Arco III El Eco del Norte
CAPÍTULO IX: La Pregunta del Cónclave
El silencio que siguió a la revelación de las sirenas se prolongó tanto que Mateo llegó a preguntarse si el propio Cónclave necesitaba ese tiempo para recomponerse tanto como él mismo.
Nadie se atrevía a romperlo. Ni siquiera Colón, todavía pálido, todavía con la mano aferrada al respaldo del asiento que le había servido de único sostén desde que comprendió la verdad sobre las criaturas del abismo.
Fue el propio Tlatoani quien, tras un largo instante, pareció reparar por primera vez en algo que llevaba toda la reunión pasando desapercibido bajo el peso de revelaciones mayores: el cuaderno de piel de buey que Mateo sostenía contra el pecho con la misma fuerza instintiva de siempre,
incluso en mitad del horror más reciente.
—Ese cuaderno —dijo el Tlatoani, y su voz, por primera vez desde que Mateo lo conocía, dejó traslucir algo parecido al asombro genuino, distinto de la gravedad narrativa que había sostenido durante todo el relato del cataclismo—.
Los símbolos que asoman entre vuestros dedos, muchacho...
no son garabatos ni invenciones de artesano.
Son trazos arquitectos. Auténticos, no reinterpretados por manos que ya no comprendían lo que copiaban.
¿Cómo es posible que vuestra familia posea semejante reliquia?
Creíamos que cualquier vestigio directo de los Arquitectos se había perdido para siempre junto con el arca original, mucho antes de que mi propio pueblo aprendiera siquiera a leer sus símbolos.
Mateo sintió que todas las miradas del Cónclave, las doce y la del propio Tlatoani, convergían sobre el cuaderno con una intensidad que no había sentido ni siquiera durante la revelación más terrible de la tarde.
Abrazó el diario un instante, casi por instinto protector, antes de encontrar la voz para responder.
Nunca, en toda su vida, había pronunciado aquella historia en voz alta ante nadie que no llevara su misma sangre.
Su abuelo se la había susurrado junto al fuego, en la intimidad protegida de su propia casa, y desde entonces Mateo la había cargado como se carga un secreto que ni siquiera se comparte del todo con uno mismo,
repetido tan solo en el silencio de sus propios pensamientos durante las noches de huida por los callejones de Triana.
Decirla ahora, ante doce desconocidos de un mundo enteramente distinto al suyo, se sentía como desnudar algo que había permanecido vestido durante generaciones enteras.
Sintió la garganta cerrársele un instante, y fue la mano de Colón, posada con firmeza silenciosa sobre su hombro desde el asiento contiguo, la que le devolvió el aire suficiente para continuar.
—Adelante, muchacho —murmuró el Almirante, tan bajo que solo Mateo alcanzó a escucharlo—. Ningún juramento de silencio pesa ya más que la verdad que este pueblo se ha ganado, con creces, el derecho de escuchar.
Aquellas pocas palabras bastaron para deshacer el nudo que Mateo sentía cerrarle el pecho, y con ellas todavía resonando, encontró por fin la voz que llevaba generaciones de silencio familiar aguardando aquel momento exacto para romperse.
—No sé mucho más de lo que mi abuelo me contó, Tlatoani, y él tampoco sabía mucho más de lo que le contaron a él —dijo, con una honestidad que no intentaba disimular la magnitud de su propia ignorancia—.
Según la historia que se ha transmitido en mi familia durante generaciones, hace casi cuatrocientos años, un guerrero de las tierras heladas del norte, un gigante al que solo conocemos por el nombre de Halvar,
calcó estos mismos dibujos de unos objetos de metal que sus propios ancestros veneraban como reliquias sagradas caídas del mar.
Cuando los hombres del Papa llegaron a su pueblo persiguiendo ese mismo secreto, Halvar los enfrentó, y huyó con los lienzos hasta cruzarse con el primer hombre de mi estirpe, un gitano de los caminos de España.
Le entregó los dibujos antes de morir, y desde entonces, generación tras generación, mi familia ha reentintado cada trazo para que el tiempo no los borre, sin comprender jamás por completo lo que estábamos protegiendo.
Solo sabíamos que debíamos guardar el secreto, y que la Iglesia nos cazaría sin descanso si alguna vez lo perdíamos de vista.
El Tlatoani escuchó el relato entero con una atención tan absoluta que ni siquiera parpadeó, y cuando Mateo terminó de hablar, un silencio distinto —más denso, más cargado de una emoción que Mateo no lograba nombrar del todo— se instaló sobre la Cámara de Representantes.
—Halvar —repitió el Tlatoani, casi en un susurro, como quien prueba en la boca el sabor de un nombre completamente ajeno a su propia lengua—.
Un nombre humano, de vuestro propio mundo, ligado a símbolos que solo deberían existir en los registros más sagrados de Atlán.
Empiezo a sospechar, Mateo, que la historia completa detrás de ese nombre es mucho más larga, y mucho más dolorosa, de lo que vuestro abuelo llegó nunca a conocer.
