CAPÍTULO II La Mano Derecha del Almirante #3
Mateo se levantó del suelo, temblando levemente y resguardando el morral contra su costado, percatándose de que Juan de la Cosa y sus dos escoltas aún lo cercaban con la mirada, y que Rodrigo el tuerto no se había movido un palmo,
con los brazos cruzados y una expresión que prometía continuar el interrogatorio en cuanto el Almirante no estuviera para escucharlo.
Fue en ese instante cuando una figura imponente se interpuso entre ellos, surgiendo de entre la bruma como si hubiera estado esperando el momento exacto.
Diego de Arana, el contramaestre, dio un paso al frente.
Era el único hombre a bordo que parecía inmune a la degradación física y mental del viaje; lucía su jubón de cuero con una pulcritud militar absoluta y sus ojos grises, fijos y calmados, transmitían una autoridad implacable que no necesitaba levantar la voz para imponerse.
Arana se cruzó de brazos, colocándose como un auténtico muro de hierro entre los marineros y el muchacho, su sola presencia física —más de una cabeza por encima del propio De la Cosa— bastando para que el corro de hombres retrocediera medio paso, casi sin darse cuenta.
—Ya escucharon al Almirante —sentenció Arana, barriendo a la guardia con una mirada gélida que congeló cualquier amago de protesta—.
El próximo hombre que sabotee el orden interno, que escupa al paso de este muchacho o que intente tocar sus pertenencias, terminará el viaje colgado de la verga mayor o con la espalda abierta a latigazos.
El Almirante gobierna esta flotilla, y yo gobierno está cubierta. ¿Quedó claro?
Rodrigo el tuerto, envalentonado quizás por el vino de guardia o por la vieja costumbre de no callarse ante nadie que no fuera el capitán, dio un paso adelante, desafiante:
—Contramaestre, con todo respeto que os debo, esto no es cuestión de amotinarse ni de faltar al orden.
Es cuestión de que un hombre que no pertenece al mar trae mala suerte a bordo, y esta niebla del demonio es la prueba que necesitábamos.
¿Vais a defender a un polizón contra vuestros propios hombres, los que os han servido lealmente desde Palos?
Arana no alzó la voz ni un ápice. Su respuesta fue tan fría y firme como el acero de una espada recién forjada:
—No defiendo a un polizón, Rodrigo. Defiendo la palabra del Almirante, que es la única ley que existe en mitad de este océano donde no hay ley, ni juez, ni rey que pueda escucharos si os equivocáis.
Y te voy a decir algo más, para que quede grabado en esa cabeza dura que tienes: he visto hombres morir en el mar por el hambre, por la tormenta, por la fiebre y por la propia estupidez de sus compañeros.
Nunca he visto morir a nadie por la mala suerte de un muchacho asustado.
La niebla se levantará con el sol, como se ha levantado siempre, con o sin este mozo a bordo.
Y si alguno de vosotros necesita a alguien a quien culpar de su propio miedo, que me busque a mí, que aquí estoy, con los pies bien plantados y sin intención de moverme.
Aquellas palabras, pronunciadas con la calma pétrea de quien no conoce ni conocerá nunca la duda, tuvieron un efecto más contundente sobre la tripulación que cualquier amenaza de latigazos.
Había en el tono de Arana algo que iba más allá de la disciplina militar: una especie de código personal, forjado en mil batallas y mil tormentas, que no admitía discusión ni resquicio para la superstición.
De la Cosa, que hasta ese momento había mantenido una postura desafiante, apretó los dientes, tragándose la rabia, y asintió levemente antes de dar la orden a sus hombres de dispersarse, aunque no sin antes lanzar una última mirada cargada de resentimiento hacia Mateo,
una mirada que prometía que aquel asunto estaba lejos de haberse cerrado plenamente.
Los marineros se retiraron uno a uno, arrastrando los pies sobre la cubierta húmeda, murmurando entre dientes, envueltos en la niebla que ya comenzaba, muy lentamente, a deshilacharse en jirones bajo la primera claridad todavía lejana del amanecer.
Solo Arana permaneció firme, como una estatua tallada en la propia madera del barco, hasta que el último hombre desapareció escaleras abajo.
Arana se volvió entonces hacia el joven y le puso una mano pesada y firme sobre el hombro.
Su tacto era extrañamente reconfortante, una roca de certidumbre en mitad de un mundo que no paraba de tambalearse, el primer contacto humano verdaderamente amable que Mateo había recibido desde que puso un pie en aquella carabela.
—Sé lo que andan murmurando en las sombras, Gámez —le dijo el contramaestre en un tono más bajo, casi paternal, muy distinto del que había empleado segundos antes con los marineros—.
El aislamiento los está volviendo locos y les irrita ver a un hombre de tierra metido en los asuntos de la mar.
Pero mientras yo respire en esta carabela, nadie te va a poner una mano encima. Mi palabra es de hierro.
