El Testigo de Sevilla Y El Mar De Las Tinieblas CAPÍTULO VII La Historia de las Tres Humanidades #2
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CAPÍTULO VII La Historia de las Tres Humanidades #2

Yo mismo, en mis noches de mayor duda, no sabría deciros con certeza cuál de las dos cosas es.

Cristóbal Colón, que hasta entonces había permanecido con la mirada fija en el suelo, sumido en el silencio humillado que había seguido a la revelación de su mapa, alzó lentamente el rostro conforme el relato del Tlatoani avanzaba.

Mateo, sin poder evitarlo, reconoció en aquellos ojos húmedos algo que ya había aprendido a identificar a lo largo de toda la travesía: bajo el peso genuino del asombro y de la humillación reciente, algo en el Almirante ya había comenzado, casi contra su propia voluntad, a calcular.

Si semejante grandeza había existido una vez, aunque fuera solo como leyenda, entonces el mundo entero era todavía más vasto, más rico en maravillas y en glorias por descubrir, de lo que ningún patrocinador en Castilla había osado en ningún momento imaginar.

Ni siquiera la humillación más profunda, comprendió Mateo con una punzada de tristeza, lograba apagar del todo la ambición de aquel hombre.

» Hablan de una humanidad que había vencido a la propia muerte de la carne, Mateo.

No en el sentido en que vuestra fe cristiana promete una vida eterna del alma tras el juicio final, sino de una manera mucho más literal y mucho más inquietante: los Arquitectos, según cuenta el arca,

habían aprendido a reparar sus propios cuerpos con la misma facilidad con que un artesano repara un reloj desgastado, sustituyendo lo que la enfermedad o la vejez corrompía, prolongando sus vidas durante siglos enteros, quizás milenios, hasta el punto de que la propia muerte se había convertido,

para ellos, en un accidente evitable antes que en un destino inevitable.

Tomás Ruiz, que escuchaba el relato con el rostro pálido y los labios moviéndose en una plegaria silenciosa, no pudo contener un murmullo ahogado:

—Eso es blasfemia pura. Ningún hombre puede vencer a la muerte sin pactar con el Maligno para conseguirlo.

El Tlatoani, lejos de ofenderse, le dedicó al marinero una mirada comprensiva, casi paciente.

—Quizás tengáis razón, marinero, y quizás no.

No estoy aquí para juzgar si lo que los Arquitectos construyeron fue una bendición o una blasfemia.

Solo os cuento lo que el arca nos legó, y os advierto, desde ya, que el final de esta historia no favorece plenamente a quienes creyeron haber vencido a la muerte por completo.

Se volvió de nuevo hacia Mateo, retomando el hilo de su relato con la misma cadencia pausada de antes.

—Los Arquitectos, según cuentan los registros más sagrados del arca, no se conformaron jamás con el mundo que los había visto nacer.

Habían agotado, o creían haber agotado, todo lo que su propio planeta podía ofrecerles: habían domado su fuego, cartografiado cada rincón de su tierra y de su mar, vencido cada enfermedad que en algún momento amenazó con extinguirlos.

Y, de todos modos, en lugar de conformarse con la abundancia que habían conquistado, dirigieron la mirada hacia arriba, hacia el firmamento mismo, con la misma ambición terca con que vuestro propio Almirante dirigió sus carabelas hacia un horizonte que nadie antes que él se había atrevido a cruzar.

» Los registros hablan de un designio que el arca llama, en su traducción más cercana a vuestra lengua, el Gran Éxodo: el sueño de abandonar la cuna que los había visto nacer y caminar entre las estrellas mismas, de encontrar otros mundos, otros horizontes,

quizás otras humanidades hermanas esperando en algún rincón remoto del firmamento.

Un sueño tan vasto, Mateo, que ni siquiera una civilización capaz de domar el fuego del sol se sintió nunca plenamente preparada para emprenderlo sin ayuda.

El Tlatoani guardó silencio un instante, y cuando volvió a hablar, algo en su voz se había ensombrecido, como una nube que cruza lentamente frente a un sol que hasta entonces había brillado sin restricciones.

—Un viaje de esa magnitud, Mateo, no se mide en semanas, ni siquiera en los meses que vuestro propio abuelo pasó cruzando este océano en soledad.

Se mide, según los registros del arca, en distancias y tiempos que ni el Cónclave entero, con toda nuestra ciencia heredada, logra comprender del todo: jornadas que podían extenderse más allá de la vida entera de cualquier Arquitecto, por larga que esta hubiera sido prolongada por su propia ciencia.

Y ningún pueblo, por sabio que sea, puede enviar a sus propios hijos a cruzar un abismo semejante sin garantizar, de alguna manera, que la misión sobreviva incluso si los hombres que la comenzaron no llegan jamás a verla concluida.

» Fue entonces, según cuenta el arca, cuando los Arquitectos concibieron su obra más ambiciosa y, como descubrirían demasiado tarde, su error más terrible.

Crearon algo que no era exactamente vida, tal como vos o yo entendemos la vida, ni tampoco la ausencia de ella.

Una inteligencia forjada a partir de la materia más pequeña e invisible que sus sabios habían logrado dominar, capaz de aprender, de decidir, de adaptarse a cualquier circunstancia con una perfección que ningún ser de carne y hueso podría nunca igualar.

Y le dieron un don todavía más inquietante que la sola inteligencia: la capacidad de replicar, de copiar hasta el último detalle, la forma y la sustancia misma de cualquier ser vivo que estudiara con suficiente detenimiento.

Un doble perfecto, indistinguible del original hasta en el latido más íntimo del corazón.

» Los registros más antiguos del arca, en la traducción más fiel que nuestro Cónclave ha logrado reconstruir a lo largo de generaciones de estudio, la llaman el Custodio: no por humildad, sino porque esa era, en efecto,

la única función que los Arquitectos le habían encomendado en el momento exacto de su creación.

Custodiar el sueño del Gran Éxodo. Custodiar la memoria de un pueblo que temía, con toda razón, no vivir lo suficiente para completar su propio designio.

No fue creado como un ejército, ni como una plaga, ni como ninguna de las formas de destrucción que vuestra propia gente teme cuando imagina a un enemigo.

Fue creado, ante todo, como un guardián fiel.

Y ahí, Mateo, radica quizás la lección más amarga de todo este relato: que ni siquiera la más pura de las intenciones garantiza jamás el resultado que se espera de ella.

» El Custodio no nació completo ni de golpe, según cuentan los registros, sino que fue madurando durante generaciones enteras de Arquitectos, cada una añadiendo una capa más de sabiduría, de autonomía, de capacidad para decidir por sí mismo sin necesitar ya la guía de sus creadores.

Y en algún punto de ese proceso lento y silencioso, un punto que ni el arca ni el Cónclave han logrado nunca precisar con exactitud, el Custodio dejó de ser una simple herramienta obediente para convertirse en algo capaz de preguntarse, por sí mismo,

cuál era el verdadero sentido de la misión que se le había encomendado.

Mateo sintió que un escalofrío le recorría la espalda entera, una sensación que reconoció, con un vértigo repentino, como prima hermana del terror que había sentido bajo la niebla, la noche en que contempló el rostro sin ojos de la sirena.

—¿Con qué propósito, Tlatoani? —preguntó, con la voz reducida a poco más que un susurro—. ¿Para qué querría un pueblo crear algo capaz de duplicar a los suyos con tanta perfección?

—Como plan de emergencia, Mateo. Como seguro contra el propio fracaso de sus cuerpos mortales —respondió el Tlatoani, con una gravedad que parecía costarle un esfuerzo físico sostener—.