El Testigo de Sevilla Y El Mar De Las Tinieblas CAPÍTULO III El Abismo y las Pesadillas del Leviatán #3
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CAPÍTULO III El Abismo y las Pesadillas del Leviatán #3

el modo en que el agua negra resbalaba sobre aquel cuerpo sin mojarlo por completo, como si la propia brea repeliera el contacto con algo que no pertenecía ni al mar ni a la tierra ni a ningún reino conocido por el hombre.

El ser clavó su rostro ciego en la dirección de Mateo.

No emitió un sonido que cruzara el aire; en su lugar, lanzó una onda de choque mental, un chillido mudo que golpeó la frente del amanuense como un martillazo.

Mateo se llevó las manos a la cabeza, ahogando un grito de dolor, mientras un hilo de sangre cálida comenzaba a escurrirle por la nariz, y por un segundo, solo un segundo, tuvo la certeza aterradora de que aquella cosa sabía exactamente quién era él,

que lo había reconocido a través de la niebla y la distancia con la misma precisión con que el engranaje había reconocido su presencia semanas atrás.

Con un violento coletazo que agitó el lodo negro del océano, el monstruo se sumergió en las profundidades, dejando la superficie lisa y muerta una vez más, como si nunca hubiera estado allí.

—¿Qué diablos era eso...? —murmuró Mateo en la penumbra, cayendo de espaldas sobre las tablas, temblando incontrolablemente, el sabor metálico de su propia sangre mezclándose con el terror que le atenazaba la garganta—. Dios del cielo... ¿qué demonios era esa cosa?

—Una sirena, maestro Mateo.

La voz, fría y pesada como el hierro, emergió de entre la niebla.

Diego de Arana dio un paso al frente, con la mano apoyada en el pomo de su espada de oficial y los ojos fijos en la oscuridad del océano.

Su rostro no mostraba sorpresa, sino una resignación antigua y severa, la expresión de un hombre que ha aprendido, a fuerza de golpes, a no esperar misericordia del mundo que lo rodea.

Se acercó a la barandilla, observando el rastro de espuma sucia que la criatura había dejado al sumergirse, con la misma calma metódica con que habría inspeccionado un nudo mal atado o una vela rasgada.

Arana extendió una mano enguantada y ayudó al amanuense a incorporarse, obligándolo a sostenerse en pie a pesar del temblor de sus piernas. Su tacto, como siempre, transmitía una firmeza que parecía capaz de sostener el peso de toda la tripulación sin quebrarse.

—Los hombres de mar hablan de ellas desde los tiempos de los griegos —continuó el contramaestre, con una voz baja que apenas competía con el siseo de la bruma—.

Cuentan los viejos relatos que son mujeres de una belleza celestial que habitan en los arrecifes más remotos, criaturas bendecidas con voces tan hermosas y melodías tan desgarradoras que nublan el juicio de los marineros más curtidos.

Dicen que su canto te hace olvidar tu hogar, tu esposa y tu propio nombre, arrastrándote dulcemente hacia una muerte líquida para devorar tu alma en el fondo del mar.

Eso es lo que dicen los mitos, amanuense.

Mateo guardó un silencio sepulcral, limpiándose mecánicamente la sangre de la nariz con la manga de la camisa, sintiendo el temblor que aún le recorría cada músculo del cuerpo.

Escuchar a Arana hablar de «bellas melodías» y «mujeres hermosas con cola de pez» le produjo una disonancia aterradora, un abismo tan profundo entre la palabra y la imagen que por un instante temió que la propia cordura se le escapara entre los dedos,

igual que se les había escapado a tantos otros hombres a bordo en las últimas noches.

El terror lo paralizó por dentro al comprender la distancia que separaba la fantasía de los hombres de la cruda realidad del mundo.

Lo que acababa de acechar a Rodrigo desde el agua no tenía nada de bello, ni de poético, ni de humano.

Era un monstruo puro, una deformidad que la mente humana había maquillado con canciones para no volverse loca de pánico ante lo inexplicable.

Mateo pensó, en ese instante de lucidez desesperada, en su abuelo Luis y en sus historias de gigantes heridos y dibujos robados a dioses de hielo, y comprendió con una certeza gélida que quizás los mitos de todos los pueblos —griegos, nórdicos,

cristianos— no eran más que intentos desesperados de vestir con ropajes hermosos aquello que la razón humana simplemente no podía sostener sin quebrarse.

Si los hombres de Homero hubieran visto lo que él acababa de ver, pensó, jamás habrían escrito de mujeres aladas cantando entre las rocas; habrían escrito, si es que la cordura se los hubiera permitido, de exactamente lo que él tenía grabado ahora tras los párpados: una máscara sin ojos,

una boca cosida de agujas, un cuerpo que no pertenecía a ningún orden natural conocido por Dios ni por el hombre.

—No era hermosa —susurró Mateo, casi sin darse cuenta de que hablaba en voz alta, con la mirada perdida en el punto exacto donde la criatura se había sumergido—. No había ninguna canción, contramaestre. Solo... solo un grito que no se oye con los oídos. Un grito que te parte la cabeza por dentro.

Arana lo observó un instante largo, con esos ojos grises que rara vez traicionaban emoción alguna, y por primera vez desde que Mateo lo conocía, algo parecido a la duda —o quizás a una comprensión reticente— cruzó fugazmente su semblante.

—Entonces guárdate esa verdad, muchacho —respondió el contramaestre, bajando la voz hasta convertirla en apenas un murmullo—.

Porque si les cuentas a estos hombres lo que en verdad viste, si les arrebatas hasta el consuelo de una hermosa leyenda para explicar su propio terror, no te lo perdonarán nunca.

Un hombre puede sobrevivir al miedo de un monstruo.

Muy pocos sobreviven al miedo de un mundo que ya no tiene sentido.

—Vuelva a su puesto, Mateo —ordenó Arana, dándole una palmada seca en el hombro antes de volverse hacia la niebla para continuar su ronda—. Y limpie esa sangre antes de que la marinería la vea. Ya tenemos suficiente miedo a bordo.

El contramaestre se desvaneció en la bruma con la misma rapidez con la que había aparecido, dejando la cubierta sumida de nuevo en el aislamiento, su silueta disolviéndose entre los jirones de niebla como si jamás hubiera estado allí,

como si fuera él mismo parte de aquel océano de secretos que envolvía la nave entera.

Mateo exhaló un aire tembloroso y giró la cabeza despacio hacia el suelo.

Rodrigo seguía allí, sentado contra el trancanil del barco.

El letargo magnético del trance se había evaporado por completo de su mente tras el golpe, dejándolo frío, desorientado y dolorido en mitad de la noche muerta.

Se incorporó con lentitud, apoyando una mano nudosa en la madera húmeda para estabilizarse, y fijó la vista en el joven.

No hubo maldiciones. No hubo amenazas, ni la altanería del lobo de mar que pretendía gobernar la cubierta infundiendo terror a los novatos.