CAPÍTULO IV El Juicio de las Antorchas
El amanecer que siguió a la noche de la sirena no trajo consuelo alguno.
El cielo plomizo, en lugar de disolverse con la llegada de la luz, pareció espesarse todavía más, como si la propia claridad del día tuviera que abrirse paso a la fuerza a través de un velo que no quería ceder.
Mateo cruzó la cubierta con las piernas todavía temblorosas y el sabor a sangre reseca pegado al paladar, y le contó a Colón, en la intimidad tensa del camarote de popa, cada detalle de lo que había presenciado: el rostro sin ojos, la boca cosida de agujas, el chillido que no cruzaba el aire,
sino que se le clavaba directamente detrás de la frente.
El Almirante lo escuchó en silencio absoluto, con las manos entrelazadas sobre la mesa de mapas y la mandíbula tensa, y cuando Mateo terminó de hablar, Colón no dijo una palabra durante un largo rato. Finalmente, se limitó a murmurar, con una voz que por primera vez sonaba genuinamente cansada:
—Guárdate esa historia, muchacho. Estos hombres ya están al borde de un abismo que no necesita empujones.
Pero los secretos, en un espacio tan reducido como el de una carabela, tienen la textura del agua: se filtran por cualquier grieta, por diminuta que sea.
Rodrigo, fiel a su palabra, no dijo una sola sílaba sobre lo ocurrido en la borda aquella noche.
Pero su silencio, paradójicamente, resultó más elocuente que cualquier confesión.
El viejo tuerto, que durante semanas había sido de los hombres más ruidosos y desdeñosos de la tripulación, se volvió una sombra callada que ya no buscaba pendencia con nadie, que rezaba en voz baja antes de cada guardia y que, cuando cruzaba con Mateo en la cubierta,
le dedicaba un asentimiento breve y grave, cargado de un respeto que no pasó desapercibido para nadie.
Los hombres, privados de una explicación, pero no de sus propios ojos, comenzaron a atar cabos equivocados con la velocidad desesperada de quien necesita encontrar sentido a cualquier precio.
Alguien había visto una mancha oscura, casi negra bajo la luz de la luna, en las tablas donde Mateo había caído aquella noche; alguien más juraba haber escuchado un grito ahogado poco antes del amanecer.
Y cuando dos marineros que hacían guardia lejos de la escena compararon sus retazos de rumor con el cambio abrupto en el comportamiento de Rodrigo, la historia que terminaron por construir entre susurros no se parecía en nada a la verdad, pero resultaba, a su manera torcida, mucho más aterradora.
Fue Tomás Ruiz, un marinero de mediana edad oriundo de Moguer, quien le dio forma definitiva a aquel miedo disperso.
Tomás no era un hombre de mar particularmente distinguido —ni maestre, ni piloto, ni siquiera artillero de renombre—, pero poseía algo que en aquel ambiente enrarecido pesaba más que cualquier rango: una voz grave y solemne, curtida en los responsos de las misas de difuntos,
y una memoria prodigiosa para los pasajes bíblicos que citaba de corrido, sin titubear jamás, como si llevara las Escrituras tatuadas bajo la piel.
Desde los primeros días de la travesía, Tomás había mirado con recelo el cuaderno de piel de buey que Mateo llevaba siempre consigo.
Le repugnaban aquellos símbolos que no se parecían a ninguna letra latina ni a ningún alfabeto conocido, aquellas líneas parabólicas y geometrías extrañas que a sus ojos de hombre devoto solo podían significar una cosa: brujería.
Durante semanas, había mantenido su desconfianza en el terreno seguro del murmullo, pero la noche de la sirena —de la que él, como todos, solo conocía fragmentos deformados— encendió en su interior la mecha que llevaba meses esperando prender.
—El demonio ha subido a bordo —comenzó a decir Tomás, primero en voz baja junto al fuego de la cocina, luego con más fuerza durante las guardias nocturnas, y finalmente, al cabo de pocos días, con la autoridad inapelable de un profeta convencido de su propia revelación—.
Lo hemos traído nosotros mismos, sin saberlo, escondido en las páginas de ese cuaderno maldito.
¿No lo veis? Desde que ese libro de runas paganas subió a esta nave, el viento nos abandonó, el mar se volvió brea, el Leviatán despertó bajo la quilla y ahora los hombres caminan dormidos hacia la muerte, llamados por voces que no son de Dios.
Ese gitano no es un amanuense, hermanos.
Es el instrumento del Maligno, y ese cuaderno es su grimorio.
Las palabras de Tomás encontraron en la tripulación un terreno fértil, abonado ya por semanas de pesadillas compartidas, de sueños idénticos sobre ojos gigantescos y estructuras imposibles, de un miedo que llevaba tanto tiempo sin nombre propio que cualquier explicación, por disparatada que fuera,
resultaba preferible a seguir viviendo en la incertidumbre.
El miedo a lo desconocido descubrió Mateo con horror en aquellos días, era mucho más fácil de sobrellevar cuando se le podía poner un rostro humano y una acusación concreta.
