CAPÍTULO III El Abismo y las Pesadillas del Leviatán
El viento, el alma invisible que había empujado a la flotilla desde las costas de la Gomera, murió por completo al décimo día de adentrarse en aquella coordenada maldita.
No fue una calma ordinaria; el Atlántico no se limitó a quedar en reposo, sino que pareció transformarse en otra sustancia.
El agua, siempre cambiante en sus tonos de verde y azul, perdió su transparencia y adquirió una densidad oleosa, lisa y negra como la brea.
Desde la cubierta de la Santa María, el océano ya no parecía un cuerpo vivo, sino un espejo de obsidiana inmenso y estancado, encargado de reflejar un cielo plomizo que borraba las estrellas durante la noche y ahogaba el sol en una neblina perpetua durante el día.
Las carabelas avanzaban a duras penas, flotando sobre aquel lodo flotante que amortiguaba el golpe de las olas hasta volverlo inexistente.
El silencio que se instaló en el navío era tan espeso que el crujido de las cuadernas sonaba como huesos rompiéndose en la oscuridad.
Mateo, que había pasado las últimas semanas aprendiendo a caminar sobre la cubierta a la luz del día con el pulso todavía tembloroso pero la cabeza más alta, sintió el cambio antes de comprenderlo del todo.
Fue el propio engranaje, siempre frío contra su pecho, el que le avisó primero: una noche, sin razón aparente, el metal despertó de su letargo habitual y comenzó a emitir un calor suave, apenas perceptible, como una brasa que se niega a apagarse por completo.
Mateo se llevó la mano al pecho, extrañado, y no supo interpretar aquella tibieza como advertencia hasta mucho después, cuando ya fue demasiado tarde para huir de lo que se avecinaba.
Los pilotos, hombres que habían navegado media vida entre las costas de Portugal y las islas Canarias, se miraban entre sí con una inquietud que no se atrevían a nombrar en voz alta.
Ningún libro de derrota, ninguna leyenda de las tabernas de Palos hablaba de un mar que dejara de ser mar.
El agua, decían en susurros junto al timón, no debía tener aquella consistencia de aceite viejo, ni aquel silencio de cementerio que ahogaba hasta el propio chapoteo de los remos cuando algún oficial ordenaba probar la profundidad con una sonda.
Cristóbal Colón, por su parte, se paseaba por la toldilla con el ceño fruncido sobre sus mapas, midiendo ángulos con el astrolabio y anotando en su diario de a bordo cifras que, según había confesado a Mateo en la intimidad del camarote,
no coincidían con ninguna ruta conocida ni con ningún relato de los viejos navegantes genoveses.
—Este no es un mar de Dios, muchacho —le había dicho el Almirante una noche, con la voz baja y la mirada perdida en la negrura líquida más allá de la borda—. O si lo es, es un rincón que el Señor prefirió no terminar de crear.
Fue a la tercera noche del estancamiento cuando comenzó la vibración.
Mateo estaba sentado en el suelo de la bodega, con la espalda apoyada contra el mamparo, tratando de ignorar el hedor a humedad y a cuerpos sin lavar de la marinería que aún compartía aquel espacio con él durante las horas de descanso, aunque ya no tuviera que esconderse entre los toneles.
De pronto, un zumbido sordo recorrió las cuadernas inferiores del casco.
No venía de la superficie, ni era el impacto de una corriente de aire.
Era una pulsación profunda, un ronquido colosal que ascendió desde el fondo del abismo y atravesó la madera de la carabela, haciendo vibrar los dientes en las mandíbulas de los hombres.
Las ollas de hierro de la cocina tintinearon y los barriles de agua parecieron temblar sutilmente, como si algo inmenso hubiera respirado justo debajo de la quilla.
Mateo sintió aquella vibración subirle por la columna vertebral antes de escucharla del todo, un temblor que le recorrió las plantas de los pies descalzos y le erizó el vello de los brazos.
Instintivamente, llevó la mano al morral que jamás se separaba de su cuerpo, y notó, con un escalofrío que nada tenía que ver con el frío de la bodega, que el engranaje bajo su camisa había vuelto a calentarse, esta vez con más fuerza, como si respondiera a aquel latido oculto con un pulso propio.
—El Leviatán —susurró un marinero en la penumbra, santiguándose con una mano temblorosa—. Es la bestia del fin del mundo. Nos ha olido. Está midiendo el vientre de la nave antes de tragarnos enteros.
El nombre, una vez pronunciado, pareció cobrar vida propia entre las sombras de la bodega.
Nadie lo desmintió. Nadie se atrevió siquiera a mirar hacia la escotilla, como si el simple gesto de alzar los ojos pudiera invocar a la criatura desde las profundidades.
Mateo, apretado contra el mamparo, sintió que el corazón le golpeaba el pecho con la misma cadencia errática que el pulso del engranaje, y por primera vez desde que había subido a bordo comprendió que el miedo de aquellos hombres —hombres que habían sobrevivido tormentas capaces de partir un casco
en dos— no era la superstición vacía de gente ignorante, sino el reconocimiento instintivo de que algo, en efecto, los observaba desde el fondo del mundo.
