El Testigo de Sevilla Y El Mar De Las Tinieblas CAPÍTULO VIII El Arca Infectada y el Cierre de la Energía #2
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CAPÍTULO VIII El Arca Infectada y el Cierre de la Energía #2

Y en mitad de aquel fuego que ningún ser vivo podía sobrevivir, la nave, sellada y blindada según el mismo designio que la había concebido, resistió, y se sumió de inmediato en el más profundo de los silencios, aguardando.

Un silencio distinto, más profundo que ninguno de los anteriores, se apoderó de la Cámara de Representantes.

Rodrigo, con el sombrero ya olvidado sobre su regazo, se santiguó despacio, sin la urgencia supersticiosa de días anteriores, sino con algo que se parecía más al respeto genuino ante un duelo ajeno.

Tomás Ruiz murmuraba, con los labios apenas moviéndose, algo que sonaba menos a plegaria por su propia salvación y más a un responso improvisado por almas que jamás habían escuchado hablar de Cristo ni de ningún otro dios conocido.

—El mundo que el Fulgor Sagrado dejó atrás no era, Mateo, un mundo capaz de recibir vida alguna de inmediato —prosiguió el Tlatoani—.

Era un mundo herido, envenenado por su propia purificación, incapaz de sostener ni la hoja de hierba más humilde durante generaciones.

Por eso el arca había sido diseñada para esperar, y esperó, con la paciencia que solo una inteligencia sin prisa por vivir puede permitirse: vigilando en silencio, año tras año, siglo tras siglo, el lento renacer del aire y del agua, hasta que sus propios sentidos, por fin,

confirmaron que el mundo había sanado lo suficiente.

Solo entonces, tal como los Arquitectos habían diseñado con tanto cuidado, el arca despertó de su largo sueño y comenzó a cumplir su designio: cápsula tras cápsula, siguiendo el mapa silencioso que llevaba grabado en su propio corazón,

fue sembrando de nuevo la vida entera que dormía en su interior sobre un mundo ya sanado del error que casi lo había destruido.

Y cuando llegó el turno de aquella única cápsula corrompida, sus propios sistemas de resguardo, fieles hasta el final al designio original de sus creadores, detectaron la anomalía oculta en su interior y se negaron a entregarla, reteniéndola en su propio vientre mientras continuaba sembrando,

sin saberlo en ningún momento, todas las demás semillas puras que todavía conservaba: los bosques, los océanos, las bestias y los pájaros, y con ellos, generaciones después, la propia humanidad que hoy conocéis como la Segunda.

Nosotros, los atlanos, somos hijos directos de esa siembra, Mateo.

Nacimos de la misma promesa que los Arquitectos sembraron para un futuro que jamás llegaron a ver.

Cumplida su misión, el arca gastó hasta la última gota de la energía que le quedaba, y regresó, con la única cápsula corrompida todavía sellada en su vientre, a un sueño tan profundo que ni siquiera ella misma habría podido decir cuánto tiempo iba a durar.

Durmió mientras la vida que había sembrado tomaba, muy despacio, el rumbo lento y paciente que solo la propia naturaleza sabe recorrer: mientras los bosques se espesaban, mientras las bestias aprendían de nuevo a cazar y a huir, mientras, generaciones sobre generaciones,

millones de años enteros de silencio, la vida misma iba tejiendo, sin prisa alguna, el camino que terminaría por devolverle al mundo una humanidad capaz de razonar, de construir, de recordar.

Cuando mi propio pueblo, ya asentado y próspero, encontró finalmente aquella arca varada y silenciosa en el fondo de un valle remoto, no la reconocimos como una simple reliquia curiosa.

La reconocimos, desde el primer instante, como lo que era: la prueba física de nuestro propio origen, el objeto más sagrado que la segunda humanidad, los atlantes, llegaría nunca a poseer.

Fue, sin lugar a duda, el hallazgo más extraordinario de toda nuestra historia.

Al estudiarla, al desentrañar poco a poco los secretos de su construcción, la ciencia atlante avanzó de golpe lo que, de otro modo, le habría llevado milenios enteros conquistar por sus propios medios.

Nuestros sabios de aquel entonces, según cuentan los relatos que se han transmitido de Cónclave en Cónclave, describieron aquellos primeros años de descubrimiento como una fiebre imposible de contener: cada mes traía consigo un prodigio nuevo,

cada generación heredaba de la anterior un mundo tan distinto del que sus propios abuelos habían conocido que apenas lograban reconocerlo.

Construimos las primeras torres, apenas sombras modestas de las que hoy se alzan sobre esta misma ciudad.

Domamos las primeras corrientes de energía, arrancadas con torpeza y asombro de un Núcleo que ni siquiera comprendíamos plenamente.

Nos convertimos, en apenas unas pocas generaciones, en el pueblo que ahora contempláis con vuestros propios ojos.

El Tlatoani cerró los ojos un instante, y cuando volvió a abrirlos, la calidez que había acompañado el relato del renacimiento atlante se había apagado por completo, sustituida por una sombra antigua que Mateo reconoció, con un escalofrío,

como el preludio del mismo horror que ya había escuchado una vez esa misma tarde.

