El Testigo de Sevilla Y El Mar De Las Tinieblas Arco II La Cámara de las Tres Humanidades #3
22%

Arco II La Cámara de las Tres Humanidades #3

Hablamos de Sevilla, de vuestro río, de los talleres de Triana donde él mismo aprendió a tallar madera.

Le hablé de mis propios nietos, de este mismo mundo que él ya no volvería a ver.

Nos hicimos amigos, muchacho, en la manera extraña y apresurada en que dos hombres pueden hacerse amigos cuando ambos saben, sin decírselo nunca en voz alta, que el tiempo que les queda para conocerse se mide en días y no en años.

El anciano hizo una pausa larga, con la mirada perdida en algún punto más allá de las ruinas dormidas que los rodeaban, como si necesitara ordenar un recuerdo que llevaba seis inviernos sin compartir con nadie.

—Debéis entender, Mateo, lo que significó para nosotros la sola llegada de vuestro abuelo, más allá del cariño que llegamos a tenerle.

Durante generaciones enteras, desde mucho antes de que yo naciera, los atlanos crecimos creyendo una sola verdad, tan firme e incuestionable como para vosotros lo es el amanecer: que éramos los últimos hombres sobre la faz de la tierra.

Que más allá de este océano no había reinos, ni catedrales, ni guerras, ni amores, ni ningún alma humana que respirara bajo un cielo distinto al nuestro.

Construimos leyes enteras sobre esa soledad, Mateo.

Construimos una fe entera sobre ella. Y entonces, una mañana cualquiera, el mar nos escupió a un anciano gitano medio muerto que hablaba de un río llamado Guadalquivir, de una reina llamada Isabel, de guerras entre reinos que ni siquiera compartían el mismo Dios,

de ciudades tan pobladas que un hombre podía perderse en ellas durante días sin cruzarse dos veces con el mismo rostro.

—¿Y le creyeron? —preguntó Mateo, con la voz todavía ronca por el llanto reciente.

—Al principio, no —respondió el anciano, con una sonrisa triste que le arrugó todavía más el rostro—.

El Cónclave discutió durante semanas enteras si aquel hombre no sería simplemente un moribundo delirando entre fiebres, tejiendo con la agonía un mundo imaginario para no morir en la soledad que su propio cuerpo ya presentía.

Hubo quien propuso que sus palabras fueran selladas junto con él en esta misma tumba, para no perturbar la paz de generaciones de atlanos con la posibilidad aterradora de que hubiéramos estado equivocados durante siglos.

Yo mismo dudé, os lo confieso, más de una noche entera.

Pero vuestro abuelo ya no llevaba consigo el cuaderno original, muchacho; me confesó, con cierta tristeza, que os lo había entregado a vos años atrás, antes de emprender este último viaje, tal como mandaba la costumbre de vuestra familia.

Lo que sí llevaba era la memoria de toda una vida entera trazando y retratando esos mismos símbolos, generación tras generación, hasta conocer cada línea, cada curva, cada trazo de memoria mejor que su propio nombre.

Con carboncillo y un pedazo de tela, sentado en ese mismo lecho, reprodujo ante mis ojos los símbolos que decía haber heredado de un gigante llamado Halvar.

Y cuando comparamos sus trazos con los símbolos que aún dormían tallados en nuestras propias ruinas, la duda se volvió imposible de sostener.

Lo que él nos traía no era el delirio de un moribundo, Mateo.

Era una prueba. Y una prueba, una vez que se sostiene frente a los ojos de un hombre honesto, no se puede volver a desconocer.

El anciano suspiró, con el peso de seis inviernos enteros de replanteamiento pesándole todavía en la voz.

—Aquella certeza rompió algo en nosotros que tardará generaciones enteras en sanar del todo, si es que alguna vez sana.

Imaginad, muchacho, lo que sería para vuestra propia gente descubrir de pronto que el cielo que juraban vacío estaba, en realidad, lleno de otros mundos, otras almas, otras historias que jamás habían necesitado de la nuestra para existir.

Hubo atlanos que cayeron en una tristeza profunda, incapaces de sostener el peso de tanta soledad reconocida de golpe.

Hubo otros, los más jóvenes, sobre todo, que sintieron en cambio una euforia peligrosa, la fiebre repentina de querer cruzar ese mismo océano ellos mismos para comprobarlo con sus propios ojos.

El Cónclave tuvo que gobernar con mano firme esos primeros meses, para que la noticia no partiera Atlán en dos bandos irreconciliables.

Y en mitad de toda esa tormenta, vuestro abuelo agonizaba en un lecho, ajeno por completo a la revolución silenciosa que sus propias palabras habían desatado entre nosotros, preocupado únicamente, hasta su último aliento,

de si lograse o no terminar de contarme la historia completa de un río que él ya no volvería a ver en ningún momento.

Mateo guardó silencio, tratando de imaginar a su abuelo en aquel lecho extraño, rodeado de una civilización entera que se reordenaba a su alrededor sin que él, quizás, llegara siquiera a comprender por completo la magnitud de lo que estaba provocando con sus últimas palabras.

—No todo fueron discusiones de Cónclave y crisis de fe, de todos modos —añadió el anciano, y algo en su voz se aligeró de pronto, como una nube que se aparta para dejar pasar un rayo de sol inesperado—.

