CAPÍTULO III El Abismo y las Pesadillas del Leviatán #2
Era una advertencia física, una alarma silenciosa que le indicaba que una presión externa, invisible y maligna, estaba alterando la psique de cada hombre a bordo, desgastando la delgada línea que separaba la cordura de la demencia.
Las noches se convirtieron para Mateo en una batalla íntima y silenciosa contra su propio cuerpo.
Se despertaba a menudo con la camisa empapada, no de sudor común, sino de un sudor frío y pegajoso que le recordaba, con una punzada de terror, las descripciones que su abuelo Luis solía hacer de los hombres de la Orden Iscariote acercándose en la oscuridad: un frío que no venía del ambiente,
sino de algo que se filtraba desde dentro.
Se llevaba la mano al pecho, sintiendo el metal latir contra sus costillas con una urgencia que no lograba descifrar del todo, y se preguntaba, en la soledad más absoluta de aquellas horas negras, si su abuelo habría vivido alguna vez algo remotamente parecido,
si aquel diario de piel de buey guardaba en alguna de sus runas indescifrables la clave para sobrevivir a lo que fuera que estuviera despertando en aquellas aguas.
Sacaba el diario en las pocas horas en que se atrevía a encender un cabo de vela robado, y pasaba los dedos sobre las páginas una y otra vez, buscando entre los símbolos geométricos y las líneas parabólicas alguna pista, algún patrón que coincidiera con la pulsación que sentía bajo la piel.
No encontraba respuestas, solo más preguntas, y el peso de la ignorancia se sumaba al peso ya insoportable del miedo colectivo que se filtraba por cada rendija de la nave.
Colón, que visitaba a Mateo con menos frecuencia ahora que el muchacho ya no vivía escondido, notó el deterioro en su rostro una tarde en que ambos revisaban juntos las cartas de marear.
—Estás más pálido que la propia niebla, muchacho —le dijo el Almirante, estudiándolo con aquellos ojos calculadores que rara vez dejaban pasar un detalle—. ¿También a ti te persiguen los sueños de los demás?
Mateo, que no había querido confesar aquel temor ni siquiera a sí mismo, se limitó a asentir con la cabeza baja.
—El engranaje se calienta, Almirante. Cada noche más. Y no sé qué significa, ni qué debo hacer cuando el calor se vuelve insoportable.
Colón guardó un silencio prolongado, contemplando el mapa desplegado entre ambos como si buscara en sus líneas trazadas una respuesta que sabía que no encontraría.
—Entonces reza para que ese metal siga calentándose, Mateo —respondió finalmente, con una gravedad que no era habitual en él—. Porque el día que se enfríe plenamente, sospecho que será porque ya no hay nada de lo que advertirte.
La noche del decimoquinto día, una niebla densa y lechosa se tragó la carabela.
Era tan espesa que borraba los límites físicos del barco; desde el centro de la cubierta principal, era imposible distinguir el castillo de proa o la silueta de los mástiles.
Mateo, incapaz de soportar el calor sofocante de la bodega y el dolor punzante en su pecho —un dolor que había ido creciendo hora tras hora hasta convertirse en una quemadura constante justo bajo el esternón—, subió a gatas a la superficie buscando un soplo de aire que calmara sus náuseas.
Emergió de la escotilla con el cuerpo bañado en un sudor helado, la respiración entrecortada, y por un instante creyó haber salido a un mundo distinto, uno sin costuras ni bordes, donde la niebla lo devoraba todo con la misma indiferencia con que el mar había devorado el viento días atrás.
El silencio era absoluto, roto únicamente por el siseo de la bruma al lamer la madera húmeda, un sonido tan tenue y constante que Mateo sintió que se le metía dentro de los oídos, reptando hacia el fondo de su cráneo.
Se arrastró hasta la borda más cercana, apoyando la espalda contra el húmedo y frío entarimado, e intentó respirar hondo, llenando los pulmones con aquel aire denso y salado que, de todos modos, no lograba aliviar del todo la opresión que sentía en el pecho.
El engranaje, bajo la tela empapada de su camisa, palpitaba ahora con una intensidad que le arrancó un gemido ahogado.
Cerró los ojos, apretando los dientes contra el dolor, deseando con toda su alma que aquella noche terminara pronto, que el sol —si es que todavía existía un sol en algún lugar más allá de aquella cortina infinita de niebla— volviera a asomar y disolviera el terror que se había apoderado de cada
rincón de la nave.
Entonces, lo escuchó.
No era una melodía, ni un canto de los que se narran en las tabernas de Cádiz.
Era un susurro sibilante, un zumbido magnético que parecía resonar directamente detrás de sus ojos, raspando los bordes de su cerebro.
Era una frecuencia sorda, un llamado imperativo que le erizó los cabellos de la nuca y le provocó un violento dolor de cabeza, un dolor tan agudo que por un instante Mateo temió que el cráneo mismo fuera a partírsele en dos.
Se llevó las manos a las sienes, presionando con fuerza, intentando desterrar aquel zumbido que parecía multiplicarse dentro de su cabeza como un enjambre de avispas invisibles.
