El Testigo de Sevilla Y El Mar De Las Tinieblas CAPÍTULO VI La Carta del Almirante y la Flota Perdida
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CAPÍTULO VI La Carta del Almirante y la Flota Perdida

El anciano del Cónclave dejó a Mateo junto a la lápida el tiempo que este necesitó para vaciar el duelo más urgente, pero cuando el sol —si es que aquel astro difuso y filtrado a través de las nubes altas de Atlán merecía todavía ese nombre— comenzó a declinar hacia un horizonte que ninguno de los

recién llegados sabía ya distinguir del todo, el viejo posó una mano arrugada sobre el hombro del muchacho y habló con la firmeza suave de quien ha aprendido, a lo largo de una vida entera, a no forzar el paso del dolor.

—El Cónclave no os recibirá hoy, Mateo —dijo, mientras ayudaba al muchacho a incorporarse—.

Ni a vos, ni al Almirante, ni a ninguno de estos hombres que apenas si se sostienen ya en pie.

Vuestra llegada ya ha corrido de boca en boca hasta el último rincón de Atlán, y los doce sabios que componen el consejo ya vienen de camino desde sus propias tierras, algunas tan alejadas de esta orilla que ni con nuestras naves más veloces se cruzan en menos de un día entero.

Mañana, cuando el sol haya recorrido su curso completo y los doce estén finalmente reunidos, os presentaréis formalmente ante el consejo entero. Esta noche, sencillamente, dormiréis.

Colón, todavía con los ojos enrojecidos por la emoción contenida de la escena en la tumba, quiso protestar —una parte de él, la que jamás descansaba por completo, ya ansiaba presentarse ante la máxima autoridad de aquel reino imposible y comenzar a negociar su lugar en la historia—,

pero el propio cansancio de semanas enteras de travesía le cortó las palabras antes de que llegaran a formarse del todo.

Asintió, con la resignación de un hombre que reconoce, aunque le cueste, que su cuerpo ya no obedece con la misma facilidad que su ambición.

El anciano los condujo de regreso hacia el corazón de la ciudad, por un sendero distinto al que habían recorrido hasta el promontorio de la tumba, uno que descendía en suaves terrazas talladas en la misma piedra nacarada del muelle, hasta desembocar en una edificación baja y alargada,

de líneas curvas y ventanales amplios cubiertos por un material que dejaba pasar la luz sin dejar pasar el frío de la noche que ya empezaba a caer.

No tenía la altura vertiginosa de las torres principales, pero poseía una calidez que las grandes estructuras metálicas, con toda su majestuosidad, no lograban transmitir por completo.

—Este es el hogar de los viajeros —explicó el anciano—. Aquí descansan quienes llegan desde los rincones más lejanos de la propia Atlán, cuando la distancia entre sus tierras y esta orilla es demasiado grande para regresar en el mismo día. Vuestra gente lo ocupará esta noche entera.

Los Heraldos, con la misma eficiencia silenciosa que habían mostrado en el muelle, distribuyeron a la tripulación entera —Colón y Mateo, los hermanos Pinzón, Diego de Arana, Rodrigo,

Tomás y hasta el último grumete de las tres carabelas— en cuartos individuales dispuestos a lo largo de un corredor iluminado por la misma luz azulada, suave y sin llama, que Mateo ya había visto pulsar en las venas de las torres.

Cuando uno de los Heraldos abrió la puerta del cuarto que le correspondía a Mateo y le indicó, con un gesto amable, que podía entrar, el muchacho se quedó paralizado en el umbral durante un instante, incapaz de procesar del todo lo que tenía delante.

La cama —si es que aquel objeto merecía siquiera ese nombre tan modesto— ocupaba casi la totalidad del cuarto, cubierta por un material blando y mullido que cedía bajo el más leve roce de un dedo,

tan distinto de los jergones de paja apelmazada y las tablas desnudas de la Santa María que Mateo tardó un buen rato en atreverse a sentarse sobre ella, temeroso de que su propio peso, curtido por semanas de hambre y mar, pudiera de alguna manera estropear semejante prodigio.

Cuando finalmente se dejó caer sobre el colchón, un sonido ahogado, mitad risa, mitad sollozo, se le escapó del pecho sin que pudiera contenerlo.

Llevaba media vida durmiendo sobre suelos de tierra apisonada en Triana y sobre tablones húmedos en alta mar; nunca, ni en sus fantasías más desbordadas, había imaginado que un cuerpo humano pudiera descansar sobre algo tan parecido a flotar.

El cuarto, además, mantenía una temperatura templada y constante, ajena por completo al frío húmedo de la noche que Mateo sentía filtrarse, apenas atenuado, a través de los ventanales.

No había brasero, ni chimenea, ni ningún fuego visible que explicara aquel calor uniforme que parecía brotar de las propias paredes.

Mateo pasó la mano sobre la superficie lisa junto a la cama, buscando el origen de aquel prodigio, y no encontró más que una calidez constante, indiferente a sus preguntas, que le recordó, con un escalofrío distinto al del frío,

el mismo tipo de tecnología silenciosa que dormía en las ruinas junto a la tumba de su abuelo.