El anciano que había acompañado a Mateo hasta la tumba de Luis se removió en su asiento, intercambiando con el Tlatoani una mirada breve pero cargada de un entendimiento silencioso que a Mateo le recordó, con un escalofrío,
la misma clase de complicidad que había visto entre Colón y sus propios oficiales antes de una decisión difícil.
—Antes de contaros esa historia, Mateo, hay algo que debéis ver con vuestros propios ojos —dijo el Tlatoani, incorporándose de su asiento con un gesto que llevaba implícita una solemnidad nueva—.
Algo que este Cónclave ha custodiado durante seis inviernos enteros, sin saber jamás qué hacer con ello, ni a quién pertenecía en verdad.
Hizo una señal breve a uno de los Heraldos más jóvenes, que se retiró de la sala con un asentimiento silencioso y regresó, apenas unos instantes después, portando entre ambas manos un objeto envuelto en un paño oscuro, protegido en su interior por una cúpula de cristal tan transparente que, a Mateo,
por un instante, le pareció que el Heraldo cargaba con el aire mismo entre las manos.
El Tlatoani descendió los escalones hasta el centro de la sala y depositó el objeto, con un cuidado casi religioso, sobre un pedestal bajo de piedra nacarada que pareció surgir del propio suelo para recibirlo. Cuando retiró el paño, el aliento se le atascó a Mateo en la garganta.
Bajo la cúpula de cristal reposaba un báculo de metal ceniciento, más corto que el bastón de madera que Mateo había encontrado junto a la tumba de su abuelo,
pero tallado con la misma familia de símbolos geométricos y líneas parabólicas que poblaban cada página del diario que llevaba contra el pecho.
El metal, igual que el engranaje que dormía bajo su propia camisa, no reflejaba la luz de la sala: la absorbía, devolviéndola en un fulgor mate y tibio que parecía respirar con un pulso propio, lentísimo, casi imperceptible.
—El Viejo de Mar llegó a nuestras costas con esto todavía apretado entre sus manos, Mateo —dijo el Tlatoani, con una voz que se había vuelto grave y cuidadosa, como quien camina sobre un suelo que sabe que puede quebrarse—.
Nunca quiso separarse de él, ni siquiera en sus últimos días de fiebre y delirio.
Lo guardamos bajo esta cúpula desde el día de su muerte, sin atrevernos a estudiarlo por completo, temerosos de que activarlo pudiera desatar sobre Atlán una tragedia semejante a la que os acabo de relatar.
Ahora os pregunto, Mateo Gámez, con toda la honestidad que este Cónclave os ha ofrecido hasta este mismo instante: ¿sabéis vos qué es este objeto?
¿Guarda vuestra familia algún secreto más que todavía no hayáis compartido con nosotros?
El silencio que siguió a aquella pregunta pesó sobre Mateo como una losa.
Sintió, a su espalda, la mirada urgente de Colón clavándose en su nuca, una advertencia muda que Mateo comprendió perfectamente sin necesidad de volverse a mirarlo: el pacto de silencio que habían sellado semanas atrás, en la intimidad del camarote,
la promesa de no revelar jamás a nadie —y mucho menos a Arana, que en ese instante permanecía inmóvil junto a la pared más lejana de la sala, con su habitual máscara de atención serena— la verdadera naturaleza del engranaje que Mateo llevaba oculto bajo la camisa.
Pero Mateo, con la imagen todavía fresca de la tumba de su abuelo, con el peso entero de una historia de sacrificio que acababa de escuchar de labios del propio Tlatoani, comprendió en ese instante que ya no podía seguir siendo, él también, un guardián de secretos a medias.
No en aquella sala. No después de todo lo que aquel pueblo generoso les había ofrecido sin pedir nada a cambio.
Sin decir una palabra, se llevó las manos al cuello de la camisa y extrajo el engranaje, dejándolo colgar libremente sobre su pecho por primera vez ante ojos que no fueran los de Colón.
El efecto fue instantáneo y absoluto.
Un clamor recorrió la Cámara de Representantes entera, un estallido de exclamaciones ahogadas y jadeos que Mateo nunca habría esperado de un pueblo tan sereno, tan acostumbrado a la calma ceremonial en cada gesto.
Varios de los doce sabios se pusieron de pie de golpe, algunos con las manos llevadas a la boca, otros intercambiando miradas de una incredulidad tan pura que bordeaba el pánico.
El propio Tlatoani retrocedió medio paso, con los ojos abiertos de par en par, la compostura absoluta que había sostenido durante toda la reunión hecha añicos en un solo instante.
—Eso es... —logró articular el anciano que había acompañado a Mateo hasta la tumba, con la voz quebrada—. Eso es imposible. Es la segunda pieza. La segunda pieza del mecanismo maldito, aquí, viva, colgada del cuello de un muchacho de Sevilla.
Fue en aquel instante de conmoción absoluta, con la mitad del Cónclave todavía de pie y la otra mitad demasiado paralizada para reaccionar, cuando la voz de un hombre mayor, sentado en el extremo más alejado del semicírculo,
se alzó por encima del clamor general con una dureza que cortó el aire de la sala como un cuchillo.