CAPÍTULO VI La Carta del Almirante y la Flota Perdida #2
Rodrigo, por su parte, había contemplado el espectáculo con su único ojo bueno bien abierto durante apenas unos minutos antes de correr la cortina con un gesto brusco, mascullando que ya había tenido suficientes maravillas por un solo día y que prefería, de lejos,
arriesgarse a las pesadillas conocidas del sueño antes que seguir mirando algo que su mente de marinero viejo se negaba en redondo a aceptar como posible.
Tomás Ruiz, en cambio, se quedó rezando frente a su propio ventanal hasta bien entrada la madrugada, incapaz de decidir si aquella visión nocturna era una prueba más de que habían llegado al Purgatorio, o si, por el contrario,
era la primera señal genuina de que existía en el mundo una gracia divina mucho más amplia y mucho más generosa de lo que la Sevilla estrecha y temerosa de su infancia le había enseñado jamás a imaginar.
Cuando la mañana llegó, filtrada a través de los mismos ventanales que la noche anterior habían mostrado un firmamento artificial de luces cálidas, el anciano del Cónclave se presentó personalmente en el hogar de los viajeros, acompañado por una escolta pequeña de Heraldos, para conducir a Colón,
a Mateo y a los oficiales principales de la expedición hacia el corazón administrativo de Atlán.
El trayecto a pie resultó, para Mateo, una segunda revelación tan intensa como la primera visión nocturna de la ciudad.
A la luz del día, Atlán mostraba una complejidad urbana que ninguna Sevilla, ninguna Roma, ningún grabado de ciudad legendaria que Mateo hubiera contemplado nunca en los libros más eruditos de los talleres de Triana, se acercaba siquiera a igualar.
La ciudad se organizaba en terrazas escalonadas que ascendían desde el muelle hacia las torres centrales, cada nivel conectado al siguiente por rampas suaves y puentes colgantes de material traslúcido, y en cada terraza bullía un mercado distinto,
atestado de puestos donde los atlanos intercambiaban frutas de colores imposibles, telas que cambiaban de tono con la luz, y objetos pequeños y brillantes cuyo propósito Mateo no lograba adivinar ni de lejos.
El aire olía a especias desconocidas, a metal caliente, a un perfume floral que no correspondía a ninguna flor que Mateo hubiera olido jamás.
Sobre sus cabezas, surcando el cielo entre las torres con una gracia silenciosa que desmentía por completo su tamaño, se deslizaban embarcaciones que no navegaban ningún mar: naves alargadas y esbeltas, sostenidas en el aire sin vela ni remo visible,
que ascendían y descendían entre las distintas plataformas de la ciudad con la misma naturalidad con que una barcaza cruzaría el Guadalquivir.
A ras de suelo, vehículos más pequeños y compactos se deslizaban por los senderos de piedra nacarada sin ruedas visibles, flotando apenas a un palmo del suelo,
transportando mercancías o familias enteras con una suavidad que contrastaba brutalmente con el traqueteo violento de cualquier carreta castellana.
—Dios bendito —murmuró Colón, caminando junto a Mateo con la mirada disparada en todas direcciones a la vez, incapaz de decidir en qué maravilla concreta detenerse—. Si mis patrocinadores en Castilla pudieran ver esto con sus propios ojos, ningún tesoro de las Indias les parecería nunca comparable.
Tomás Ruiz, que caminaba unos pasos detrás con la vista fija en las naves voladoras, se santiguó una vez más, aunque esta vez el gesto pareció más automático que verdaderamente aterrado, la superstición cediendo terreno, poco a poco,
ante el puro agotamiento de asombrarse una y otra vez frente a lo mismo.
—Si esto es el Purgatorio, contramaestre —le dijo a Arana, que caminaba cerca sin ofrecer respuesta alguna—, entonces llevo toda mi vida rezando por la salvación equivocada.
Mateo, rezagado unos pasos del resto del grupo, aprovechó el momento para acercarse al anciano del Cónclave, que caminaba con las manos entrelazadas a la espalda y la misma calma serena con que parecía atravesar cualquier maravilla de su propia ciudad.
—Anciano —dijo, con la curiosidad venciendo por un instante al asombro que llevaba acumulando desde el amanecer—, hay algo que llevo preguntándome desde que pisamos vuestro muelle.
En mi tierra, ningún reino sobrevive mucho tiempo sin extender la mano más allá de sus propias fronteras.
Castilla guerrea con Portugal, con Francia, con los reinos moros que apenas empezamos a expulsar de nuestro propio suelo, todos peleando por tierras, por oro, por rutas de comercio que enriquezcan a unos a costa de otros.
El propio viaje del Almirante nació de esa misma hambre: nuevas rutas hacia las Indias, nuevas riquezas que Castilla pudiera reclamar antes que Portugal.
¿Cómo es que vosotros, con toda esta grandeza, jamás sentisteis la misma necesidad de cruzar el mar y reclamar lo que hubiera del otro lado?
—Una pregunta justa, muchacho —dijo, con una sonrisa que se le dibujaba despacio, como quien encuentra genuino placer en una pregunta que nadie, en toda su larga vida, había tenido ocasión de formularle—.
