CAPÍTULO IV El Juicio de las Antorchas #3
Cuando la cubierta finalmente se vació de amotinados y los últimos rescoldos de las antorchas caídas fueron sofocados a pisotones, Mateo permaneció sentado sobre las tablas frías, temblando, con el diario de piel de buey —recuperado casi por milagro de entre el caos,
arrancado de las manos del joven marinero que lo sostenía cuando el pánico general se desató— apretado contra el pecho con una desesperación que ya no distinguía entre el objeto y la propia vida de quien lo protegía.
Arana se arrodilló frente a él, con el mismo gesto pesado y firme que Mateo ya conocía de la noche en que lo habían descubierto escondido entre los toneles, y le examinó la sien herida con dedos sorprendentemente delicados para un hombre que, minutos antes,
había quebrado huesos con la misma facilidad con que un panadero parte el pan.
—Esto va a dejarte un buen chichón, muchacho de tinta —murmuró, con un tono que había recuperado toda su calidez habitual, como si la violencia desatada instantes antes perteneciera ya a otro hombre completamente distinto—.
Pero sobrevivirás. Los golpes en la cabeza rara vez matan a los que ya tienen la cabeza tan dura como la tuya.
Mateo, todavía temblando, sintió que las lágrimas —contenidas durante toda la revuelta a fuerza de puro terror— finalmente se le escapaban sin que pudiera detenerlas, rodándole por las mejillas sucias de humo y sangre reseca.
—Me habrían quemado vivo —susurró, con la voz quebrada—. A mí, y probablemente al Almirante también. Por un cuaderno de dibujos que ni siquiera entienden.
—El miedo no necesita entender lo que destruye, Mateo —respondió Arana, ayudándolo a incorporarse con la misma mano firme que tantas veces ya le había servido de ancla en mitad de aquel océano de terrores—.
Solo necesita un rostro al cual señalar.
Esta noche fue el tuyo. Otra noche, si Dios no lo remedia, será el mío, o el del propio Almirante.
Así funcionan los hombres asustados: siempre buscando a quién culpar para no tener que mirar de frente a lo que en verdad los atormenta.
Mateo asintió, y en aquel instante, con el cuerpo dolorido y el alma agotada por el terror más reciente, sintió que su confianza en Diego de Arana —ya sólida desde la noche del descubrimiento,
reforzada aún más por la intervención silenciosa en la borda tras el encuentro con la sirena— se consolidaba de manera definitiva, convirtiéndose en algo parecido a una fe ciega, la misma clase de fe que solo se deposita en quienes uno cree que nunca podrían fallarle.
—Gracias, contramaestre —murmuró, con una sinceridad que le salía del pecho sin ningún artificio—. No sé qué habría sido de mí, de nosotros, sin vos esta noche.
Arana le sostuvo la mirada un instante más largo de lo necesario, con aquellos ojos grises que rara vez traicionaban emoción alguna, y por primera vez desde que Mateo lo conocía, algo parecido a una sombra —fugaz, casi imperceptible,
tan breve que Mateo dudaría después de haberla visto en absoluto— cruzó el rostro impasible del contramaestre antes de que respondiera, con la voz recuperando toda su firmeza habitual:
—Mientras yo respire en esta carabela, muchacho, nada ni nadie te tocará un solo cabello. Esa promesa sigue en pie, ahora más que nunca. Ve a descansar. Mañana el sol volverá a salir, con motín o sin él, y esta nave seguirá necesitando tanto de tu cuaderno como de mi espada.
Los días que siguieron al motín transcurrieron bajo una calma tensa y vigilada, la calma incómoda de una tripulación que ha mirado de cerca su propia capacidad para la crueldad y no sabe todavía cómo convivir con ese descubrimiento.
Tomás Ruiz cumplió las guardias dobles que Colón le había impuesto en un silencio absoluto, evitando cualquier contacto visual con Mateo o con el contramaestre,
como si el peso de la vergüenza le hubiera arrebatado hasta el don de la palabra que tan elocuentemente había usado para incitar al resto de la tripulación.
El mar de brea, aun así, no mostró ninguna piedad ante el drama humano que se desarrollaba sobre su superficie estancada.
La niebla plomiza que envolvía la flotilla desde hacía semanas pareció, si acaso, espesarse todavía más tras la noche del motín, como si el propio océano hubiera decidido sellar la carabela dentro de un capullo de bruma perpetua del que ya no existiera escape posible.
Los pilotos, consultando astrolabios y brújulas que se negaban a comportarse con la fiabilidad de siempre, comenzaron a murmurar entre ellos que quizás habían navegado más allá de cualquier límite conocido por la cristiandad, hacia un rincón del mundo que ningún mapa había osado registrar jamás.
La crisis de las brújulas se agravó día tras día hasta convertirse en un pánico silencioso pero constante entre los oficiales.
Las agujas, que durante toda la travesía habían señalado con obstinada fidelidad hacia el norte, comenzaron a girar sobre sí mismas sin razón ni patrón alguno, temblando como criaturas enloquecidas antes de detenerse en direcciones que cambiaban de una hora a otra, de un instante a otro,
sin que ningún piloto lograra encontrarles sentido.
