Arco II La Cámara de las Tres Humanidades #2
Mateo sintió que el pecho se le encogía, aunque no dijo nada todavía, y fue Colón quien, incapaz de contener su propia curiosidad estratégica pese al asombro del momento, retomó la palabra.
Colón, todavía aturdido, pero recuperando poco a poco los reflejos de un hombre acostumbrado a negociar con reyes, no pudo evitar preguntar, con una desconfianza que no lograba disimular plenamente:
—¿No teméis que traigamos guerra a vuestras costas, Heraldo? Somos extranjeros armados, llegados sin aviso a un reino que nunca nos ha visto el rostro. ¿Cómo debemos llamaros, para no ofenderos con un nombre equivocado?
—Atlantes es el nombre que los registros más antiguos reservan para toda nuestra estirpe, desde el principio de los tiempos hasta el día en que a vos os toque morir, Almirante.
Nosotros, los que ahora mismo os damos la bienvenida, somos simplemente atlanos: los hijos de esta orilla, los que quedamos después de que la historia entera de nuestro pueblo se partiera en dos.
Un atlano de hoy es tan Atlante como lo fueron aquellos que, hace ya muchas generaciones, perdieron su primer hogar y tuvieron que levantar estas torres sobre las cenizas de todo lo que habían sido antes.
El Heraldo asintió con una calma que resultaba, en sí misma, más elocuente que cualquier respuesta larga.
—No sois los primeros hombres de vuestra tierra que las corrientes nos traen, Almirante.
Y el primero de vosotros nos enseñó, hace ya seis inviernos querido Mateo, que los hijos de esa orilla lejana no vienen a conquistar, sino a buscar algo que perdieron hace mucho más tiempo del que cualquiera de nosotros puede recordar con claridad.
Desde entonces, Atlán ya no se cree sola en el mundo.
Y un mundo que ya no está solo, viajeros, deja de ser un mundo que necesita temer a cada vela que asoma en el horizonte.
Detrás de él, el resto de los Heraldos se dispersó entre la tripulación exhausta con una eficiencia silenciosa que dejó a Mateo boquiabierto: a cada marinero, sin importar su rango ni su nación, se le ofrecía agua de un frescor imposible en cuencos de un material liviano y translúcido,
panes tibios de una textura desconocida pero reconfortante, y ungüentos que los propios Heraldos aplicaban con manos delicadas sobre las heridas y quemaduras de sol que la tripulación arrastraba desde hacía semanas.
Los hermanos Pinzón, desembarcados ya de La Pinta y La Niña, observaban la escena con la misma mezcla de alivio y desconfianza que dominaba a la mayoría de los hombres, incapaces de decidir si aquella hospitalidad sobrenatural merecía gratitud o temor redoblado.
Mateo, pese a ello, apenas prestaba atención a la generosidad de los Heraldos.
La frase del hombre de la trenza plateada —el primero de vosotros nos enseñó, hace ya seis inviernos, querido Mateo…
— le resonaba todavía en el pecho con la fuerza de un tambor de guerra, y su mirada, arrastrada por una fuerza que ya no podía seguir fingiendo que no reconocía, se había fijado en una figura solitaria que permanecía apartada del grupo,
junto a una columna de piedra oscura tallada con símbolos que a Mateo, con un vuelco brutal del corazón, le resultaron dolorosamente familiares: eran los mismos trazos geométricos, las mismas líneas parabólicas que había visto reproducidas mil veces en las páginas del diario de piel de buey.
La figura era un anciano, el más viejo que Mateo hubiera visto jamás, con una piel surcada de arrugas tan profundas que parecían los cauces secos de ríos que llevaban corriendo desde el principio de los tiempos.
Vestía una túnica más sencilla que la de los Heraldos jóvenes, de un tono ocre desgastado, y se apoyaba en un cayado de metal ceniciento para sostener el peso de un cuerpo que la propia edad parecía a punto de reclamar de un momento a otro.
Cuando sus ojos —de un color extraño, entre el gris y el violeta pálido, nublados por las cataratas de siglos— se posaron sobre Mateo, el anciano se detuvo en seco, y toda la serenidad ceremonial que había mostrado hasta entonces se quebró de golpe, sustituida por una expresión de asombro tan pura,
tan desnuda, que Mateo sintió que el suelo mismo se movía bajo sus pies.
El anciano avanzó hacia él con pasos lentos y renqueantes, apoyándose con fuerza en el cayado, y cuando estuvo lo bastante cerca como para que sus ojos nublados pudieran distinguir con claridad los rasgos del muchacho,
extendió una mano temblorosa y le rozó la mejilla con una delicadeza casi reverencial, como quien toca una reliquia que temía no volver a ver nunca.
—Esos ojos... —susurró el anciano, con una voz quebrada por la emoción y por el peso evidente de una memoria que llevaba demasiado tiempo dormida—.
Esos mismos ojos, ese mismo fuego oscuro debajo de la mirada...
Los he visto antes, muchacho. Los he visto hace tan solo seis inviernos, y sin embargo ya casi había dejado de confiar en mi propia memoria para sostenerlos con la misma claridad.
