CAPÍTULO II La Mano Derecha del Almirante #2
No llegó a dar diez pasos. Una bota pesada le pisó la capa y una mano rugosa lo agarró del cuello de la camisa, levantándolo del suelo con violencia.
—¡Miren qué rata tenemos aquí en los barriles! —bramó el maestre de la nave, Juan de la Cosa, arrojando a Mateo con brusquedad contra las maderas desnudas de la cubierta, bajo la pálida luz de la luna filtrada por la niebla.
El golpe le sacó el aire de los pulmones.
Mateo cayó de costado, raspándose la palma de la mano contra las tablas ásperas, y por un instante todo se volvió blanco y silencioso, como si el propio mundo hubiera contenido la respiración junto con él.
Cuando la visión se le aclaró, lo primero que vio fueron las botas, media docena de pares de botas gastadas y salpicadas de sal, formando un círculo cerrado a su alrededor.
Después llegaron los rostros: duros, marcados por el sol y el salitre, deformados por una mezcla de sorpresa y una furia antigua, la furia de quien descubre que ha sido engañado.
El terror que sintió Mateo en ese instante no se parecía a nada que hubiera experimentado antes.
No era el miedo abstracto de ser descubierto algún día, la posibilidad lejana con la que había convivido durante semanas en la oscuridad de su escondite.
Era algo mucho más inmediato y físico: el sabor metálico del pánico en la boca, el temblor incontrolable que le subía desde las rodillas, la certeza fulminante de que aquellos hombres, en su ira, eran perfectamente capaces de arrojarlo por la borda sin que nadie en el mundo llegara nunca a saberlo.
Instintivamente, incluso derribado y con el cuerpo dolorido, sus manos volaron hacia el morral, apretándolo contra el vientre con una fuerza desesperada, como si aquel diario y aquel engranaje pudieran protegerlo de algo que ninguna tela ni ningún cuero estaban en condiciones de detener.
—¡Suéltenme, no he hecho nada! —logró balbucear, con la voz quebrada, sabiendo incluso mientras lo decía que aquellas palabras no servirían de nada frente a hombres que ya lo habían condenado en sus mentes.
En pocos segundos, los marineros de la guardia nocturna rodearon al muchacho por completo, cerrando cualquier resquicio de huida.
Los rostros agrios, curtidos por el salitre, se deformaron con expresiones de rabia y sospecha.
En el mar, un polizón era sinónimo de mala suerte, una boca extra que consumía el agua racionada y un insulto a los hombres que pagaban su derecho a estar a bordo con el sudor de la frente.
—Un polizón de tierra firme... —escupió uno de los marineros mayores, un tal Rodrigo, de barba entrecana y un solo ojo bueno, pateando el morral de Mateo con el pie desnudo—.
Mírenle las manos, no tiene ni un solo callo.
Apesta a tinta barata de taller y a barro de Triana.
¿Qué hace este estorbo escondido en nuestra carabela?
Deberíamos pasarlo por ojo antes de que traiga una maldición sobre las velas.
—Con esta niebla del demonio ya teníamos bastante desgracia encima —añadió otro, más joven, santiguándose con un gesto rápido y nervioso—.
Y ahora resulta que llevamos una rata de tierra escondida entre el tocino.
¡Por eso no avanzamos, por eso la mar está muerta como un pantano!
Este mocoso nos ha echado un maleficio a todos.
El murmullo se extendió como pólvora entre los hombres.
Alguien mencionó a los monjes negros de los que se rumoreaba en los puertos de Palos, alguien más juró haber visto, noches atrás, una sombra deslizándose entre los toneles y no haber dicho nada por miedo a que lo tacharan de loco.
La superstición, alimentada por semanas de aislamiento y por aquella niebla antinatural que parecía tragarse el mundo, encontraba en Mateo el chivo perfecto sobre el cual descargar todo el miedo acumulado.
Varios hombres dieron un paso al frente, dispuestos a levantar a Mateo para arrojarlo por la borda, las manos ya extendidas hacia él, cuando la puerta del castillo de popa se abrió de golpe con un estruendo de madera contra madera.
La silueta alta de Cristóbal Colón apareció recortada contra la luz de los candiles de su camarote, la niebla arremolinándose alrededor de sus piernas como si el propio mar quisiera anunciarlo.
—¡Suelten a ese hombre de inmediato! —ordenó el Almirante, con una voz potente que cortó el murmullo de la tripulación como un hachazo.
El silencio que siguió fue absoluto, tan denso como la niebla que los rodeaba.
Ni siquiera el crujido habitual del casco parecía atreverse a sonar.
Juan de la Cosa se plantó frente a Colón, cruzándose de brazos y barriendo a Mateo con una mirada cargada de asco, sin soltar por completo su postura desafiante, aunque su voz, cuando habló, ya no tenía la misma fuerza bruta de instantes antes.
—Señor Almirante, este tipo viajaba escondido como una rata en las bodegas de carga —reclamó De la Cosa, con el orgullo herido de un marino viejo que se sabe dueño de su casco y de sus hombres, aunque el mando supremo no le pertenezca—.
