Arco III El Eco del Norte #3
con un alivio que le aflojó los hombros por primera vez en toda la tarde, como el principio silencioso de una tregua.
—Un testigo no se encierra, Tocanoa —dijo finalmente Balamek, devolviendo el diario a las manos de Mateo con el mismo cuidado con que lo había recibido—. Se escucha.
El engranaje, como si respondiera al mismísimo asombro de la sala, comenzó a vibrar con un calor súbito contra la palma de Mateo, y bajo la cúpula de cristal, el báculo pareció responder con un pulso de luz mate que recorrió toda su longitud,
como si dos criaturas dormidas durante siglos hubieran reconocido, por fin, el aliento familiar de la otra.
—¡Retirad esa cúpula! —ordenó el Tlatoani, con una urgencia que rompía por completo la serenidad que había definido cada una de sus palabras hasta entonces—. Que se acerquen el uno al otro. Necesito verlo con mis propios ojos antes de creerlo por completo.
Dos Heraldos se apresuraron a levantar la cúpula de cristal con manos temblorosas, y Mateo, guiado por un instinto que no necesitó ninguna orden para comprender, se acercó al pedestal y extendió el engranaje hacia el báculo expuesto.
En el instante exacto en que ambas piezas quedaron a apenas un palmo de distancia, un zumbido grave, idéntico al que Mateo llevaba semanas sintiendo en la propia carne durante las noches de niebla en alta mar, brotó de ambos objetos al mismo tiempo, y una hebra tenue de luz azulada, apenas visible,
saltó entre el engranaje y el báculo como un relámpago diminuto y silencioso.
Un nuevo clamor, todavía más intenso que el primero, sacudió a los doce sabios reunidos.
—Tlatoani —intervino Colón, con una voz que luchaba por sonar serena y fracasaba estrepitosamente, sus ojos disparados hacia Mateo con una mezcla de traición y pánico que ni siquiera intentaba disimular—, quizás sería prudente...
—Silencio, Almirante —lo interrumpió el Tlatoani, sin apartar la mirada del prodigio que tenía delante—. Con todo respeto que os debo, en este instante el destino de Atlán entera pesa más que cualquier secreto de vuestra travesía.
Mateo retiró el engranaje despacio, y en cuanto la distancia entre ambas piezas se restableció, el zumbido y la hebra de luz se apagaron igual de rápido que habían aparecido, dejando tras de sí un silencio nuevo, distinto,
cargado de una tensión que ninguna de las revelaciones anteriores de la tarde había logrado producir del todo.
—¿De dónde sacasteis eso, muchacho? —preguntó finalmente el anciano del Cónclave, con la voz todavía temblorosa—.
¿Cómo llegó a las manos de un simple amanuense de Sevilla una pieza que ni el Cónclave entero, con todo su conocimiento heredado del arca, ha logrado nunca replicar ni comprender por completo?
—Mi abuelo me lo entregó una noche de invierno, cuando yo apenas tenía diez años —respondió Mateo, con la voz firme a pesar del vértigo que le recorría el cuerpo entero—.
Me dijo que era una llave. Que algún día tendría que usarla para silenciar una piedra que los hombres del Papa habían despertado en Roma.
Nunca me habló de un báculo, Tlatoani. Juro por la memoria de mi propia madre que, hasta este mismo instante, yo no sabía que existía una segunda pieza.
El Tlatoani contempló a Mateo durante un largo instante, con esos ojos que habían presenciado, según sus propias palabras, la muerte serena de su abuelo apenas seis inviernos atrás, y algo en su rostro se suavizó, aunque la gravedad del descubrimiento seguía pesando sobre cada uno de sus gestos.
—Vuestro relato coincide, palabra por palabra, con lo poco que el propio Viejo de Mar llegó a confiarme en sus últimos días de vida —dijo el Tlatoani, con la mirada todavía fija en el engranaje y el báculo, ahora de nuevo separados sobre el pedestal—.
Pero ni vuestra familia, ni este Cónclave, ni los fragmentos más antiguos de nuestros propios registros, alcanzan a explicar el resto, por qué los hombres del Papa cazan a los gitanos desde hace cuatrocientos años,
qué buscaba en verdad esa Orden que Halvar mismo tuvo que enfrentar con sus propias manos, ni qué fuerza es capaz de hacer arder un metal a miles de leguas de distancia.
Esa historia, Mateo, ninguno de los presentes en esta sala la conoce completa.
Ni vos, ni yo, ni el más sabio de los doce.
El nombre de Halvar, aun así, ya había quedado suspendido en el aire de la Cámara de Representantes con un peso distinto al que había tenido apenas minutos antes, cuando Mateo lo pronunció por primera vez como un simple fragmento de leyenda familiar.
Con el engranaje todavía tibio en su palma y el báculo brillando débilmente bajo la luz de la sala, aquel nombre dejó de pertenecer al pasado incierto de una historia transmitida junto al fuego de Triana, y se convirtió en la puerta de entrada a una verdad que ningún Gámez,
en cuatro siglos enteros de sigilo y fidelidad, alcanzó jamás a presenciar con sus propios ojos, la noche, muy lejana ya en el tiempo, en que un niño travieso de las tierras heladas del norte se coló por primera vez en un templo que nunca debió profanar.