El Testigo de Sevilla Y El Mar De Las Tinieblas CAPÍTULO VIII El Arca Infectada y el Cierre de la Energía #3
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CAPÍTULO VIII El Arca Infectada y el Cierre de la Energía #3

Y así, Mateo, llegó el final de aquella Segunda Humanidad tal como el mundo la había conocido hasta entonces: una civilización joven y orgullosa que, en su afán insaciable de conocimiento, despertó algo que jamás debió despertar.

Fue el final del continente que los antiguos Arquitectos habían sembrado con tanto cuidado para que la vida volviera a florecer.

Fue el final de aquel primer hogar de los Atlantes, el nombre que la historia entera, mucho después de aquella noche de hundimiento, terminaría por reservar para siempre a las tierras que mis ancestros dejaron atrás bajo las aguas: la Atlántida.

Un silencio pesado, casi físico, se instaló sobre la Cámara de Representantes entera.

Mateo sintió que el corazón le latía con una violencia que ya no podía atribuir solamente al asombro del relato, sino a algo mucho más concreto, mucho más cercano, que empezaba a tomar forma en el fondo de su memoria con la insistencia de una marea que ya no podía contenerse.

—Tlatoani —dijo el anciano del Cónclave que había acompañado a Mateo hasta la tumba de su abuelo, hablando por primera vez desde que la reunión formal había comenzado, con una voz que llevaba implícita una advertencia que el propio Tlatoani pareció comprender de inmediato—.

Quizás sea el momento de contarles también lo otro.

El Tlatoani asintió, despacio, con el peso añadido de quien reconoce que ya no hay manera alguna de suavizar lo que queda por decir.

—Hay un dato más, Mateo, que nuestros registros más recientes han confirmado, para desgracia de todos nosotros, y que ningún Cónclave anterior al mío se atrevió en ningún momento a proclamar en voz tan alta como lo voy a hacer yo ahora.

No todos los infectados quedaron inertes bajo las aguas, tal como mis ancestros habían esperado.

En la desesperación absoluta de aquellos últimos días, mientras el continente entero se hundía bajo el peso de su propio sacrificio, un número indeterminado de replicantes cayó directamente al océano, en el instante mismo del colapso,

antes de que la energía que los sostenía terminara de apagarse del todo.

Nuestros propios sabios, generaciones después, dedicaron años enteros a intentar comprender cómo fue posible lo que sucedió a continuación, sin llegar jamás a una respuesta que satisficiera por completo ni siquiera al Cónclave más paciente.

Lo que sabemos, o creemos saber, es esto: privados para siempre de la Simiente y de cualquier otra fuente de energía artificial que pudiera sostener su naturaleza original, aquellos cuerpos no murieron como se esperaba que murieran.

El mismo diseño que los Arquitectos habían concebido para adaptarse a cualquier circunstancia, para sobrevivir a cualquier adversidad en nombre de una misión que ya hacía tiempo habían olvidado, encontró en las profundidades del abismo una salida que ningún atlante había previsto nunca.

Mutaron, Mateo. Se adaptaron a la única fuente de energía que el abismo todavía podía ofrecerles: la energía biológica misma de los seres vivos que encontraran a su paso.

Sus cuerpos, antaño perfectas imitaciones de la carne humana, se retorcieron durante generaciones enteras hasta convertirse en algo que ya no pertenecía del todo a ningún reino conocido, mitad recuerdo de lo que una vez fingieron ser, mitad depredador nacido de la más pura necesidad de sobrevivir.

Se convirtieron, con el paso de los siglos, en depredadores perfectos de las profundidades, sostenidos ya no por ninguna Simiente, sino por el simple y antiguo acto de devorar.

En ese instante, algo se quebró definitivamente dentro de Mateo.

Las imágenes regresaron de golpe, con una nitidez brutal que le arrancó el aire de los pulmones: la niebla densa de aquella noche en alta mar, el susurro sibilante que había arrastrado a Rodrigo hasta el borde mismo de la muerte, y, sobre todo, grabado a fuego detrás de sus párpados desde entonces,

aquel rostro sin ojos, aquella boca cosida de agujas que había emergido del mar de brea para clavar su chillido mudo directamente contra su cráneo.

Un rostro que, comprendió ahora con un horror que le heló hasta el último rincón del cuerpo, jamás había pertenecido a ninguna criatura mitológica de las que hablaban los viejos marineros en las tabernas de Cádiz.

—Las sirenas... —susurró Mateo, con la voz reducida a un hilo apenas audible, incapaz de contener por más tiempo la revelación que le desgarraba el pecho—.

Las criaturas que infectaron nuestros sueños y nos cazaban en el viaje...

eran ellos. —Alzó la mirada hacia el Tlatoani, con los ojos húmedos de un terror que ya no tenía nada de infantil ni de supersticioso—. Siguen vivos ahí abajo.

El Tlatoani sostuvo la mirada del muchacho durante un largo instante, con una tristeza antigua que confirmaba, sin necesidad de una sola palabra más, que Mateo había comprendido exactamente lo que debía comprender.

—Siguen vivos, Mateo Gámez —confirmó finalmente—. Y llevan siglos enteros esperando, en la oscuridad más profunda del mundo, cualquier señal de que la energía que una vez los alimentó ha vuelto a despertar en algún rincón de este planeta.

Cristóbal Colón, pálido como la propia piedra nacarada de los muelles de Atlán, dio un paso atrás, con la mano buscando instintivamente el respaldo de un asiento cercano para sostenerse.

Rodrigo el tuerto, que había sobrevivido aquella misma noche de niebla en la cubierta de la Santa María, se llevó una mano temblorosa al parche que cubría su ojo perdido, como si de pronto aquella cicatriz antigua le doliera de una manera completamente nueva.

Y Tomás Ruiz, el hombre que había estado dispuesto a quemar vivo a Mateo por creer que su cuaderno albergaba brujería pagana, se dejó caer de rodillas sobre el suelo nacarado de la Cámara, no ya en el terror ciego de la superstición,

sino en la comprensión desnuda y aterradora de que el verdadero monstruo que había amenazado su alma durante toda la travesía nunca había necesitado brujería alguna para ser real.