Los tres últimos días, cuando ya la fiebre le daba treguas cada vez más cortas, vuestro abuelo dejó de hablarme de gigantes, de diarios y de destinos ancestrales, y empezó, en cambio, a contarme historias sin importancia alguna.

Recuerdo una en particular, muchacho, que me hizo reír como no reía desde hacía décadas: la de una noche en una taberna de Triana, según él la más ruidosa y mal iluminada de todo el barrio, donde un herrero borracho lo acusó de haberle robado a su mujer con solo una mirada, y vuestro abuelo,

en lugar de negarlo o de huir, se limitó a levantar su copa de vino y a brindar por el buen gusto de la dama, lo cual, según me contó entre risas, provocó una trifulca de proporciones bíblicas que terminó con media taberna destrozada,

tres sillas rotas sobre su propia espalda y un alguacil persiguiéndolo descalzo por dos calles enteras.

El anciano soltó una risa breve, cargada todavía de un cariño genuino, casi infantil.

—Me hizo repetir esa historia tres veces distintas, en tres noches distintas, cada vez con más detalles inventados que en la anterior, hasta que ya no supe distinguir cuánto de verdad quedaba en ella y cuánto era la broma cariñosa de un viejo que sabía perfectamente que me tenía comiendo de su mano.

Y os voy a confesar algo, Mateo, que solo entenderéis del todo cuando vos mismo lleguéis a mi edad: de todas las conversaciones profundas que sostuvimos sobre gigantes, dioses caídos y el destino entero de dos humanidades, es esa historia absurda de la taberna la que más vívida guardo en la memoria.

Al final de una vida larga, muchacho, no son los grandes designios lo que más se aferra al corazón de un hombre.

Son las tonterías pequeñas que lo hicieron reír.

Vuestro abuelo murió con esa historia todavía fresca en los labios, y yo, que he enterrado ya a demasiados hombres sabios en mi larga vida, puedo aseguraros de que pocos se han ido tan en paz como se fue el vuestro, riéndose todavía de una pelea de taberna de hace más de cincuenta años.

—Por eso reconocí vuestra mirada en cuanto os vi bajar de esa nave, Mateo —concluyó el anciano, retomando el hilo de donde lo había dejado, con la voz recuperando su gravedad original—.

No es solo el parecido de la sangre. Es que llevo seis inviernos enteros esperando, sin atreverme a confesármelo plenamente, volver a ver esos mismos ojos cruzar el umbral de Atlán.

—Llevadme con él —susurró Mateo, aun sabiendo ya, en el fondo helado de su pecho, que aquella petición llegaba demasiado tarde para el reencuentro que su corazón desesperado había comenzado a imaginar apenas segundos antes—. Por favor, anciano. Llevadme a donde descansa el Viejo de Mar.

—Venid conmigo, muchacho —dijo el anciano, extendiendo una mano arrugada que Mateo tomó sin dudarlo—. Hay algo que debo mostraros, y me temo que el camino hasta allí es mucho más corto de lo que vuestro corazón está preparado para recorrer.

El anciano condujo a Mateo, seguido de cerca por un Colón que ya no disimulaba su propia curiosidad devoradora, a través de un sendero de piedra nacarada que se apartaba del bullicio del muelle y ascendía suavemente hacia un promontorio apartado, más allá de los límites visibles de la ciudad-torre.

Rodrigo y Tomás, sin que nadie se lo ordenara, pero incapaces de quedarse atrás ante la magnitud de lo que presentían que estaba a punto de revelarse, siguieron la comitiva a una distancia respetuosa,

mientras Diego de Arana cerraba la marcha con su paso calmado y su rostro perfectamente compuesto en una máscara de curiosidad genérica que no delataba absolutamente nada de lo que pudiera, o no pudiera, estar ocurriendo detrás de aquellos ojos grises.

El sendero terminaba en un pequeño claro circular, rodeado de estructuras metálicas más antiguas y silenciosas que las torres brillantes de la ciudad, cubiertas de un musgo grisáceo que sugería siglos enteros de abandono, tecnología que dormía bajo capas de tiempo sin que nadie,

ni siquiera los propios Heraldos, se hubiera atrevido a perturbarla.

En el centro exacto de aquel claro, rodeada de aquellas ruinas dormidas como un altar rodeado de columnas caídas, se alzaba una sencilla lápida de piedra tallada a mano,

tan humilde y tan fuera de lugar entre la tecnología ancestral que la rodeaba que a Mateo se le encogió el pecho de una manera que ningún monstruo marino, ningún motín religioso, había logrado provocarle hasta entonces.

Clavado en el suelo junto a la lápida, como un centinela solitario que llevaba seis inviernos cumpliendo una guardia que ya nadie recordaba haberle encomendado, se erguía un sencillo bastón de madera oscura, gastado por el uso y salpicado todavía de las manchas oscuras de la sal marina,

tallado con una filigrana de motivos que Mateo reconoció al instante, con una punzada de dolor que le atravesó el pecho como una espada: eran los mismos arabescos, las mismas flores geométricas entrelazadas que había visto tallar a su abuelo, noche tras noche junto al fuego de Triana,