CAPÍTULO VII La Historia de las Tres Humanidades
El silencio que siguió a la humillación de Colón se prolongó tanto tiempo que Mateo llegó a preguntarse si el propio Cónclave esperaba que el Almirante se recompusiera por sus propios medios, o si aquel silencio formaba parte de algún protocolo antiguo de cortesía hacia el orgullo derrotado.
Colón, con el pergamino otomano todavía colgando flojo de una mano que ya no encontraba la fuerza para sostenerlo con firmeza, retrocedió un paso, dos, hasta quedar casi a la altura de su propia comitiva, la mirada perdida en algún punto del suelo nacarado que ya no parecía ver del todo.
Fue entonces cuando Mateo, sorprendiéndose a sí mismo tanto como sorprendió a todos los presentes, dio un paso al frente.
Nadie lo había invitado a hablar. Ningún protocolo de los que Colón le había enseñado a fuerza de repetición durante los preparativos de Sevilla contemplaba que un simple amanuense, un gitano de Triana sin rango ni linaje,
se dirigiera directamente al Tlatoani de un Cónclave que gobernaba un reino cuya sola existencia desafiaba todo lo que la cristiandad entera creía saber sobre los límites del mundo.
Pero Mateo llevaba semanas enteras cargando preguntas que ya no podía seguir tragándose en silencio, preguntas que se habían ido acumulando desde la primera noche de niebla en alta mar, desde el rostro sin ojos de la sirena,
desde la tumba de su propio abuelo rodeada de tecnología dormida que nadie parecía dispuesto a explicar por completo.
—Tlatoani —dijo, con una voz que le tembló apenas en la primera sílaba antes de encontrar una firmeza que él mismo desconocía poseer—, con el debido respeto hacia el Almirante y hacia todo lo que representa ante estos muros, no he cruzado un océano entero,
ni he llorado ayer mismo sobre la tumba de mi propio abuelo, para marcharme de esta sala sin una respuesta que valga la pena el precio que ya hemos pagado por escucharla.
Vos mismo habéis dicho que existió un cataclismo.
Que una flota entera de vuestro pueblo se perdió en el mar.
Que la historia de Atlán se partió en dos.
Os pregunto, Tlatoani, sin rodeos ni cortesías: ¿qué fue, en verdad, ese cataclismo?
¿Qué partió vuestra historia de una manera tan profunda que todavía hoy, siglos después, seguís hablando de ella con el mismo cuidado con que un hombre habla de una herida que nunca termina de cerrar del todo?
Un murmullo recorrió las gradas del Cónclave, un susurro de túnicas y respiraciones contenidas que Mateo no supo interpretar por completo, aunque le pareció distinguir, en más de un rostro anciano,
algo parecido al alivio de quien ve finalmente formulada una pregunta que llevaba demasiado tiempo esperando ser hecha.
El Tlatoani, todavía de pie tras la revelación que había desarmado a Colón, contempló a Mateo durante un largo instante, con una expresión que oscilaba entre la sorpresa genuina y una especie de reconocimiento antiguo, como si algo en la insistencia del muchacho le resultara profundamente familiar.
—Vuestro abuelo hizo, palabra por palabra, la misma pregunta que vos acabáis de formular, hace ya seis inviernos, en su lecho de muerte —dijo finalmente el Tlatoani, con una voz que había perdido cualquier resto de la solemnidad ceremonial y se había vuelto, de pronto, extrañamente íntima—.
Y por la misma razón que se la respondí a él, aun sabiendo que la respuesta le costaría más dolor que consuelo, os la voy a responder también a vos, Mateo Gámez.
Sentaos. Lo que estoy a punto de contaros no se cuenta de pie, ni con prisa, ni sin el peso que merece.
Colón, recuperando poco a poco algo de su compostura perdida, se acomodó junto a Mateo en uno de los asientos bajos dispuestos frente a la grada principal, sin apartar del todo la mirada humillada del suelo.
Rodrigo, Tomás y el resto de la comitiva se dispusieron detrás de ellos, y Diego de Arana, como siempre, permaneció de pie al margen del grupo, con el rostro compuesto en la misma atención serena y silenciosa que había mostrado ante cada maravilla de Atlán desde el primer instante del desembarco.
—Debéis entender, antes de que os cuente nada más, que lo que voy a relataros no es historia en el sentido en que vuestra gente entiende la historia —comenzó el Tlatoani, descendiendo los escalones de la grada hasta quedar a la misma altura que sus visitantes—.
No hablo de reyes cuyas tumbas podáis visitar, ni de batallas cuyos campos podáis pisar y contar los huesos.
Hablo de un relato que Atlán entera ha heredado de una única fuente, sagrada y frágil, que ya no existe: un arca de registros antiquísimos que nuestro pueblo encontró hace muchos siglos, y que se perdió para siempre en el mismo cataclismo del que ahora os hablaré.
Nadie que respire hoy en Atlán ha visto jamás con sus propios ojos lo que estoy a punto de describiros.
Ni yo, ni el más anciano de este Cónclave, ni sus padres, ni los padres de sus padres.