El engranaje, contra su pecho, había alcanzado un calor casi insoportable, y Mateo comprendió, con una claridad aterradora que le atravesó el pánico como un rayo, que aquel susurro y aquel calor no eran fenómenos separados.
Eran la misma advertencia, la misma voz antigua de metal gritándole que algo terrible estaba ocurriendo a apenas unos pasos de donde él se encontraba, oculto tras el velo blanco de la niebla.
A través de la cortina blanca de la bruma, Mateo vio una silueta.
Un hombre avanzaba por la cubierta con pasos rígidos, rítmicos, balanceándose de un lado a otro como una marioneta sin hilos visibles.
Tenía los brazos caídos a los costados del cuerpo y la cabeza ligeramente inclinada hacia atrás, en un ángulo que ningún hombre despierto y en su sano juicio adoptaría jamás.
Cuando la figura cruzó bajo la pálida luz de un candil de guardia, Mateo reconoció las facciones tensas y el rostro curtido de Rodrigo.
El viejo marinero tuerto se desplazaba imperturbable, guiado por la invisible cuerda de aquel siseo, con los ojos —el bueno y el ciego por igual— completamente abiertos y fijos en un punto que no existía sobre la cubierta,
un punto que solo aquella criatura oculta bajo el agua parecía capaz de señalar.
Mateo sintió que el terror le paralizaba las piernas por un instante.
Había algo profundamente antinatural en la manera en que Rodrigo se movía, algo que desafiaba cualquier lógica humana: no caminaba como un hombre dormido tropieza a ciegas contra los obstáculos, sino con una precisión calculada y ajena,
como si unas manos invisibles tiraran de él desde el otro lado de la niebla, guiándolo con la misma delicadeza cruel con que un pescador recoge el sedal de su presa ya vencida.
Rodrigo llegó al límite de la borda. Sin vacilar, estiró una pierna y plantó el pie sobre la barandilla de madera, balanceando el peso de su cuerpo hacia adelante, listo para dar el paso definitivo hacia el vacío del agua negra.
El instinto de Mateo reaccionó antes que su miedo.
Olvidó las amenazas que habían marcado sus primeros días en cubierta, olvidó el puñal que aquel hombre le había prometido al inicio de la travesía y la hostilidad latente que dominaba el barco desde su descubrimiento.
En aquel instante, no existía el rencor acumulado de semanas, ni la memoria de aquella noche en que Rodrigo lo había pateado el morral contra las tablas con desprecio; solo existía la certeza fulminante de que un hombre, cualquier hombre, estaba a punto de morir frente a sus ojos, y que él,
Mateo Gámez, del barrio de Triana, era el único ser despierto en aquella cubierta capaz de impedirlo.
Se lanzó hacia adelante en una carrera ciega y desesperada a través de la bruma, con el corazón golpeándole el pecho junto al calor abrasador del engranaje, las piernas respondiendo con una velocidad que él mismo no sabía que poseía.
Justo cuando Rodrigo inclinaba el torso sobre el abismo, Mateo lo embistió con todo su peso, tacleándolo a la altura de la cintura.
Ambos cayeron con violencia sobre las tablas de la cubierta.
El impacto fue seco y brutal, arrancándole el aire de los pulmones a los dos hombres.
Mateo sintió el filo de un dolor agudo recorrerle el costado izquierdo, allí donde había golpeado contra el borde de un cabrestante, pero el dolor físico apenas logró abrirse paso entre el torrente de adrenalina que le corría por las venas.
Mateo rodó sobre los maderos de la cubierta, jadeando, pero el susurro magnético cesó de golpe en sus oídos, reemplazado por un crujido sordo en el agua.
Movido por una curiosidad morbosa y aterradora, se arrastró de rodillas hasta el borde del barco y se asomó por encima de la barandilla, conteniendo el aliento, cada fibra de su cuerpo gritándole que apartara la mirada y, no obstante, incapaz de obedecer a esa voz de prudencia.
La niebla se abrió por un único y maldito segundo bajo la pálida luz de la luna alta, revelando la superficie del mar de brea.
Mateo la vio cara a cara.
Abajo, aferrada al casco de madera con dedos largos y membranosos que terminaban en uñas oscuras, flotaba una criatura de pesadilla.
Su torso, de una palidez grisácea y agónica, recordaba vagamente a la forma humana, rematado en una larga cola de pez que se retorcía bajo el agua con espasmos lentos y pesados.
Pero su rostro... su rostro destruía cualquier fantasía poética de los navegantes.
Era una aberración de la naturaleza: una máscara deforme de piel estirada, sin nariz, con cuencas oculares vacías y ciegas, y una enorme boca rasgada que se abría en una mueca desencajada, armada con hileras de dientes finos y aguzados como agujas.
Por un instante que a Mateo le pareció eterno, el tiempo mismo pareció congelarse junto con el mar de brea.
Cada detalle de aquella criatura se le grabó en la memoria con una nitidez insoportable: la piel translúcida que dejaba entrever, bajo la superficie grisácea, el latido lento de venas oscuras; las membranas entre los dedos, tensas y brillantes como las alas de un murciélago recién nacido;