El Testigo de Sevilla Y El Mar De Las Tinieblas CAPÍTULO VI La Carta del Almirante y la Flota Perdida #4
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CAPÍTULO VI La Carta del Almirante y la Flota Perdida #4

enviado por Sus Altezas Católicas Isabel y Fernando de Castilla y Aragón, con la misión sagrada de encontrar una ruta occidental hacia las riquezas de las Indias.

He cruzado un océano que ningún hombre de mi tierra había cruzado nunca, guiado por la ciencia, por la fe, y por esto.

Con un gesto teatral que no dejaba lugar a dudas sobre lo mucho que lo había ensayado, Colón extrajo de entre sus ropas un rollo de pergamino gastado por el uso y la sal, y lo desplegó ante el Cónclave entero con la solemnidad de quien presenta la prueba definitiva de una vida entera de sacrificio:

el mapa que había comprado, años atrás, a un mercader otomano en los muelles de Sevilla, cubierto de líneas costeras, rosas de los vientos y anotaciones en una caligrafía extranjera que Colón jamás había logrado descifrar del todo, pero que había jurado,

ante reyes y cartógrafos escépticos por igual, que conducía sin lugar a dudas hasta las costas doradas de Cipango y las Indias.

—Este mapa, Tlatoani, es la prueba de que las tierras que ahora piso no son fruto del azar ni de la locura, sino el resultado calculado de la ciencia náutica más avanzada en ningún momento trazada por manos humanas.

Reclamo, en nombre de la Corona de Castilla, el derecho de descubrimiento sobre estas tierras, tal como fueron prometidas en las capitulaciones firmadas por mis reyes.

Vengo, Tlatoani, a reclamar lo que la ciencia y la fe me han concedido con toda justicia.

El silencio que siguió a aquella declaración se prolongó tanto tiempo que Mateo sintió que el propio aire de la sala se espesaba, cargado de una tensión que ninguno de los presentes, salvo quizás el propio Tlatoani, parecía comprender por completo.

El anciano líder del Cónclave descendió los pocos escalones que lo separaban del suelo de la sala, tomó el pergamino de las manos de un Colón que ya no disimulaba del todo su orgullo triunfal, y lo examinó durante un largo instante con una expresión que fue mudando, poco a poco,

de la cortesía inicial hacia algo mucho más parecido a la pena.

—Almirante —dijo finalmente el Tlatoani, con una voz suave que, con todo, cayó sobre la sala entera con el peso de una sentencia—, lamento deciros que este mapa que sostenéis con tanto orgullo no conduce, ni jamás ha conducido, a ninguna tierra llamada Cipango,

ni a ningún reino que vuestros mercaderes otomanos llamen las Indias.

Colón frunció el ceño, con una punzada de incredulidad que empezaba a asomarle en el rostro.

—¿Qué queréis decir, Tlatoani? Ese mapa me costó una fortuna, y fue trazado por manos expertas en las rutas del Oriente...

—Ese mapa, Almirante —lo interrumpió el Tlatoani, con una gentileza que no lograba suavizar plenamente el golpe de sus palabras—, no es el registro de ninguna ruta comercial otomana.

Es, hasta donde mis propios ojos y los registros más antiguos de este Cónclave pueden atestiguar, una copia, deformada y reinterpretada a lo largo de generaciones enteras de manos que ya no comprendían lo que copiaban, del cuaderno de navegación original de la Tercera Flota Atlante:

la última expedición que nuestro pueblo lanzó al océano, hace ya muchísimos siglos, poco antes del gran cataclismo que partió nuestra historia en dos.

Una flota que nunca regresó a puerto, Almirante.

Una flota que el mar, o algo mucho peor que el mar, se tragó por completo, y de la cual nunca más volvimos a tener noticia alguna.

El rostro de Cristóbal Colón, en aquel instante, se transformó de una manera que Mateo no había presenciado jamás en toda la travesía: ni siquiera durante la noche del motín, ni durante el terror del Leviatán, había visto al Almirante perder de golpe, y de manera tan absoluta,

todo rastro de la certeza inquebrantable que lo había sostenido a través de cada tormenta, cada motín y cada noche de dudas.

El mapa que sostenía como la prueba definitiva de su genio, como el as bajo la manga que justificaba una vida entera de sacrificio y obsesión, no era otra cosa que el eco desdibujado de un naufragio ajeno, la reliquia extraviada de una tragedia que no tenía nada que ver con las Indias, con Cipango,

ni con ninguna de las glorias que Colón había jurado ante la Corona de Castilla.

—Eso... eso no puede ser cierto —murmuró Colón, con la voz reducida a poco más que un susurro derrotado, algo que ninguno de los presentes le había escuchado nunca—. Yo mismo calculé la distancia, verifiqué las corrientes, convencí a los mejores cosmógrafos de Castilla de que...

—No dudo de vuestra ciencia, Almirante, ni de vuestra fe —respondió el Tlatoani, con una compasión genuina que no restaba ni un ápice de firmeza a sus palabras—.

Dudo, únicamente, de la fuente de la que bebisteis sin saberlo.

Habéis cruzado un océano entero guiados por el mapa de un naufragio, convencidos de perseguir la gloria de un reino que jamás ha existido bajo ese nombre.

Y, pese a ello, aquí estáis, en carne y hueso, ante este Cónclave.

Quizás eso, Almirante, sea la prueba más extraña de todas: que a veces el destino encuentra la manera de guiar a un hombre hacia la verdad, incluso cuando ese hombre cree estar persiguiendo una mentira.