La paranoia se propagó por la bodega más rápido que una peste.
Los hombres, curtidos en mil tormentas, pero indefensos ante lo desconocido, se aferraban a sus rosarios y amuletos con dedos blancos de tanto apretar.
Se hablaba en susurros de monstruos marinos de dimensiones bíblicas, de fauces capaces de devorar una flota y de ojos del tamaño de las velas mayores que acechaban bajo la quilla de la capitana.
Nadie dormía. La madera seguía vibrando a intervalos irregulares, como si un corazón gigante y ajeno latiera justo debajo de sus pies, recordando a cada alma a bordo que ya no pertenecían al mundo de los vivos.
Mateo, en su rincón, observaba aquel deterioro colectivo con una mezcla de terror y una fascinación que no se atrevía a confesarle a nadie, ni siquiera a Colón.
Había algo casi hipnótico en la manera en que los hombres, uno a uno, iban cediendo terreno a la superstición: Rodrigo el tuerto, que apenas semanas atrás lo había amenazado con una sonrisa torcida y la promesa de un puñal en la oscuridad,
ahora pasaba las noches acurrucado junto a un candil apagado, murmurando plegarias que Mateo nunca lo había escuchado pronunciar.
El propio Juan de la Cosa, maestre de recia disciplina, ordenaba dobles guardias en el timón no por prudencia náutica, sino porque temía —así lo confesó una noche a Diego de Arana,
sin saber que Mateo escuchaba desde las sombras— que la nave misma pudiera ser arrastrada hacia el fondo sin que ningún hombre lo notara a tiempo.
La comida perdió su sabor para casi todos.
Los hombres masticaban el tasajo con la mirada fija en algún punto invisible, ausentes, como si sus mentes ya hubieran comenzado a habitar otro lugar, uno mucho más profundo y mucho más oscuro que la bodega de la Santa María.
Y cada noche, sin falta, la vibración regresaba, siempre distinta en su intensidad, siempre igual en su promesa silenciosa de que algo, en algún punto bajo aquel mar de brea, sabía exactamente dónde encontrarlos.
Con los días, el miedo dio paso a algo mucho más sutil y destructivo: una infección onírica que comenzó a pudrir la fuerza de voluntad de la tripulación.
Los marineros ya no solo temían a lo que acechaba en el agua, sino a lo que aguardaba detrás de sus propios párpados.
Las guardias nocturnas se convirtieron en un suplicio.
Los hombres despertaban gritando, empapados en un sudor frío y espeso, con los ojos desorbitados por el espanto, y algunos, los más jóvenes, ya ni siquiera se atrevían a cerrar los ojos, prefiriendo la fatiga del insomnio a la certeza de aquello que los aguardaba en el sueño.
Lo terrorífico no eran los gritos, sino la siniestra coincidencia de los relatos.
Al amanecer, reunidos en pequeños grupos sobre la cubierta, con el rostro macilento y las manos temblorosas alrededor de un cuenco de agua que ya nadie se atrevía a beber sin persignarse antes, los hombres compartían sus sueños con voz trémula.
Todos, sin excepción, describían la misma visión aberrante: estructuras colosales e infinitas de piedra negra, labradas con geometrías imposibles, sumergidas en un vacío líquido donde la luz no existía.
Y en el centro de aquel laberinto ciclópeo, un ojo gigantesco, desprovisto de párpado, que los observaba fijamente desde el fondo, drenándoles el deseo de volver a ver la tierra.
Mateo escuchó aquellos relatos con un horror que le calaba hasta los huesos, no porque dudara de su veracidad, sino porque él mismo, noche tras noche, sentía el filo de esas mismas imágenes rozando el borde de su propio sueño,
como sombras que se negaban a cruzar por completo hacia su conciencia pero que dejaban tras de sí un rastro helado de angustia.
Se preguntaba, con una inquietud que no compartía con nadie, si el engranaje que colgaba de su cuello no sería en realidad un escudo, una barrera invisible que le impedía sumergirse por completo en aquel abismo colectivo que ya había comenzado a devorar las mentes de los demás hombres.
Y si era así, se preguntaba también, con un temor todavía más profundo, cuánto tiempo más podría aquel pedazo de metal antiguo seguir protegiéndolo antes de que la misma marea de pesadillas terminara por tragárselo a él también.
Uno de los grumetes, un muchacho apenas mayor que Mateo llamado Andrés, dejó de hablar por completo al quinto día de aquella infección de sueños compartidos.
Se sentaba en la proa durante horas, con la mirada fija en el horizonte plomizo, y cuando alguien intentaba sacarlo de su ensimismamiento, el chico solo alzaba un dedo tembloroso y señalaba hacia las profundidades, como si pudiera ver, incluso despierto,
aquel ojo gigantesco que el resto de la tripulación solo encontraba en sueños.
Mateo tampoco encontraba descanso. En su rincón de la bodega, el engranaje metálico oculto bajo su camisa comenzó a comportarse de manera errática.
No se limitaba a enfriarse con su pulso; ahora vibraba al unísono con el ronquido del océano, calentándose hasta quemarle la piel del pecho.