Mateo, paralizado por la mezcla de asombro y una esperanza que no se atrevía todavía a nombrar, apenas logró balbucear:
—¿A quién visteis, anciano? ¿A quién le pertenecían estos ojos antes que a mí?
—Ni siquiera necesito preguntaros vuestro nombre, muchacho —dijo el anciano, antes de responder, con una ternura repentina que le suavizó por completo el rostro—.
Vuestro abuelo lo repitió tantas veces en sus últimos días, como quien repite una plegaria para no perder la cordura, que se me quedó grabado para siempre: Mateo.
Su nieto Mateo, decía, una y otra vez, con el mismo orgullo con que un hombre habla del hijo que dejó atrás sabiendo que ya no volverá a abrazarlo.
El anciano esbozó una sonrisa que le arrugó todavía más el rostro surcado por el tiempo, una sonrisa que contenía, a partes iguales, una alegría profunda y una tristeza que Mateo no lograba todavía comprender del todo.
—A un extranjero hercúleo que las corrientes trajeron hasta estas orillas hace ya seis inviernos, muchacho, cuando yo mismo era ya lo bastante viejo como para que el Cónclave me confiara el cuidado de quienes llegan a nosotros más muertos que vivos.
Llegó solo, en una embarcación tan pequeña e improbable que el Cónclave entero se maravilló de que hubiera sobrevivido siquiera a cruzar el océano de las tinieblas.
No hablaba nuestra lengua, ni nosotros la suya al principio, pero se hizo entender con la terquedad de quien lleva media vida entera buscando algo y no está dispuesto a que un pequeño detalle como el idioma se interponga en su camino.
Nosotros, los del Cónclave, terminamos por llamarlo el Viejo de Mar, porque jamás quiso revelarnos su verdadero nombre, y porque el propio océano parecía haberlo escupido en nuestras costas como quien devuelve, después de una travesía imposible, algo que siempre le perteneció.
Cristóbal Colón, que había seguido la conversación con una atención creciente, dio un paso al frente, con el rostro todavía marcado por el pasmo, pero recuperando, poco a poco, algo de su compostura habitual de Almirante.
—¿Otro español llegó hasta aquí antes que nosotros? —preguntó, con una nota de incredulidad que no lograba disimular por completo cierta punzada de orgullo herido—. ¿Y dónde está ahora ese hombre, anciano? ¿Vive todavía entre vosotros?
El rostro del anciano, que hasta entonces había sostenido la mezcla delicada de asombro y ternura, se ensombreció de golpe, y la mano que aún descansaba sobre la mejilla de Mateo se retiró despacio,
como si el propio anciano necesitara ese instante de distancia para encontrar el valor de continuar hablando.
—Llegó a nuestras costas deshecho, muchacho —dijo finalmente, dirigiéndose ya solo a Mateo, con una voz que había perdido toda la calidez anterior para llenarse de una pena antigua y sincera—.
Ningún cuerpo humano, por terco que sea el espíritu que lo habita, sale indemne de una travesía como la que él debió de recorrer solo, sin naves que lo guiaran, sin más compañía que su propia determinación.
Llegó ya anciano, con el corazón fatigado y los pulmones llenos del agua fría que había estado a punto de tragárselo más de una vez.
Hicimos por él todo lo que nuestra ciencia y nuestra medicina, por avanzadas que sean, permiten hacer por un cuerpo que ya ha decidido, en algún rincón silencioso de sí mismo, que ha llegado al final de su camino.
No fue suficiente, Mateo. Ni con todo lo que Atlán guarda entre estas torres pudimos evitar lo que la vejez y el propio océano ya habían sentenciado mucho antes de que sus pies tocaran nuestra orilla.
Mateo sintió que el corazón se le detenía en el pecho, y que las lágrimas, contenidas hasta entonces por la fuerza pura del asombro, comenzaban a asomarle sin que pudiera hacer nada por evitarlo.
—¿Cuánto... cuánto tiempo vivió entre vosotros? —logró preguntar, con la voz reducida a un hilo.
—Apenas unos días —respondió el anciano, con una honestidad que dolía más que cualquier mentira compasiva—.
Pero fueron días suficientes, muchacho. Suficientes para que os lo pueda asegurar con el corazón tranquilo: vuestro abuelo murió sabiendo que había cumplido.
Me habló, en esos pocos días que compartimos junto a su lecho, de un gigante del norte llamado Halvar, de una familia entera de gitanos que durante generaciones habían recalcado unos dibujos que ya nadie recordaba haber calcado,
de una fe que se había sostenido durante siglos sin más prueba que la propia terquedad de no dejarla morir.
Y aquí, en esta orilla que él mismo temía que fuera solo la fiebre de un moribundo, encontró la confirmación de que ni él, ni Halvar, ni ninguno de vosotros habíais estado nunca equivocados.
Vi morir a ese hombre con una sonrisa en el rostro, Mateo.
No conozco muchos finales, en toda mi larga vida, que hayan sido tan plenos como el suyo.
El anciano guardó silencio un instante, como si necesitara reunir fuerzas para la siguiente confesión, y luego añadió, con una calidez que le devolvió algo de brillo a sus ojos nublados:
—Pasé junto a su lecho más horas de las que mis obligaciones en el Cónclave me permitían, si os soy sincero.