El Testigo de Sevilla Y El Mar De Las Tinieblas Arco II La Cámara de las Tres Humanidades #4
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Arco II La Cámara de las Tres Humanidades #4

en los mangos de las navajas y los bastones que vendía a los mercaderes del barrio para ganarse el pan.

—Reconocéis el trabajo, según veo —murmuró el anciano del Cónclave, observando el rostro descompuesto de Mateo con una compasión antigua, la compasión de quien ha visto morir a demasiados hombres como para no reconocer el dolor fresco en un rostro joven—.

Llegó apoyado en ese mismo bastón, muchacho, tallado con sus propias manos mucho antes de embarcarse, en algún taller de Triana que vos mismo debisteis de conocer de niño.

Lo guardamos junto a él porque no hubo forma humana de separarlo de esa madera durante los días que compartió con nosotros.

Decía que era lo único que le quedaba de la tierra que había dejado atrás, y que quería llevarlo consigo hasta el final del camino.

Mateo se acercó a la lápida con pasos vacilantes, cada uno más pesado que el anterior, como si el propio suelo nacarado de Atlán se negara a dejarlo llegar hasta el final de aquel camino.

Cuando finalmente se dejó caer de rodillas frente a la piedra, ya no pudo contener las lágrimas que llevaba conteniendo, sin saberlo, desde la noche fría en que su abuelo había desaparecido entre las sombras de Triana.

—Murió en paz, Mateo —añadió el anciano, con una suavidad que pretendía consolar sin lograrlo del todo—.

No de enfermedad prolongada, ni de violencia, ni de ninguna de las mil maneras crueles en que un hombre puede perder la vida en este mundo.

Se apagó despacio, en apenas unos días, pero rodeado del respeto de todo el Cónclave, habiendo completado la travesía más imposible que jamás hombre alguno, de vuestro mundo o del nuestro, había logrado completar.

Eso os lo puedo asegurar con la certeza de quien lo acompañó hasta su último aliento.

Mateo extendió una mano temblorosa y acarició la superficie fría y rugosa de la lápida, sintiendo bajo las yemas de los dedos los surcos toscos de unas letras que algún Heraldo, quizás el propio anciano que ahora lo acompañaba, había grabado en un castellano imperfecto, pero perfectamente legible:

Aquí yace el Viejo de Mar, prueba de que hay mucho más allá de lo que podíamos creer.

Mateo leyó aquellas palabras dos, tres veces, y algo se le revolvió en el pecho, una punzada distinta al duelo que ya lo dominaba por completo.

—No tiene nombre —murmuró, con la voz todavía quebrada, pasando los dedos una y otra vez sobre las letras talladas como si pudiera, con la sola fuerza del tacto, obligarlas a decir algo más—. Toda esta piedra, todo este mundo entero que él cruzó él solo, y ni siquiera dejasteis grabado su nombre.

—Nunca quiso dárnoslo, muchacho —respondió el anciano, con una disculpa sincera asomándole en la voz—.

Le preguntamos, más de una vez, en esos pocos días que compartimos.

Siempre respondía con la misma media sonrisa terca, la misma que vos mismo lleváis ahora dibujada en el rostro sin saberlo: que un nombre era lo único que le quedaba enteramente suyo en este mundo,

y que prefería llevárselo consigo antes que dejarlo grabado en una piedra que ya no podría defenderlo de nada.

Mateo cerró los ojos un instante, y cuando volvió a abrirlos, en su mirada ya no quedaba solo el dolor del duelo, sino también algo parecido a una determinación tranquila, la misma terquedad silenciosa que tantas veces había visto asomar en el rostro de su propio abuelo junto al fuego de Triana.

—Tenía nombre, anciano. No era solo el Viejo de Mar, un extranjero cualquiera que las corrientes escupieron en vuestras costas.

Se llamaba Luis Gámez, del barrio de Triana, en Sevilla, y no cruzó el fin del mundo por capricho ni por locura de viejo.

Lo cruzó por amor a una familia entera de gitanos que llevaba generaciones custodiando un secreto sin más recompensa que la fe de que algún día tendría sentido.

Merece que su nombre quede en esta piedra, junto al apodo que vosotros le disteis. Los dos nombres eran él. Ninguno sobra.

El anciano guardó silencio un largo instante, contemplando al muchacho con una emoción que le humedecía los ojos nublados por las cataratas de los siglos, y finalmente asintió, despacio,

con la solemnidad de quien acepta corregir un error que llevaba seis inviernos pesándole en la conciencia sin que se atreviera a nombrarlo.

—Tenéis razón, Mateo Gámez. Y tenéis también, si así lo deseáis, el derecho de ser vos mismo quien grabe ese nombre. Ningún Heraldo, por muchos siglos que lleve custodiando la memoria de este lugar, tiene más derecho que la propia sangre a nombrar a sus muertos.

—Entonces os pido permiso, anciano, no para grabarlo yo mismo hoy, con las manos todavía temblando de la travesía y del duelo, sino para que quede escrito, cuando llegue el momento justo, que bajo el Viejo de Mar que vosotros conocisteis descansa también Luis Gámez, de Triana, Sevilla.

Quiero que ese nombre se añada a esta piedra algún día, cuando yo mismo pueda regresar aquí con las manos firmes y el corazón en paz para hacerlo con la calma que él merece.

El anciano asintió, con una solemnidad que sellaba la promesa con más peso que cualquier juramento notarial.

—Tenéis mi palabra, Mateo Gámez, y la palabra de todo el Cónclave que venga después de mí. Ese nombre se añadirá a esta piedra el día en que vos mismo decidáis que ha llegado el momento. Hasta entonces, la guardaremos exactamente como está, esperando, igual que os esperó a vos.

—Maldito viejo loco... —susurró Mateo, con la voz quebrada entre la risa y el llanto, con el pecho inflamado por un orgullo tan grande que apenas le cabía entre las costillas—.

Lo lograste. Cruzaste todo el maldito océano tú solo, sin brújulas enloquecidas, sin tres carabelas de la Corona, sin más compañía que tu propia terquedad de gitano viejo. Lo lograste, abuelo.

Detrás de él, ninguno de los presentes se atrevió a interrumpir aquel instante de duelo privado convertido, sin que Mateo pudiera evitarlo, en un espectáculo público.

Colón observaba la escena con una mezcla de respeto genuino y aquel brillo calculador que nunca lo abandonaba por completo, ya imaginando, sin duda, las implicaciones que tendría para su propia gloria el hecho de que un simple gitano de Triana hubiera completado, seis años antes que él,

la hazaña que él mismo había jurado ante la reina de Castilla.

Rodrigo, con el sombrero apretado contra el pecho en un gesto de respeto tosco pero sincero, murmuraba una oración improvisada que mezclaba sin ningún pudor el latín mal aprendido de las misas con las viejas supersticiones marineras de su oficio.

Tomás Ruiz, arrodillado unos pasos detrás de Mateo, rezaba con una devoción distinta a la del pánico que lo había dominado en el muelle, una plegaria genuina por el alma de un hombre al que nunca había conocido pero cuya hazaña, comprendía ahora con humildad renovada,

superaba con creces cualquier prodigio que él mismo hubiera atribuido al Purgatorio o al infierno.

Y Diego de Arana, apartado unos pasos del resto del grupo, contemplaba en silencio la lápida y el bastón tallado, con el mismo gesto respetuoso y contenido de un oficial que rinde homenaje ajeno sin sentirse con derecho a interrumpirlo.