CAPÍTULO IV El Juicio de las Antorchas #2
—¡Sacad al brujo de su escondite! —bramó una voz que Mateo reconoció como la de Tomás, ahora despojada de toda la solemnidad calculada de sus sermones y reducida a un grito ronco, casi animal—.
¡Sacad también al Almirante que lo protege!
¡Esta noche limpiamos esta nave del Maligno o nos hundimos todos con él!
La puerta del pequeño camarote donde Mateo dormía se abrió de una patada, astillando el marco, y una decena de manos lo sacaron a rastras hacia la cubierta antes de que pudiera siquiera incorporarse del todo.
El morral con el diario se le escapó de entre los dedos en el forcejeo, y el grito de espanto que soltó al verlo caer sobre las tablas mojadas se perdió entre el clamor de la multitud enfurecida que ya se congregaba bajo la luz naranja y temblorosa de media docena de antorchas.
Colón, arrastrado de manera similar desde su propio camarote, apareció segundos después, con el jubón a medio abrochar y el rostro descompuesto por una furia que apenas lograba camuflar el miedo genuino que también lo dominaba.
Los hombres los rodearon a ambos en un círculo cerrado, cada rostro iluminado desde abajo por las llamas, deformado en una máscara de terror religioso que resultaba, si cabía, más aterradora que cualquier criatura marina que Mateo hubiera contemplado bajo la niebla.
—¡Traed el libro! —ordenó Tomás, con los ojos desorbitados y una cruz de madera apretada contra el pecho con tanta fuerza que los nudillos se le habían vuelto blancos—.
¡Quememos primero el grimorio, y luego que Dios decida qué hacer con el gitano y con el capitán que vendió nuestras almas por llegar antes a las Indias!
Uno de los marineros más jóvenes, temblando casi tanto como el propio Mateo, recogió el morral del suelo y extrajo el diario de piel de buey, sosteniéndolo en alto como si fuera una serpiente venenosa que pudiera morderle en cualquier instante.
Un rugido de aprobación recorrió al grupo, un sonido gutural y colectivo que a Mateo le pareció, en aquel instante de pánico absoluto, mucho más parecido al chillido mental de la sirena que a ninguna voz verdaderamente humana.
—¡No toquéis ese cuaderno! —gritó Mateo, encontrando en algún rincón de su terror una voz que no sabía que poseía—. ¡No sabéis lo que contiene, no sabéis lo que representa para mi familia, para...!
Un golpe seco en la sien lo derribó de rodillas antes de que pudiera terminar la frase.
El sabor a sangre, ya familiar después de la noche de la sirena, volvió a inundarle la boca, y por un instante el mundo se redujo a un zumbido sordo y a las luces anaranjadas de las antorchas bailando enloquecidas ante sus ojos entrecerrados.
—¡Atadlos a los dos al palo mayor! —ordenó Tomás, alzando los brazos como un predicador poseído por una visión apocalíptica—. Quemaremos primero sus pecados de papel, y después decidiremos si el fuego se los lleva también a ellos antes de que amanezca.
Fue en ese instante preciso, cuando las manos ávidas ya se cerraban sobre los brazos de Mateo y Colón para arrastrarlos hacia el mástil, cuando una voz cortó el clamor de la multitud con la frialdad exacta de una hoja recién templada.
—Al primer hombre que toque ese cuaderno, le arranco la mano del brazo con mi propia espada.
Diego de Arana emergió de entre las sombras del castillo de popa con un paso tan calmo, tan absolutamente desprovisto de prisa o vacilación, que resultaba casi más inquietante que la propia turba enardecida.
No llevaba antorcha; no la necesitaba. Su figura, alta y erguida, pareció absorber la luz de las llamas ajenas sin reflejarla por completo, proyectando sobre la cubierta una sombra que, a Mateo, en el terror confuso de aquel instante,
le pareció durar un latido más de lo que cualquier sombra normal debería durar.
Tomás, envalentonado por el fervor de sus propios seguidores, se plantó frente al contramaestre con la cruz de madera todavía apretada contra el pecho.
—Contramaestre Arana, esta no es cuestión de disciplina naval. Es cuestión de la salvación de nuestras almas. Ese cuaderno es brujería pura, y el muchacho que lo protege...
No llegó a terminar la frase. Con un movimiento tan rápido que ni Mateo ni ninguno de los presentes alcanzó a seguir del todo con la mirada, Arana desarmó al marinero más cercano a Tomás —un hombre corpulento que sostenía un hacha de abordaje en alto,
listo para amenazar— y lo derribó de un solo golpe seco contra las tablas, dejándolo inconsciente antes de que su cuerpo terminara de caer.
El hacha voló por los aires y se clavó, vibrando, en la madera del mástil, a un palmo escaso de donde Colón permanecía inmovilizado.
El silencio que siguió a aquel golpe fue absoluto, roto únicamente por el crepitar de las antorchas y el gemido bajo del hombre derribado.
Ningún marinero, por devoto o enardecido que estuviera, había visto nunca a un solo hombre moverse con semejante velocidad y precisión letal, capaz de desarmar y derribar a un artillero robusto en el tiempo que tarda un parpadeo en completarse.
