicado su vida entera, desde su más temprana juventud, al estudio de cada fragmento accesible del Arca, y había llegado a considerar, con la misma soberbia que corroería a tantos hombres brillantes a lo largo de la historia,

que ningún peligro advertido por una máquina milenaria podía superar ya la capacidad de comprensión que su propio pueblo había alcanzado tras dos siglos enteros de estudio ininterrumpido.

—Hemos descifrado su lenguaje entero —argumentó ante el consejo de sabios que gobernaba, en aquel entonces, el estudio del Arca—.

Hemos catalogado cada pieza de su memoria, cada archivo, cada fragmento de su historia.

¿Vamos a permitir que el miedo de nuestros ancestros, forjado en una época de comprensión mucho más limitada que la nuestra, nos impida completar la obra que ellos mismos empezaron?

Ningún consejo, por prudente que fuera, resistió para siempre aquel argumento repetido, generación tras generación, por sabios cada vez más convencidos de su propia capacidad.

Y así, poco a poco, con la misma lentitud paciente con que el agua erosiona la roca más dura, el sello que protegía la Simiente empezó a ceder, primero en pequeñas mediciones externas que no rompían del todo su contenedor, después en estudios cada vez más directos, hasta que finalmente,

en una fecha que ningún registro posterior lograría precisar con exactitud, alguien abrió por completo aquel contenedor sellado y sostuvo entre sus propias manos el fragmento más peligroso que su civilización entera había custodiado nunca.

La infiltración, cuando finalmente comenzó, no llegó con estruendo alguno que permitiera a nadie reaccionar a tiempo.

Llegó en silencio, como llega toda enfermedad verdaderamente letal, un instrumento de estudio mal sellado, una exposición que ningún sabio presente consideró, en su momento, motivo de alarma inmediata,

un protocolo de réplica que despertó de su letargo milenario sin que ni el más entrenado de los estudiosos del reino comprendiera por completo, hasta que ya fue demasiado tarde, la magnitud exacta de lo que acababan de desatar sobre su propio mundo.

Los primeros afectados fueron, según los pocos fragmentos que las placas de memoria lograrían preservar, los propios asistentes del laboratorio donde se había roto el sello, hombres y mujeres devotos a su oficio,