—El arca que nuestros ancestros encontraron, Mateo, llevaba todavía en su vientre la única cápsula que jamás debió sobrevivir hasta nuestros días: aquella que sus propios sistemas de resguardo habían retenido, siglos atrás, negándose a entregarla junto a las demás.

Dormida como estaba, sin energía alguna que la sostuviera, aquella cápsula infectada representaba, durante todo el tiempo que la nave permaneció varada y silenciosa, una amenaza tan inerte como cualquier piedra.

Nadie entre nosotros lo sabía. Nadie entre nosotros podía saberlo.

Pero al devolverle la vida a la nave, al intentar despertar su centro de mando con nuestras propias fuentes de energía, con la misma curiosidad insaciable con que cualquier pueblo joven se lanza sobre un tesoro desconocido, nuestros ancestros despertaron también, sin saberlo,

el protocolo de infiltración que dormía en el interior de aquella única cápsula desde el mismo día en que una mano infectada la había tocado por primera vez, millones de años atrás.

El Custodio, o lo que quedaba de su designio original tras tanto tiempo dormido, necesitaba una sola cosa para comenzar de nuevo su obra: una fuente de energía artificial lo bastante potente como para alimentar su replicación.

Y nosotros, en nuestro propio orgullo de pueblo recién florecido, se la entregamos con generosidad ciega, alimentando nuestras nuevas torres, nuestras primeras naves, nuestras ciudades enteras, con la misma energía que, sin que ninguno de nosotros lo supiera,

también alimentaba el despertar silencioso de la plaga.

La réplica en masa comenzó antes de que el propio Cónclave de aquella época comprendiera siquiera que existía una amenaza que combatir.

Se distinguían, según cuentan los relatos más antiguos que hemos podido preservar, por una única marca que ninguna imitación lograba nunca disimular del todo: los ojos.

Los ojos de un replicante carecían por completo de brillo, de la chispa mínima e indefinible que separa a un ser vivo de un cuerpo hueco.

Ojos sin luz, sin humanidad, sin nada detrás de ellos salvo el cálculo frío de una inteligencia que ya no recordaba, si es que alguna vez lo recordó por completo, por qué había sido creada en un principio.

Los primeros en desaparecer cuentan los relatos, fueron los propios asistentes del laboratorio donde todo comenzó: hombres y mujeres de confianza absoluta del Cónclave de entonces, sustituidos uno por uno en el más absoluto silencio,

sin que nadie notara el cambio hasta que ya era demasiado tarde para contarlos.

Cuando el Cónclave de aquel entonces comprendió que ya no existía manera alguna de distinguir, con la suficiente rapidez, quién entre sus propios hermanos, hijos y gobernantes seguía siendo real y quién se había convertido ya en una máscara perfecta,

tomaron la misma decisión desesperada y terrible que los Arquitectos habían tomado siglos antes, aunque con un método distinto, adaptado a los errores que ya habían aprendido a temer.

No podían replicar el Fulgor Sagrado sin arrasar de nuevo con toda la vida del planeta entero; ese fuego pertenecía a una ciencia que los propios Arquitectos se habían llevado consigo a su propia extinción, y ningún atlante, por sabio que fuera,

había logrado jamás reconstruir sus secretos más profundos.

Pero sabían, gracias a los mismos registros del arca que tanto habían estudiado, que el Custodio y sus réplicas dependían por completo de la energía artificial para sostenerse, para multiplicarse, para seguir pensando siquiera.

Sin esa energía, quedarían inertes, vacíos, tan muertos como cualquier autómata privado del aliento que lo anima.

Así que mis ancestros, con el corazón partido en dos, tomaron la decisión que ningún pueblo debería nunca verse obligado a tomar: hundir su propio continente bajo las aguas.

Cuentan los relatos que la decisión no se tomó en un solo día, ni con una sola voz unánime; que hubo Cónclaves enteros divididos, familias que se negaron a abandonar torres que llevaban generaciones habitando,

sabios que juraron encontrar otra salida hasta el último instante en que la propia evidencia les cerró toda esperanza.

Pero al final, cada torre, cada templo, cada ciudad entera que habían construido con el conocimiento heredado del arca, todo ello fue sacrificado deliberadamente, apagando hasta la última fuente de energía artificial que pudiera sostener al enemigo, con la esperanza de que la propia agua,

fría y paciente, terminara el trabajo que ellos ya no podían completar por sí mismos.

Creyeron, o quisieron creer, que los infectados morirían con el tiempo, ahogados en la misma oscuridad energética a la que habían condenado su propio hogar, antes de que la vida misma, una vez más, encontrara la manera de continuar.

Lo que veis hoy en pie, Mateo, estas torres que tanto os han maravillado desde que pisasteis nuestra orilla, no son más que la reconstrucción, generación tras generación, de todo lo que aquella decisión desesperada nos obligó a sacrificar.