Sois apenas el segundo forastero que estas orillas han recibido en toda mi memoria, y el primero con la curiosidad, o quizás la osadía, de preguntarme algo semejante.
Vuestro abuelo, en los pocos días que compartimos, prefirió hablarme de su nieto y de su río antes que de los asuntos de los reinos que dejaba atrás.
—Extendió un brazo hacia el paisaje que se abría más allá de las terrazas de la ciudad, hacia las montañas distantes que se adivinaban entre la bruma—.
Decidme, ¿qué creéis que empuja a un reino a cruzar fronteras y derramar sangre ajena por lo que no le pertenece?
—La necesidad, supongo —respondió Mateo, tras pensarlo un instante—. O la codicia, cuando la necesidad ya no basta de excusa.
—Ambas son, en el fondo, la misma cosa —asintió el anciano—.
Y ambas nacen de la misma raíz: la escasez.
Un reino pelea por tierra fértil cuando la suya no alcanza para alimentar a su gente.
Pelea por oro cuando su propio suelo no lo guarda.
Pelea por rutas de comercio cuando necesita de otros pueblos aquello que el suyo no puede producir.
Atlán, muchacho, nunca conoció esa clase de hambre.
Nuestro territorio es mucho más extenso de lo que vuestros ojos, acostumbrados a la escala de vuestros reinos, logran todavía imaginar por completo.
Guiaron a Mateo unos pasos más allá, hacia un balcón abierto de la terraza que dominaba parte del valle, y el anciano señaló hacia el horizonte con un gesto amplio, casi cariñoso, de quien presenta a un viejo amigo.
—Nuestro Cónclave lo componen doce voces, Mateo, y cada una de ellas responde ante su propia región, tan distinta de las demás entre sí como lo son, según me contáis, los reinos de vuestra propia Europa.
Al norte de todo, más allá de donde el hielo en ningún momento se derrite del todo, se extiende Inuitlán: pieles que ningún invierno logra atravesar, y aguas heladas bajo las cuales duermen minerales que ni siquiera nuestros propios sabios han terminado de catalogar.
Hacia el sur, mucho más allá de donde termina la última de nuestras fronteras conocidas, se extiende Guaranitlán, una selva tan vasta que ni con nuestras naves más veloces se recorre de extremo a extremo en menos de una semana entera: maderas que ningún hacha castellana podría siquiera mellar,
y lluvias tan constantes que sus ríos parecen mares propios, corriendo eternamente hacia un océano que jamás se sacia.
Mateo escuchaba con una atención que había olvidado por completo el asombro de las torres y los mercados, absorto ya solo en la voz calma del anciano.
—Mexicatlán, más cerca de nosotros, guarda las huertas más generosas que nunca hayáis imaginado: maíz de mil variedades, cacao con el que preparamos bebidas rituales que ningún vino de vuestra tierra podría igualar en complejidad.
Y Mayatlán, el istmo que une nuestras tierras del norte con las del sur, no solo nos regala manantiales de agua tan pura que cura enfermedades que vuestros médicos ni siquiera saben nombrar, sino algo todavía más precioso para nosotros: en sus montañas se esconden los yacimientos de esmeralda,
zafiro y rubí de los que dependen, sin exagerar ni un ápice, los cristales que alimentan el propio Núcleo de esta ciudad.
Sin Mayatlán, Mateo, ninguna torre de Atlán brillaría esta noche, ninguna nave surcaría el cielo sobre nuestras cabezas.
Es, de las doce, la única región sin la cual el resto de nosotros dejaría, sencillamente, de funcionar.
—¿Y vuestras naves navegan tan lejos como para alcanzar todas esas tierras? —preguntó Mateo, pensando en las semanas interminables que la Santa María había tardado en cruzar un solo océano.
—Nuestras naves navegan tan lejos como Tainotlán, las islas cálidas que se alzan como un collar de perlas sobre las aguas templadas al norte de Mayatlán —respondió el anciano—.
Y ahí, muchacho, termina el mundo que nuestro pueblo ha decidido llamar propio.
Más allá de esas islas se extiende lo que nosotros llamamos, desde hace generaciones, el Mar de las Tinieblas: un océano que ninguna ley del Cónclave nos prohíbe cruzar por incapacidad, sino por decisión propia,
sostenida siglo tras siglo con la misma disciplina con que un hombre devoto sostiene un voto de silencio.
Vuestra propia tripulación, según me cuentan los Heraldos, prefiere llamarlo el Mar de Brea, por ese negro líquido y espeso que dicen haber visto en sus zonas más profundas.
Nombres distintos para la misma agua, muchacho, aunque sospecho que el nuestro lleva ya muchos más siglos pronunciándose que el vuestro.
Mateo guardó silencio un largo instante, intentando abarcar con la imaginación la magnitud de un territorio que se extendía, según acababa de escuchar, desde el hielo eterno del norte hasta selvas que ningún castellano había siquiera soñado,
sostenido por doce voces que jamás habían necesitado alzar una espada contra las demás para repartirse aquella abundancia.
—En mi tierra —dijo finalmente, casi para sí mismo—, ese territorio bastaría para alimentar guerras durante mil años.