Y él, con su piel morena, sus orígenes gitanos y su cuaderno de símbolos indescifrables, resultaba el rostro perfecto para todo el terror que aquellos hombres ya no podían contener.
Mateo sintió el cambio en el ambiente de la nave con una claridad que le heló la sangre.
Las conversaciones se cortaban ahora no por curiosidad ni desprecio, como en los primeros días, sino por un miedo genuino, casi religioso, que le seguía a cada paso.
Los hombres se persignaban al verlo pasar, murmuraban oraciones en latín mal pronunciado, y más de uno le lanzaba miradas que ya no contenían el simple rencor de antaño, sino algo mucho más peligroso: la convicción absoluta de estar frente a un instrumento del Averno.
Durante casi una semana, la paranoia religiosa creció como una marea silenciosa, alimentada noche tras noche por nuevas pesadillas y por la persistencia obstinada del mar de brea, que se negaba a devolverles el viento y el oleaje familiar.
Colón, consciente del peligro que representaba aquel fervor creciente, intentó sofocarlo con la única herramienta que le quedaba: su propia autoridad.
—No hay demonios en esta nave, solo hombres cansados y un océano que pone a prueba hasta al más devoto de los cristianos —proclamó una tarde ante toda la tripulación reunida en cubierta, con la voz firme y los ojos fijos en Tomás, a quien no nombró, pero a quien todos entendieron que se dirigía—.
El muchacho que lleváis por amanuense trabaja bajo mis órdenes directas y bajo la protección de la Corona.
Cualquier hombre que le ponga una mano encima responderá ante mí, y ante Dios, por el motín que estará cometiendo contra su capitán.
El discurso, sin embargo, careció del efecto que Colón esperaba.
Los hombres escucharon con los rostros pétreos, y en más de una mirada, Mateo pudo leer un pensamiento no dicho, pero perfectamente audible: que un Almirante que defendía a un brujo con tanto ahínco bien podría estar él mismo comprometido con las fuerzas oscuras que atormentaban la travesía.
La superstición, una vez desatada, no distingue entre autoridades legítimas y cómplices sospechosos; devora todo lo que encuentra a su paso, sin importar rango ni estandarte real.
Aquellas noches, Mateo apenas dormía. Se sentaba en su rincón, con el diario apretado contra el pecho y el engranaje frío —extrañamente frío, comprendería después con una punzada de inquietud retrospectiva,
como si aquel metal antiguo permaneciera indiferente al miedo puramente humano que se cocinaba a su alrededor, reservando su calor únicamente para amenazas de una naturaleza muy distinta—,
escuchando a través de los tablones el rumor bajo de las conversaciones que ya no se molestaban demasiado en ocultarse.
Escuchó la palabra «hoguera» pronunciada más de una vez.
Escuchó la palabra «purgar». Y una noche, la más helada de todas, escuchó su propio nombre unido a la palabra «sacrificio», pronunciada con la misma naturalidad con que un carnicero habla de una res.
Diego de Arana, durante aquellos días, se mantuvo extrañamente silencioso respecto al fervor creciente.
No intervino en los sermones improvisados de Tomás, no reprendió abiertamente a los hombres que se santiguaban al paso de Mateo, y cuando el propio Colón le pidió opinión sobre cómo proceder, el contramaestre respondió con una calma que, en su momento,
Mateo interpretó como la prudencia templada de un hombre que prefiere dejar que el fuego se consuma antes de intervenir con torpeza.
—Dejadlos hablar, Almirante —había dicho Arana, con los brazos cruzados y la mirada perdida en el horizonte plomizo—.
Los hombres necesitan gastar su miedo en palabras antes de que lo gasten en cuchillos.
Interrumpirlos ahora solo confirmaría sus sospechas.
Yo vigilaré de cerca. Si la cosa se sale de cauce, actuaré con la fuerza necesaria, y no antes.
Era un consejo razonable, pensó Mateo entonces, pronunciado con la misma frialdad calculadora que Arana aplicaba a cualquier decisión táctica a bordo.
Solo mucho más tarde, cuando ya fuera demasiado tarde para cambiar el curso de nada, se preguntaría si aquella paciencia no había sido, en realidad, algo mucho más cercano a la indiferencia de quien observa un incendio que él mismo desea que arda un poco más antes de apagarlo.
La revuelta estalló al octavo día del sermón de Tomás, en la negrura más profunda de la madrugada, cuando la vigilia y el miedo habían erosionado ya cualquier resto de disciplina naval que aún quedara entre los hombres.
Mateo despertó de un sueño poco profundo al escuchar un rumor de pasos que no se parecía a ninguna guardia habitual: demasiados, demasiado apresurados,
acompañados por el chasquido metálico de armas siendo desenvainadas y el crepitar inconfundible de antorchas encendidas contra toda norma de seguridad en un barco de madera.
El corazón le dio un vuelco tan violento que por un instante creyó que el propio pecho iba a partírsele, y el engranaje, como si respondiera a su terror con una simpatía cruel, permaneció frío, indiferente,
negándole cualquier advertencia útil sobre el peligro puramente humano que se le venía encima.