CAPÍTULO VI La Carta del Almirante y la Flota Perdida #3
El anciano no respondió a aquello, aunque algo en su mirada, fija de nuevo en el horizonte brumoso, pareció cargar durante un instante con un peso que Mateo no supo interpretar por completo.
No hubo tiempo para preguntar más: el sendero, apenas unos pasos más adelante, se abría ya hacia la plataforma elevada donde los aguardaba la Cámara de Representantes.
El sendero terminó frente a un edificio que hizo que, hasta el propio Colón, hombre acostumbrado a la grandeza de las catedrales y los palacios de media Europa, se detuviera en seco con la boca entreabierta.
La estructura se alzaba sobre una plataforma elevada, coronada por una serie de bóvedas superpuestas de un material blanco nacarado que capturaba la luz del sol y la devolvía transformada en un resplandor suave, casi líquido,
en formas curvas que se enroscaban unas sobre otras como las velas hinchadas de una flota fantástica congelada a mitad de una maniobra imposible.
No era la solidez pétrea y vertical de una catedral gótica, ni la geometría marcial de un palacio real; era algo más orgánico, más fluido, que a Mateo le recordó, sin poder explicar del todo por qué,
tanto la majestuosidad serena de las grandes iglesias de su tierra como la audacia imposible de una escultura tallada por manos que ya no obedecían ninguna de las leyes conocidas de la piedra.
Las paredes exteriores del edificio, allí donde el material nacarado dejaba paso a superficies más oscuras y trabajadas, estaban cubiertas de relieves e imágenes talladas con un detalle asombroso: figuras humanas y no plenamente humanas entrelazadas en escenas que parecían narrar, panel tras panel,
toda una historia.
Mateo distinguió, incluso desde la distancia, siluetas que ascendían hacia un sol radiante en los primeros paneles, para luego, conforme el relieve avanzaba a lo largo del muro, mostrar escenas de fuego, de colapso,
de figuras cayendo hacia un abismo tallado en la piedra con un realismo que se le agarró al estómago sin que supiera explicar del todo por qué.
—La Cámara de Representantes —anunció el anciano del Cónclave, deteniéndose junto a ellos con una reverencia que Mateo no le había visto mostrar ante ninguna otra estructura de la ciudad—.
El corazón de nuestro gobierno, y también, si me permitís la comparación, el corazón de nuestra memoria.
En esos muros está grabada toda la historia de Atlán, desde el primer amanecer hasta el día de hoy.
Entrad, y comprended, antes de hablar con el Cónclave, algo de lo que somos.
El interior del edificio, cuando finalmente cruzaron el umbral, arrancó de Mateo un jadeo audible que no logró contener.
Una bóveda inmensa se alzaba sobre sus cabezas, decorada de arriba abajo con murales pintados en colores que parecían moverse levemente bajo la luz cambiante, contando la misma historia que los relieves exteriores habían insinuado, pero ahora con un detalle abrumador:
la gloria de una civilización antigua, su caída catastrófica, y el lento y doloroso renacimiento de un pueblo que había aprendido a reconstruirse sobre las cenizas de todo lo que había sido antes.
La luz que entraba por los ventanales altos se filtraba en haces coloreados que bañaban el suelo de la sala principal —una extensión amplia, dispuesta en semicírculo, donde los doce sabios del Cónclave aguardaban ya sentados en asientos tallados dispuestos en gradas ascendentes,
cada uno con el porte y el peso de las tierras lejanas que representaba— con una calidad casi sagrada que a Mateo le recordó, con una punzada de nostalgia repentina, las mañanas de domingo en la catedral de Sevilla, cuando la luz cruzaba los vitrales y teñía el aire mismo de colores imposibles.
—Es como si hubieran mezclado la Capilla Sixtina con el teatro más grandioso que un hombre pudiera imaginar nunca —murmuró Colón, con una voz que había perdido, por completo, cualquier resto de su arrogancia habitual.
En el centro de la grada más alta, ocupando un asiento apenas distinguible del resto salvo por una sutil ornamentación adicional, se sentaba un hombre de rostro sereno y mirada profunda,
cuyo cabello plateado caía suelto sobre los hombros de una túnica de un blanco puro que contrastaba con los tonos plateados y ocres del resto del Cónclave.
Cuando Mateo, Colón y su comitiva terminaron de cruzar el largo pasillo central bajo la mirada silenciosa de los doce sabios reunidos, aquel hombre se puso en pie, con un movimiento pausado que llevaba implícita toda la autoridad que jamás necesitaría alzar la voz para hacerse respetar.
—Bienvenidos ante el Cónclave de Atlán —dijo, con una voz que resonó por toda la bóveda sin que pareciera esforzarse en absoluto por proyectarla—.
Sé que la última jornada os ha traído tanto asombro como dolor a partes iguales, y por eso os hemos concedido el tiempo de descansar antes de exigiros respuestas.
Pero ese tiempo ya se ha agotado, viajeros del océano de las tinieblas.
Ahora os pregunto, ante todo este consejo reunido, y os pido que respondáis con la misma honestidad con que nosotros os hemos recibido: ¿a qué habéis venido?
¿Qué buscáis en la orilla misma del fin del mundo conocido?
Un silencio pesado se instaló en la sala, roto únicamente por el crujido leve de las túnicas de los ancianos al inclinarse ligeramente hacia adelante, expectantes.
Fue entonces cuando Cristóbal Colón, recuperando de golpe toda la arrogancia calculadora que el asombro de las últimas horas había logrado apagar solo a medias, dio un paso al frente, separándose deliberadamente de Mateo y del resto de su comitiva,
con el porte de un hombre que ha ensayado ese instante exacto durante media vida entera.
Quien presidía aquella cámara era el Tlatoani, título que en la lengua ceremonial de Atlán significa, literalmente, "el que habla": no un gobernante en el sentido que Colón habría reconocido de las cortes europeas, sino la voz autorizada del Cónclave entero,
la más respetada de las doce que allí se reunían.
—Tlatoani del Cónclave —comenzó Colón, con una voz que buscaba, sin conseguirlo por completo, recuperar la misma autoridad con que había convencido en su día a una reina de financiar lo imposible—, me presento ante vos como Cristóbal Colón, Almirante de la Mar,