El Testigo de Sevilla Y El Mar De Las Tinieblas CAPÍTULO III El Abismo y las Pesadillas del Leviatán #4
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CAPÍTULO III El Abismo y las Pesadillas del Leviatán #4

El viejo marinero se quedó completamente inmóvil, sosteniéndole la mirada al amanuense a través de la penumbra lechosa, su único ojo bueno recorriendo el rostro de Mateo como quien intenta memorizar los rasgos de alguien a quien nunca se había molestado en mirar de verdad.

En la penumbra de la Santa María, el único ojo del tuerto destilaba una verdad devastadora: una mezcla de horror absoluto por el abismo al que estuvo a punto de saltar, y una gratitud humillante que le carcomía el orgullo desde las entrañas.

Era un puente tendido por el espanto común.

En esa única pupila abierta temblaban palabras que su boca en ningún momento se atrevería a pronunciar, el reconocimiento implícito de que, a partir de esa noche, su vida ya no le pertenecía a él, sino al hombre de tinta al que había intentado destruir.

Rodrigo abrió la boca una, dos veces, como si buscara las palabras exactas para nombrar aquello que sentía, pero cada intento se disolvió antes de convertirse en sonido.

Finalmente, con un gesto tan torpe como sincero, extendió una mano callosa y temblorosa hacia Mateo, no para agredirlo esta vez, sino en una especie de saludo incompleto, un gesto que ninguno de los dos supo del todo cómo terminar.

Mateo, todavía con el sabor de su propia sangre en los labios, se la estrechó sin decir palabra, sintiendo bajo sus dedos el temblor de un hombre que había mirado la muerte a los ojos —o, mejor dicho, había sido mirado por ella— y había regresado con algo irremediablemente roto por dentro.

—No se lo diga a nadie —murmuró finalmente Rodrigo, con la voz quebrada, la primera vez que Mateo lo escuchaba hablar sin desprecio ni amenaza—. Que no sepan que el viejo Rodrigo estuvo a punto de bailar con el diablo esta noche. Que no sepan que fue un mocoso de tierra quien le salvó el pellejo.

—No diré nada —respondió Mateo, y lo dijo con una honestidad que sorprendió a ambos por igual—. Pero usted tampoco tiene que cargar con esto solo, Rodrigo. Sea lo que sea lo que nos está llamando desde el agua, no distingue entre marineros y amanuenses. A todos nos quiere en el fondo del mar.

El viejo tuerto asintió lentamente, y por primera vez desde que Mateo había subido a bordo, no hubo en aquel gesto ni una pizca de desprecio, sino algo mucho más parecido al respeto forzado que nace del terror compartido.

Se puso de pie con dificultad, tambaleándose todavía por la conmoción, y antes de perderse escaleras abajo hacia la bodega, se detuvo un instante y murmuró, casi sin volverse:

—El mar ya no es nuestro amigo, muchacho de tinta. Si alguna vez lo fue.

Mateo permaneció solo en la cubierta durante un largo rato después de que Rodrigo desapareciera, sintiendo cómo el calor del engranaje contra su pecho iba menguando poco a poco, como una fiebre que finalmente cede tras la crisis.

Se llevó la mano al pecho y sintió, con un alivio que le arrancó las lágrimas sin que pudiera contenerlas, que el metal había vuelto a su temperatura habitual, fría y quieta,

como si la amenaza inmediata —fuera cual fuese su verdadera naturaleza— se hubiera retirado junto con la criatura hacia las profundidades.

Pero el alivio duró poco. Mientras se limpiaba los últimos restos de sangre del labio superior, Mateo comprendió con una claridad helada que aquella tregua no era el final de nada, sino apenas el primer aviso de algo mucho más grande y mucho más antiguo que acechaba bajo el mar de brea,

algo que había reconocido el engranaje de su abuelo con la misma certeza instintiva con que un animal reconoce a su cazador.

Pensó en las palabras del viejo gitano, junto a la fogata de Triana, en el gigante herido llamado Halvar, en los dibujos de estructuras imposibles y ojos sin párpados, y por primera vez se preguntó, con un escalofrío que nada tenía que ver con el frío de la noche,

si aquellas leyendas del norte helado no habrían sido, después de todo, el recuerdo distante de algo que también acechaba estas aguas del sur, algo que quizás llevaba siglos esperando bajo la superficie a que un puñado de carabelas ambiciosas se atreviera a cruzar su territorio.

El cielo, todavía cubierto por aquel manto plomizo que parecía negarse a disolverse por completo, comenzaba a clarear apenas en el horizonte, una línea grisácea que anunciaba, sin demasiada convicción, la llegada de un nuevo día.

Mateo se incorporó con las piernas todavía temblorosas, aferró el morral contra su costado con la fuerza de la costumbre, y se encaminó lentamente hacia los camarotes de popa, sabiendo que tendría que contarle al Almirante lo que había presenciado esa noche,

aunque no encontrara todavía las palabras exactas para describir un horror que ni el propio lenguaje de los hombres parecía capaz de contener.

A sus espaldas, el mar de brea continuaba su silencio insondable, liso y negro bajo el cielo agonizante, guardando en sus profundidades un secreto que la Santa María y toda su tripulación apenas comenzaban a rozar con las yemas de los dedos,

sin saber todavía que aquel primer encuentro con la criatura de la niebla no sería más que el preludio de pesadillas mucho mayores que aguardaban, pacientes y hambrientas, en la ruta trazada hacia el oeste.