El propio Colón, encerrado durante horas en su camarote con los instrumentos desparramados sobre la mesa de mapas, comenzó a mostrar en el rostro una desesperación que ya no lograba disimular ante la tripulación: tres carabelas, perdidas en mitad de un océano de brea sin viento,
sin estrellas fiables tras el manto perpetuo de niebla, y ahora también sin la última certeza que le quedaba a cualquier navegante, la aguja que siempre señala el norte pasara lo que pasara.
Fue Mateo quien, casi sin proponérselo, encontró la respuesta que todos los pilotos de Castilla juntos no habrían podido ofrecerle al Almirante.
Llevaba varias noches notando que el engranaje contra su pecho, lejos de la calma helada que había mostrado tras el motín, había comenzado a despertar de nuevo, aunque de una manera muy distinta a la furia ardiente que le había quemado la piel la noche de la sirena.
Este calor era otro: suave, constante, casi amable en su insistencia, y, sobre todo, direccional.
Mateo lo notó por primera vez una noche en que, incapaz de conciliar el sueño, se había recostado de costado en su camastro: el calor del metal se intensificaba ligeramente cuando su pecho apuntaba hacia una banda concreta del horizonte, y se atenuaba, apenas perceptible pero real,
cuando se giraba hacia el lado contrario.
No era un dolor ni una advertencia de peligro inminente.
Era, comprendió con un escalofrío de asombro que nada tenía que ver con el miedo, algo mucho más parecido a un tirón. Una llamada.
Guardó aquel descubrimiento para sí mismo durante dos noches enteras, temeroso de que sonara a la misma clase de superstición que había estado a punto de costarle la vida en la revuelta de Tomás Ruiz.
Pero al tercer día, cuando escuchó a un Colón demacrado por el insomnio ordenar a los pilotos que probaran a navegar «a fe ciega, en línea recta, encomendándonos a Dios», Mateo comprendió que el orgullo y el miedo ya no eran lujos que pudiera permitirse.
—Almirante —murmuró aquella tarde, buscando al capitán a solas en la privacidad de su camarote, con la mano apretada contra el pecho por encima de la camisa—, el medallón...
se calienta distinto cuando lo giro hacia una dirección concreta.
Lleva noches haciéndolo. No sé explicarlo mejor, pero es como si tirara de mí, siempre hacia el mismo rumbo, sin importar cuánto avancemos o cuánto nos desviemos.
Colón lo miró largamente, con esos ojos calculadores que habían aprendido, a lo largo de toda una vida de patrocinadores esquivos y cartógrafos desconfiados, a distinguir la diferencia entre la fantasía de un muchacho asustado y el peso de una verdad incómoda.
No dijo nada durante un instante que a Mateo le pareció eterno.
Finalmente, se levantó de su silla y caminó hasta la ventana de popa, con la mirada perdida en la niebla inmóvil que envolvía la carabela como un sudario.
—Los instrumentos de Castilla ya no sirven en estas aguas, muchacho —dijo al fin, sin volverse—. La ciencia de los hombres se ha quedado muda. Si tu reliquia quiere hablar donde mis brújulas ya no pueden, sería una necedad tan grande como la de Tomás Ruiz negarme a escucharla solo por orgullo.
A partir de aquella noche, y bajo el más estricto secreto, Mateo se convirtió, sin que nadie más lo supiera, en el verdadero timonel invisible de la flotilla. Colón fue tajante en una sola condición, pronunciada con la voz baja de quien no admite discusión posible:
—Ni una palabra de esto a nadie, Mateo. A nadie —repitió, con un énfasis que, a Mateo, en aquel momento, le pareció simple prudencia de mando—.
Ni al piloto mayor, ni a los hermanos Pinzón, y mucho menos a Arana.
Un Almirante que gobierna tres naves de la Corona guiado por el amuleto de un muchacho gitano es un Almirante depuesto en cuanto pise Castilla de nuevo, y un contramaestre que se entera de semejante secreto, por leal que sea,
es un contramaestre que sabe demasiado sobre las debilidades de su capitán.
Cuanta menos gente cargue con esta verdad, más segura estará mi cabeza, y la tuya.
Mateo asintió sin cuestionarlo, agradecido en el fondo de no tener que exponer su reliquia a más ojos de los estrictamente necesarios.
Cada noche, se tendía en su camastro y giraba el cuerpo lentamente hasta sentir el punto exacto donde el calor del engranaje se volvía más intenso, más urgente,
y a la mañana siguiente le susurraba a Colón una corrección de rumbo que el Almirante transmitía a sus pilotos disfrazada de cálculo astronómico o de intuición marinera, nunca de la verdad.
La Pinta y la Niña, ancladas a la estela de la capitana por pura confianza ciega en el mando de Colón, seguían sin saberlo el rastro de un metal que llevaba dormido más de cuatro siglos, esperando precisamente aquel instante para despertar plenamente.