Lo que sabemos, lo sabemos porque el arca nos lo contó antes de perderse, y porque durante generaciones enteras hemos protegido ese relato con el mismo cuidado con que vuestra Iglesia protege el Evangelio.
Pero os pido que recordéis, mientras escucháis, que ninguno de nosotros puede jurar sobre esta historia con la misma certeza con que un hombre jura sobre lo que ha visto con sus propios ojos.
Mateo asintió, sintiendo que el propio diario de piel de buey, apretado contra su pecho por pura costumbre, pesaba de pronto de una manera distinta, como si también él comprendiera, sin poder explicarlo plenamente,
que estaba a punto de escuchar algo que su familia entera llevaba generaciones custodiando sin llegar nunca a comprenderlo del todo.
—Nuestro mundo, Mateo, no ha conocido una sola humanidad, sino tres —dijo el Tlatoani, y su voz, al pronunciar aquellas palabras, adquirió una solemnidad distinta, la cadencia pausada de quien recita algo que ha repetido incontables veces a lo largo de su vida,
pero que nunca deja de pesarle en el pecho cada vez que lo pronuncia de nuevo—.
Vosotros, los hombres de Sevilla, de Castilla, de todos los reinos que existen más allá de ese océano que llamáis de las tinieblas, sois la Tercera Humanidad.
La más joven de las tres. La que apenas ahora comienza a asomar la cabeza fuera de su propia cuna, sin sospechar siquiera que otros ya caminaron ese mismo sendero mucho antes que vosotros, y que ese sendero termina, tarde o temprano, en el mismo abismo.
» Nosotros, los atlanos, los que ahora os recibimos en estos muros, somos la Segunda Humanidad.
O lo que queda de ella, para ser más precisos.
Una civilización que se alzó, floreció y estuvo a punto de extinguirse por completo hace ya muchos siglos, en circunstancias de las que os hablaré con detalle cuando llegue el momento apropiado, en un capítulo de esta misma historia que todavía no os he contado.
» Pero antes de la Segunda Humanidad, Mateo, antes de que Atlán existiera siquiera como una promesa en la mente de nuestros ancestros más remotos, existió la Primera.
Los Arquitectos, los llama el arca en sus registros más antiguos, aunque ese nombre es, con toda probabilidad, una traducción imperfecta de un concepto que ni nuestra propia lengua logra capturar por completo.
Y os aseguro, Mateo Gámez, que si lo que el arca nos legó sobre ellos es siquiera parcialmente cierto, ninguna de las maravillas que habéis contemplado en Atlán, ni las naves que surcan nuestro cielo, ni las luces que iluminan nuestras noches,
se acerca siquiera a la sombra de lo que aquella primera humanidad llegó a construir.
El Tlatoani hizo una pausa larga, como si necesitara ordenar en su propia mente la magnitud de lo que estaba a punto de describir, y cuando continuó, su voz había adquirido una cualidad casi soñadora, la de un hombre que relata una maravilla en la que él mismo, a pesar de toda una vida de estudio,
no termina nunca de creer del todo.
—Los registros del arca hablan de ciudades que no se alzaban sobre la tierra, sino que flotaban sobre ella, sostenidas por una comprensión de las fuerzas del mundo tan profunda que, a nuestros propios sabios, generación tras generación,
se les ha quebrado la razón intentando comprenderla por completo.
Hablan de un pueblo que había domesticado el fuego mismo del sol, no ya el fuego pálido y prestado que nosotros arrancamos de nuestro propio Núcleo, sino la fuerza bruta y total del astro que ilumina el cielo entero, canalizada y contenida en motores que jamás se apagaban,
que alimentaban ciudades enteras durante siglos sin necesitar nunca una gota de aceite ni un tronco de leña.
» Cuentan los registros que ningún Arquitecto conoció jamás el hambre, ni la sed, ni el frío que muerde los huesos en mitad del invierno.
Que sus campos, si es que todavía merecían llamarse campos, no dependían de la lluvia ni de las estaciones, sino que producían sus frutos bajo cúpulas de luz artificial tan perfecta como el propio sol, en cualquier época del año, en cualquier rincón de su mundo.
Que sus caminos no eran senderos de tierra apisonada como los que separan Triana de Sevilla, sino corrientes de aire domesticado sobre las que sus gentes se desplazaban sin esfuerzo alguno, de una punta a otra de su territorio, en el tiempo que, a vos, Mateo,
os llevaría cruzar una sola plaza de mercado.
Y cuentan, sobre todo, que nunca conocieron la enfermedad como una sentencia irrevocable: que un cuerpo Arquitecto enfermo no era motivo de duelo ni de plegaria desesperada,
sino un simple desperfecto cuyos propios sabios sabían reparar con la misma naturalidad con que un herrero endereza un clavo torcido.
» Nada de esto, Mateo, lo sostengo como verdad probada.
Os lo repito una vez más para que quede grabado en vuestra memoria con la misma claridad con que quedó grabado en la mía: son palabras heredadas de un arca que ya no existe, contadas por bocas que jamás vieron con sus propios ojos ni una sola de esas torres.
Bien podrían ser recuerdo fiel de una civilización real, o bien podrían ser el mito que un pueblo entero necesitó inventar para darle sentido y grandeza a las cenizas que heredó.