CAPÍTULO II La Mano Derecha del Almirante #4
No puedo permitirme que vuelvas a esconderte semanas enteras como una rata asustada, porque la próxima vez quizás no llegue a tiempo para salvarte el pescuezo.
A partir de mañana, aparecerás en cubierta a la luz del día, con pluma y papel en mano, como corresponde a un amanuense de mi confianza.
Trabajarás junto al piloto mayor durante las horas de sol, tal como le he dicho a esos hombres, y aprenderás lo suficiente sobre navegación y sobre el manejo de una carabela como para que nadie pueda acusarte de no pertenecer a bordo.
La mejor manera de sostener una mentira, muchacho, no es escondiéndola, sino vistiéndola de verdad hasta que se vuelva indistinguible de ella.
Mateo levantó la mirada, sorprendido, sintiendo que aquella orden, lejos de ser un castigo, era en realidad la primera puerta real que se abría ante él desde que había subido a bordo.
—¿Confiáis en que pueda aprender todo eso, Almirante?
Colón lo miró fijamente, y por primera vez desde que se conocían, algo parecido a una sonrisa genuina, sin cálculo ni artificio, se asomó en la comisura de sus labios.
—Confío en que no te queda otro remedio que aprenderlo, y esa es la mejor clase de confianza que existe.
Ahora descansa lo que puedas, que mañana comienza tu verdadera travesía a bordo de esta nave.
Y Mateo... —añadió, cuando el muchacho ya se disponía a marcharse—, guarda ese diario en lugar seguro esta noche.
Si algo de lo que contiene llegase a caer en las manos equivocadas, ni yo ni Arana podríamos protegerte de lo que vendría después.
Mateo abandonó el camarote del Almirante ya entrada la madrugada, cuando la niebla se había disuelto por completo y el cielo, limpio de nuevo, mostraba las últimas estrellas antes de ceder paso a las primeras luces grises del amanecer.
El mar había recuperado su oleaje habitual, un vaivén suave que mecía la Santa María con un ritmo casi hipnótico, y el viento, que había estado ausente durante toda la noche de la niebla, regresaba ahora en soplos frescos que hinchaban las velas con un chasquido satisfecho.
Pese a ello, aunque la naturaleza parecía haber olvidado por completo el episodio de la noche anterior, la tripulación no lo había hecho.
Mateo lo notó de inmediato al cruzar la cubierta hacia el pequeño camastro improvisado que Arana le había señalado, ya no en la bodega, sino en un rincón más digno cerca de los camarotes de oficiales: las conversaciones se cortaban en seco a su paso,
los ojos lo seguían con una mezcla de curiosidad y desconfianza, y más de un marinero escupió deliberadamente al suelo cuando pasó cerca, un gesto antiguo de conjuro contra la mala suerte que no necesitaba palabras para transmitir su significado.
Rodrigo el tuerto, apostado junto a la amura de estribor fingiendo revisar un cabo que no necesitaba revisión alguna, le dedicó una mirada larga y cargada de un rencor que no se molestó en disimular.
—Duerme con un ojo abierto, muchacho de tinta —murmuró, lo bastante alto para que Mateo lo escuchara, pero lo bastante bajo para que no pudiera considerarse una amenaza formal que ameritara el castigo prometido por Arana—.
El mar tiene mil maneras de tragarse a un hombre sin que nadie tenga que mover un dedo.
Basta con un resbalón en la noche, una ola más alta de lo esperado, un descuido junto a la borda...
Mateo sintió que la sangre se le helaba en las venas, pero recordó las palabras de Arana, la promesa de hierro que el contramaestre había pronunciado apenas unas horas antes, y logró sostenerle la mirada al viejo marinero sin apartar los ojos,
un gesto de valentía que le costó cada fibra de su cuerpo tembloroso.
—El contramaestre Arana ha sido muy claro respecto a los descuidos de esa naturaleza —respondió Mateo.
Las palabras le salieron de la garganta con un filo que él mismo no sabía que poseía, nacidas más del instinto de un animal acorralado que de una verdadera valentía—.
Estoy seguro de que él sabría investigar cualquier resbalón con el mismo cuidado con que investiga un motín.
En cuanto la última sílaba abandonó sus labios, Mateo sintió un vacío helado en el estómago.
Rodrigo entrecerró su único ojo bueno, evaluando al muchacho con una nueva sombra de respeto mezclada con el rencor, y finalmente soltó una risa seca, sin humor, antes de volver a su cabo sin decir una palabra más.
Aquel breve intercambio, insignificante en apariencia, marcó para Mateo el verdadero inicio de su lugar a bordo de la Santa María: ya no era solamente la sombra escondida entre los toneles, el secreto que había que ocultar a toda costa.
Era, para bien o para mal, una presencia reconocida, temida por unos, protegida por otros, y sospechada por todos.
El camino hacia las Indias comprendió esa madrugada mientras el sol comenzaba finalmente a asomar sobre un horizonte que ya no parecía tan idéntico ni tan burlón como antes, apenas comenzaba, y las tres carabelas que llevaba a él, al diario de piel de buey y al engranaje frío contra su pecho,
tenían todavía un océano entero de secretos, tormentas y desconfianzas por atravesar antes de que cualquiera de ellos pudiera siquiera imaginar qué los esperaba al otro lado del mundo conocido.