El Testigo de Sevilla Y El Mar De Las Tinieblas CAPÍTULO IV El Juicio de las Antorchas #4
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CAPÍTULO IV El Juicio de las Antorchas #4

Mateo, en las noches que siguieron, no pudo evitar preguntarse qué habría pensado su abuelo Luis de todo aquello: del engranaje despertando contra su pecho, de las brújulas cristianas enloquecidas, de un muchacho de Triana convertido, sin quererlo, en el rumbo secreto de tres naves de la Corona.

Recordó las palabras del viejo junto a la fogata, la advertencia sobre un navegante terco que algún día tendría que encontrar, y por primera vez comprendió, con una mezcla de vértigo y orgullo, que quizás no estaba cumpliendo un encargo cualquiera,

sino el capítulo más reciente de una misión que su familia llevaba generaciones custodiando sin conocer nunca su verdadero alcance.

Fuera lo que fuese lo que su abuelo hubiera imaginado para él aquella noche en Triana, Mateo sintió, por primera vez desde que había subido a la Santa María, que no navegaba a ciegas hacia lo desconocido.

Navegaba hacia algo. Y ese algo, fuera lo que fuese, ya sabía que él se acercaba.

Mateo, en aquellos días de espera angustiosa, pasaba las horas junto a la borda observando aquella niebla inmóvil con una mezcla de terror y una fascinación extraña, casi hipnótica, que no lograba explicarse del todo.

El calor del engranaje, noche tras noche, se volvía un poco más intenso, un poco más urgente, como si aquel metal antiguo presintiera que la distancia que aún los separaba de su destino se acortaba a cada legua.

Mateo no podía saber entonces que aquella intensidad creciente no era todavía la señal definitiva, sino apenas el preludio del despertar más violento de todos, la quietud última antes de que el mundo que conocía se partiera en dos para siempre.

Fue al tercer día después del motín, en las horas más oscuras y silenciosas justo antes del amanecer, cuando la niebla que había aprisionado a la flotilla durante semanas enteras comenzó, por primera vez, a moverse.

No se disipó de manera gradual, como cualquier bruma natural cede ante el calor creciente del sol.

Se abrió, más bien, como una cortina descorrida por una mano invisible y colosal, retirándose en jirones que se enroscaban sobre sí mismos con una velocidad antinatural,

revelando fragmentos del mundo exterior de manera tan abrupta que varios hombres de guardia soltaron gritos ahogados de puro asombro antes incluso de comprender qué era exactamente lo que estaban contemplando.

Mateo, que dormitaba a medias junto a la borda con el diario apretado contra el pecho, despertó sobresaltado por el clamor creciente de voces en cubierta y se incorporó justo a tiempo para presenciar, con los ojos muy abiertos y el corazón detenido en el pecho,

la revelación que aguardaba al otro lado de aquella niebla eterna.

Ante la proa de la Santa María, emergiendo del mar de brea como si el propio océano las hubiera parido en ese instante preciso, se alzaban unas estructuras cuya escala desafiaba cualquier comparación conocida por la mente humana.

Torres de un metal ceniciento y mate, tan altas que sus cúspides se perdían todavía entre los últimos jirones de niebla que se resistían a marcharse por completo, se elevaban desde el agua en formaciones geométricas que no se parecían a ninguna fortaleza,

catedral o palacio que Mateo hubiera visto jamás, ni en Sevilla ni en los grabados de los libros más eruditos que había hojeado a escondidas en su vida anterior en Triana.

Las superficies de aquellas torres captaban la luz mortecina del amanecer con un brillo apagado, casi líquido, como si el propio metal respirara.

Un silencio absoluto se apoderó de la cubierta entera, un silencio muy distinto al silencio cargado de terror que había reinado durante semanas de estancamiento; era, más bien, el silencio reverencial y aterrado de hombres que comprenden, en el fondo de sus almas curtidas por el mar y por la fe,

que están contemplando algo que ningún ser humano tenía derecho a contemplar, algo que pertenecía a un orden de existencia completamente ajeno al de sus catedrales de piedra y sus dioses de sermón dominical.

Cristóbal Colón emergió de su camarote con el rostro desencajado, olvidando por completo cualquier protocolo de autoridad o compostura, y se plantó junto a Mateo en la proa, con los ojos fijos en aquellas torres imposibles que se recortaban contra el cielo del amanecer.

—Dios misericordioso... —susurró el Almirante, con una voz que Mateo nunca le había escuchado antes, despojada de toda la arrogancia calculadora que lo había definido desde Sevilla, reducida ahora a la fragilidad genuina de un hombre frente a lo verdaderamente incomprensible—.

¿Qué clase de reino es este, Mateo? ¿Qué clase de mano humana pudo levantar semejantes murallas?

Mateo, con el diario apretado contra el pecho y el engranaje ardiendo bajo su camisa con una intensidad que superaba de golpe todo lo sentido en los días anteriores, un calor que ya no anunciaba peligro ni marcaba un simple rumbo, sino algo mucho más parecido al reconocimiento,

como si aquel metal antiguo hubiera esperado toda una vida, todas las vidas de su estirpe, precisamente por aquel instante, no encontró ninguna respuesta que ofrecerle a su capitán.

Solo pudo quedarse allí, de pie en la proa de la Santa María, contemplando las titánicas estructuras cenicientas que emergían del mar de brea como los huesos desenterrados de un dios olvidado,

sintiendo con una certeza que le recorría cada fibra del cuerpo que el viaje que su abuelo Luis le había encomendado junto a la fogata de Triana, hacía ya tantos años, estaba a punto de revelarle su verdadero y aterrador propósito.