Fue el descubrimiento del cuarto de baño, no obstante, lo que terminó de desarmar por completo cualquier resto de compostura que Mateo hubiera logrado conservar hasta entonces.

Una pequeña estancia contigua, revestida de una piedra pulida y fría al tacto, albergaba una especie de cuenca amplia bajo un surtidor metálico rematado por una única llave.

Mateo, más por curiosidad que por verdadera comprensión de lo que tenía delante, giró aquella llave con la misma cautela con que un hombre desarma una trampa, y el agua que brotó del surtidor —tibia primero, y luego, cuando giró la llave un poco más, francamente caliente,

humeante incluso en el aire fresco del cuarto— le arrancó un grito de sorpresa tan sincero que un Heraldo, alertado por el ruido, se asomó brevemente a comprobar que todo estuviera en orden.

—¿Agua caliente... con solo girar una llave? —logró balbucear Mateo, con la mano todavía bajo el chorro, incapaz de creer plenamente lo que sus propios dedos le confirmaban—. En Triana hervíamos calderos enteros durante media tarde solo para bañar a un niño enfermo.

El Heraldo sonrió, con la misma paciencia infinita que parecía caracterizar a todos los de su orden, y se retiró sin ofrecer mayor explicación, dejando a Mateo a solas con el descubrimiento más pequeño y, aun así, uno de los más profundamente perturbadores de toda la travesía:

que existiera un mundo entero donde algo tan simple como el agua caliente no fuera un lujo reservado para los enfermos o los ricos, sino la costumbre más ordinaria y menos celebrada del día a día.

En los cuartos vecinos, el resto de la tripulación experimentaba idénticas revelaciones con reacciones que variaban tanto como los propios hombres.

Rodrigo el tuerto, según relataría más tarde con su humor negro habitual mientras se secaba el pelo empapado, se había quedado bajo el chorro de agua caliente durante tanto tiempo que un Heraldo tuvo que llamar a su puerta para asegurarse de que el viejo marinero no se hubiera ahogado de pie,

dormido por el puro placer del agua tibia sobre unos hombros que llevaban meses conociendo solo el agua salada y fría del océano.

Tomás Ruiz, por su parte, se santiguó varias veces frente al surtidor antes de atreverse a usarlo, murmurando algo sobre si aquello no sería alguna clase de bautismo pagano disfrazado de comodidad, aunque terminó, como todos,

rindiéndose al placer sencillo del agua caliente con un suspiro que sonó sospechosamente parecido a una plegaria de gratitud.

Fue ya entrada la noche, con el cuerpo limpio y el estómago satisfecho tras una cena sencilla que los Heraldos habían dejado dispuesta en cada cuarto, cuando Mateo se acercó al ventanal de su habitación y contempló, por primera vez, Atlán bajo la oscuridad.

El espectáculo lo dejó sin aliento de una manera completamente distinta a la que había sentido al desembarcar.

Durante el día, la ciudad había sido asombrosa por su escala, por la imposibilidad pura de su arquitectura.

Pero de noche, Atlán se convertía en otra cosa completamente distinta: miles, quizás decenas de miles de luces diminutas, de un cálido tono ambarino y de un frío azul pulsante, salpicaban las torres de arriba abajo, trazando constelaciones artificiales que rivalizaban, y en muchos tramos superaban,

a las propias estrellas que apenas lograban abrirse paso entre el resplandor de la ciudad.

En España, Mateo solo había conocido dos clases de luz nocturna: el fuego domesticado de una vela o un candil, tembloroso y avaro, y los relatos susurrados junto al fuego sobre fuegos fatuos, esas luces malditas que las viejas de Triana juraban ver flotar sobre los cementerios y los pantanos,

señal inequívoca de que un alma en pena vagaba sin descanso buscando el camino de regreso a la tierra de los vivos.

Nunca, en toda su vida, había visto una luz nocturna que no llevara consigo el miedo a la brujería o a la condenación.

Y, sin embargo, allí abajo, en las calles y plazas iluminadas de Atlán, no había nada que sugiriera brujería ni condenación alguna.

Mateo distinguió, incluso a aquella distancia, pequeñas figuras que se movían con la misma tranquilidad cotidiana con que cualquier sevillano recorrería el mercado del Arenal a plena luz del mediodía: familias enteras paseando junto a fuentes iluminadas,

grupos de jóvenes riendo junto a puestos que despedían un vapor apetitoso, niños correteando entre las piernas de los adultos con la misma energía inagotable de cualquier niño de cualquier época.

La noche, para los atlanos, no era el reino del miedo y la vigilia armada que era para cualquier cristiano de su tiempo.

Era, sencillamente, una continuación más amable del día.

—Es un sueño —murmuró Mateo para sí mismo, con la frente apoyada contra el cristal frío—. O es una pesadilla. Todavía no sé decidir cuál de las dos.

Cristóbal Colón, según supo Mateo al día siguiente por boca de uno de los Heraldos, había pasado buena parte de aquella misma noche exactamente en la misma postura, contemplando la ciudad iluminada desde su propio ventanal, aunque con una expresión que oscilaba, según el relato,

entre el asombro sincero y un cálculo silencioso que ningún hombre presente logró del todo descifrar.