Mateo, todavía temblando, el corazón latiéndole desbocado y el sabor amargo del miedo aún instalado en el fondo de la garganta, intentó articular unas palabras de agradecimiento, pero lo único que consiguió fue un asentimiento tembloroso y un murmullo apenas audible.
Arana pareció comprenderlo de todos modos, porque esbozó algo parecido a media sonrisa —la primera expresión suave que Mateo le había visto— antes de continuar:
—No hace falta que digas nada, muchacho. Guarda las fuerzas para lo que viene, que en esta travesía las vas a necesitar todas. Ve a la cabina del Almirante. Colón te espera para revisar tus papeles antes de que el descontento de estos viejos lobos de mar termine por desbordar las escotillas.
Mateo lo miró con un nudo de sincera gratitud en la garganta, incapaz todavía de procesar del todo lo ocurrido: el terror del descubrimiento, la mentira sostenida con tanto aplomo por Colón, la desconfianza abierta de los marineros,
y ahora esta figura de hierro que se erguía como su único refugio real en mitad de un océano hostil.
Sintió, por primera vez desde que zarparon de Palos, que quizás no todo estaba perdido, que quizás existía al menos un hombre a bordo dispuesto a protegerlo sin pedir nada a cambio, más allá del cumplimiento de su propio código de honor.
Con el pecho un poco más ligero y la certeza de que el contramaestre le guardaría las espaldas hasta el fin del mundo, Mateo asintió una última vez y se dirigió a paso firme —o tan firme como le permitían las piernas todavía temblorosas— hacia los camarotes de popa,
resguardando el diario contra su costado, mientras a sus espaldas la niebla terminaba de disolverse y las primeras estrellas, tímidas, volvían a asomar entre las jarcias de la Santa María.
La puerta del camarote se cerró tras él con un chasquido suave que, después del estruendo de la confrontación en cubierta, sonó casi como un alivio.
El interior olía a cera derretida, a papel viejo y a la humedad salobre que se filtraba por todas partes en aquel barco, pero comparado con la sentina de la bodega, aquel aroma resultaba casi un lujo.
Colón estaba de pie junto a la mesa de mapas, con las manos apoyadas sobre el borde de madera y la mirada perdida en las líneas trazadas sobre el pergamino, líneas que representaban un océano que, hasta donde cualquier hombre vivo sabía, terminaba en el vacío.
Cuando escuchó los pasos de Mateo, no se volvió de inmediato.
Dejó pasar un instante, como si necesitara ordenar sus propios pensamientos antes de enfrentar al muchacho, y cuando finalmente giró, su rostro había perdido parte de la frialdad calculada que había exhibido frente a la tripulación. Ahora se veía, simplemente, cansado.
—Te dije que ni un ruido —murmuró Colón, y en su voz no había reproche, sino algo más parecido al agotamiento—. Y, aun así, aquí estamos.
—Lo siento, Almirante —respondió Mateo, con la voz todavía quebrada por el susto—. El aire allá abajo... no podía respirar. Llevo semanas sin ver más que oscuridad.
Colón lo observó largamente, con esos ojos que habían convencido a reyes y desafiado a cartógrafos, y por un momento algo parecido a la compasión cruzó su semblante.
—Lo sé —dijo finalmente, en voz baja—. Sé lo que es la oscuridad, muchacho.
Yo mismo he pasado noches enteras en cabinas más pequeñas que tu escondite, esperando que un patrocinador cambiara de parecer, esperando que una puerta no se cerrara para siempre.
Pero hay una diferencia entre tu oscuridad y la mía: la mía nunca puso en peligro a otros.
La tuya, esta noche, ha estado a punto de costarte la vida, y podría habernos costado a ambos mucho más que eso si Arana no hubiera llegado a tiempo con esos hombres.
Mateo bajó la mirada, avergonzado, consciente de que cada palabra del Almirante era cierta.
—La mentira del vino no se la creyeron por completo —murmuró, casi sin querer decirlo en voz alta—. Lo he visto en sus caras.
Colón exhaló un suspiro largo, el primero que se permitía desde que había bajado a la cubierta, y se pasó una mano por el rostro cansado.
—No, no se la creyeron del todo —admitió, con una honestidad que sorprendió a Mateo—.
Los marineros viejos como Rodrigo llevan el mar en la sangre desde antes de aprender a caminar; no se les engaña fácilmente con historias de botas de vino guardadas donde no corresponde.
Pero una mentira no necesita ser creída por completo, muchacho, solo necesita ser lo bastante fuerte como para que nadie se atreva a desafiarla abiertamente.
Y por ahora, eso nos basta. Mañana inventaré otra excusa si hace falta, y pasado mañana otra más, hasta que lleguemos a tierra o hasta que ya no importe quién seas ni de dónde vengas.
Se acercó entonces a la mesa y desenrolló, con gestos cuidadosos, uno de los mapas más antiguos que llevaba consigo, señalando con el dedo un punto impreciso en mitad del océano dibujado.
—De ahora en adelante, sin embargo, las cosas van a cambiar —continuó—.