—Esta nave tiene un capitán, y ese capitán tiene un contramaestre que responde solo ante él y ante la Corona —continuó Arana, con la misma voz gélida, avanzando un paso más hacia el corro de amotinados sin que ninguno se atreviera ya a cerrarle el camino—.
No ante un marinero de Moguer que confunde sus propias pesadillas con la voluntad de Dios.
Sueltan a esos dos hombres ahora mismo, o cada uno de vosotros conocerá exactamente el mismo destino que acabo de mostraros con mi mano desnuda.
Dos marineros más, envalentonados quizás por el número o cegados por el fervor religioso que ya no admitía retirada, se lanzaron contra el contramaestre casi al unísono, armados con cuchillos cortos de trabajo.
Lo que ocurrió después quedaría grabado en la memoria de Mateo con una nitidez que ni el paso de los años lograría desdibujar por completo: Arana esquivó la primera cuchillada con un movimiento de torso tan económico que apenas pareció moverse,
quebró la muñeca del segundo atacante con un giro seco que arrancó un grito desgarrador al hombre, y lanzó al primero contra el mamparo con una fuerza que no debería caber en el cuerpo de un solo hombre, por entrenado que estuviera en las artes de la guerra.
Mateo, todavía de rodillas y con la sien palpitándole del golpe recibido, sintió en ese instante un escalofrío que nada tenía que ver con el miedo al motín ni con el frío de la noche.
Fue apenas un pensamiento fugaz, apenas un susurro de inquietud que se disolvió casi tan rápido como había surgido, ahogado por el alivio inmediato de ver a su protector derribando a los amotinados uno tras otro: ningún hombre debería moverse así.
Pero el pensamiento, una vez sembrado en algún rincón oscuro de su mente, no llegó a desaparecer del todo, sino que se quedó allí, dormido, esperando el momento en que Mateo tuviera la lucidez y la distancia necesarias para volver a desenterrarlo.
El resto de la revuelta se desmoronó con la misma rapidez con que se había encendido.
Al ver a tres de sus compañeros más fuertes derribados en cuestión de segundos por un solo hombre, el resto de los amotinados —hombres valientes frente a tormentas y criaturas marinas, pero incapaces de sostener su furia frente a una demostración tan absoluta de superioridad física— retrocedieron,
dejando caer armas y antorchas al suelo con un estrépito metálico que resonó como una confesión colectiva de derrota.
Solo Tomás permaneció de pie, temblando, con la cruz de madera todavía apretada contra el pecho, aunque ya no con la convicción del profeta sino con el miedo puro y desnudo de un hombre que comprende, demasiado tarde, que ha jugado su vida en una apuesta perdida.
—Contramaestre, os lo suplico, comprended el miedo de estos hombres —balbuceó, con la voz quebrada—. No hemos dormido en semanas. Cada noche los mismos sueños, el mismo ojo que nos mira desde el fondo del mar. Solo queríamos...
—Solo queríais quemar vivo a un muchacho de veintidós años y a vuestro propio Almirante, guiados por el sermón de un marinero sin rango que confunde el insomnio con la profecía —lo interrumpió Arana, sin alzar la voz, aunque cada palabra cayó sobre la cubierta con el peso de una sentencia—.
Esta noche habéis cometido un delito capital, Tomás Ruiz.
Motín, agresión a un oficial de la Corona y a su Almirante, y conato de asesinato.
La ley del mar me autoriza a colgaros de la verga esta misma noche, ante los ojos de vuestros compañeros, como escarmiento.
Un murmullo aterrado recorrió a los hombres que aún permanecían en pie, y Tomás cayó de rodillas sobre las tablas húmedas, con la cruz temblándole entre los dedos,
cualquier resto de fervor apocalíptico completamente evaporado y reemplazado por el terror mundano y concreto de un hombre que comprende que va a morir.
Fue Colón, incorporándose con dificultad y sosteniéndose el hombro dolorido tras el forcejeo, quien intervino en ese instante, apoyando una mano sobre el brazo de su contramaestre.
—Guardad esa sentencia, Arana. Necesitamos hasta el último hombre con vida si queremos completar esta travesía y regresar algún día a España para contarlo.
—Se volvió hacia Tomás, y su voz, aunque todavía cargada de una ira contenida, se templó lo suficiente como para sonar casi paternal—.
Pero óyeme bien, Tomás Ruiz, y que lo oigan todos los que esta noche empuñaron un arma contra mí: la próxima vez que la superstición os nuble el juicio hasta el punto de levantar un cuchillo contra vuestro capitán, no habrá clemencia posible.
Trabajaréis el doble de guardias durante lo que resta de travesía, y el primer indicio de otro sermón de fuego y azufre os costará la lengua, si no la vida entera.
Arana no discutió la decisión de su Almirante, aunque Mateo, observando con atención desde el suelo, creyó percibir en el rostro del contramaestre —apenas un instante, apenas un parpadeo— algo que se parecía extrañamente a la decepción, como si hubiera preferido, de haber tenido la última palabra,
que la sangre de aquella noche no se detuviera en simples heridas.