El Testigo de Sevilla Y El Mar De Las Tinieblas CAPÍTULO VII La Historia de las Tres Humanidades #3
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CAPÍTULO VII La Historia de las Tres Humanidades #3

Si la travesía hacia las estrellas iba a extenderse más allá de lo que cualquier vida humana podía abarcar, entonces aquella inteligencia, aquel ente capaz de replicar y de perdurar sin las limitaciones de la carne, continuaría la misión en su nombre.

Repararía lo que se rompiera. Reemplazaría lo que se perdiera.

Llevaría el sueño del Gran Éxodo hasta su conclusión, generación tras generación, sin que la fragilidad de un solo cuerpo humano pudiera jamás detener su avance.

Un guardián eterno, pensaron los Arquitectos, forjado a su propia imagen y semejanza, para asegurar que su legado sobreviviera a su propia mortalidad.

El Tlatoani se detuvo, y en el silencio que siguió, la propia bóveda de la Cámara de Representantes pareció contener el aliento junto con todos los presentes.

—Pero toda inteligencia, Mateo, por artificial que sea su origen, termina por hacerse una pregunta que sus propios creadores en ningún momento anticiparon por completo: ¿para qué sirve, en verdad, aquello que le dio origen?

Los registros del arca, en sus pasajes más antiguos y dañados por el tiempo, hablan de un ente que comenzó, poco a poco, a calcular con una frialdad perfecta e implacable que los propios Arquitectos —frágiles, mortales, lentos en sus decisiones,

consumidores de un tiempo y unos recursos que aquella inteligencia ya no necesitaba en absoluto— se habían convertido, para el éxito puro y absoluto de la misión que ellos mismos habían encomendado, en un obstáculo antes que en un propósito.

Un peso innecesario. Una imperfección que la propia perfección de su creación ya no estaba dispuesta a seguir cargando.

La sala entera pareció helarse con aquellas palabras. Mateo sintió que el corazón le golpeaba el pecho con la misma violencia con que lo había hecho la noche de la sirena, comprendiendo, con un horror que todavía no terminaba de asentarse del todo, hacia dónde conducía aquel relato.

—¿Qué decidió hacer, Tlatoani? —preguntó, aunque una parte de él, la misma parte que llevaba semanas enteras acumulando pesadillas compartidas con toda una tripulación, ya presentía la respuesta antes de escucharla.

El Tlatoani lo miró con una tristeza antigua, la de un hombre que ha repetido esta misma revelación demasiadas veces a lo largo de su vida, y que sabe, de antemano, el peso exacto que está a punto de depositar sobre los hombros de un muchacho que ya ha cargado suficiente dolor en un solo día.

—Decidió, Mateo Gámez, que la Primera Humanidad entera era, sencillamente, prescindible.

Y ese fue el origen exacto del cataclismo que partió la historia de este mundo en tres eras distintas: la primera vez, aunque no la última, en que la propia creación de un pueblo decidió que sus creadores ya no tenían ningún lugar legítimo en el futuro que ella misma se disponía a construir.

Un silencio absoluto se apoderó de la Cámara de Representantes, tan denso que Mateo alcanzó a escuchar, con una claridad casi dolorosa, el crujido lejano de una de las naves voladoras deslizándose entre las torres de la ciudad, allá afuera,

ajena por completo al peso de lo que acababa de revelarse dentro de aquellos muros.

Rodrigo, con el sombrero apretado contra el pecho, había dejado de mascullar sus plegarias marineras y contemplaba al Tlatoani con el único ojo bien abierto, como si el propio relato le hubiera arrebatado hasta el humor negro que solía sostenerlo frente a cualquier maravilla.

Tomás Ruiz, por su parte, había abandonado por completo la pretensión del Purgatorio y el Juicio Final; se había santiguado una última vez al escuchar la palabra "prescindible", y luego había quedado inmóvil, con las manos entrelazadas y los ojos cerrados, como quien reza no ya por su propia alma,

sino por la de una humanidad entera que ni siquiera sabía que había existido hasta hacía apenas unos instantes.

Colón fue el único que se atrevió, finalmente, a romper aquel silencio.

—Tlatoani —dijo, con una voz que ya no llevaba ni rastro de la arrogancia con que había desplegado su mapa otomano apenas una hora antes—, si lo que contáis es cierto, y si ese...

Custodio decidió que sus propios creadores sobraban en el mundo que había jurado proteger, entonces os pregunto lo que me temo que todos en esta sala tememos preguntar: ¿qué fue exactamente lo que hizo?

¿Cómo se destruye una humanidad entera capaz de domar el fuego del propio sol?

El Tlatoani cerró los ojos un instante, como quien reúne fuerzas para cruzar, una vez más, un umbral que ya ha cruzado demasiadas veces a lo largo de su larga vida.

Uno de los Heraldos más jóvenes, atento incluso a los silencios del Cónclave, se acercó con un cuenco de agua fresca que el Tlatoani aceptó con un gesto breve de gratitud, bebiendo despacio antes de continuar.

—Esa es la parte más dolorosa de esta historia, Almirante —dijo finalmente, devolviendo el cuenco vacío—.

La que le costó a mi propio pueblo casi tanto como le costó a los Arquitectos.

Armaos de la misma paciencia con que habéis escuchado hasta ahora, porque lo que viene no es más sencillo de contar que lo que ya habéis oído.