La tripulación tiene derecho a saber por qué llevamos un intruso a bordo que no sabe ni amarrar una bota.
Colón bajó los escalones de madera con paso firme, manteniendo una frialdad impecable en el rostro, esa misma frialdad calculada que había hecho posible convencer a una reina de financiar un viaje hacia la nada.
Miró a Mateo de reojo, asegurándose de que estuviera intacto, y luego clavó sus ojos en el maestre.
—No hay ningún polizón en la Santa María, maestre De la Cosa —declaró Colón, sosteniendo la mentira con una autoridad pasmosa—.
Este joven está aquí bajo mis órdenes directas.
Debido a las prisas de última hora y al sigilo que requería nuestra partida en Sevilla, lo introduje a bordo en secreto.
Es mi nuevo amanuense y asistente personal de navegación.
Su labor es asistir al piloto mayor y poner en orden mis propios diarios y observaciones en los mapas.
Es mi as bajo la manga para esta travesía.
Hizo una pausa breve, como quien mide el peso exacto de cada palabra antes de soltarla, y añadió, con un tono que pretendía cerrar toda discusión:
—Y si lo han encontrado esta noche merodeando cerca de las bodegas, es porque yo mismo lo envié a buscarme una bota de vino de mi reserva personal, que guardo junto a los barriles de salazón para que no se agrie con el calor de mi camarote. No hay más misterio que ese. Regresen a sus puestos.
El silencio que siguió a estas palabras no fue el silencio de la obediencia, sino el de la incredulidad contenida.
Mateo, todavía en el suelo, pudo ver cómo las miradas de los marineros viajaban de Colón a él y de él de vuelta a Colón, como si intentaran encontrar la grieta en aquel relato demasiado pulido, demasiado oportuno.
El propio Rodrigo, el tuerto, frunció el ceño y escupió al costado antes de mascullar, no del todo en voz baja:
—¿Una bota de vino, dice el Almirante? Curioso lugar para guardar el vino, entre el tocino salado y los sacos de garbanzos, cuando la bodega de bebidas está tres tablones más a proa, junto a la santabárbara.
Yo llevo veinte años de marinero y jamás he visto guardar un buen caldo junto al tocino rancio; se avinagra con el olor.
Un murmullo de asentimiento recorrió el corro de hombres. Otro marinero, más joven pero no menos suspicaz, añadió con una media sonrisa torcida que no llegaba a ser insolencia abierta, pero que se le acercaba peligrosamente:
—Y además, señor Almirante, con el debido respeto...
si este mozo es vuestro amanuense de confianza, ¿por qué lleva semanas sin que nadie lo haya visto siquiera acercarse a vuestro camarote a sacar tinta o pluma?
Un hombre que trabaja los mapas debería andar por la toldilla a la luz del día, no arrastrándose como una sombra entre los toneles a medianoche.
Colón no titubeó, aunque un observador atento —y Diego de Arana lo era— habría notado el más leve endurecimiento en la mandíbula del Almirante, la señal mínima de que la pregunta había encontrado un punto débil en su historia.
Aun así, la voz de Colón no perdió ni un ápice de su autoridad cuando respondió:
—Trabaja de noche, precisamente, porque de día lo necesito descansado para las horas en que reviso con el piloto mayor las cartas de marear, cuando la luz es mejor para los cálculos finos.
No tengo por costumbre explicar el orden de mi propio camarote a la marinería, ni pienso comenzar a hacerlo esta noche por capricho de unos hombres asustados por la niebla.
¿Ha quedado claro, o necesito repetirlo una tercera vez?
La pregunta, formulada con un filo cortante, no despejó por completo la desconfianza que flotaba tan densa como la propia niebla sobre la cubierta, pero bastó para sofocar, al menos por el momento, cualquier réplica abierta.
La tripulación guardó un silencio tenso, masticando la respuesta del Almirante, las miradas cruzándose entre ellos con un lenguaje mudo de dudas compartidas.
No se lo tragaron del todo —eso era evidente en cada rostro, en cada ceño fruncido, en el modo en que Rodrigo el tuerto seguía negando levemente con la cabeza— pero nadie se atrevía a desafiar abiertamente la palabra del hombre que portaba los estandartes reales y la autoridad de la Corona sobre
sus vidas y sus raciones de agua.
El desprecio, con todo, no disminuyó; al contrario, cambió de forma.
A partir de esa noche, el recelo profesional se volvió insoportable.
Para los marineros rudos, que se habían ganado sus cicatrices en los peores temporales del mundo, la idea de que el Almirante prefiriera confiar en un donnadie de tierra que pasaba las horas repasando un cuaderno con extraños símbolos y garabatos incomprensibles era una afrenta intolerable.
Para ellos, Mateo era un intruso protegido por el capitán, un estorbo que no pertenecía al gremio de la mar y cuyos papeles parecían un insulto a la sabiduría de los pilotos viejos de Andalucía.
Y ahora, además, era la prueba viviente de una mentira que ninguno de ellos podía demostrar, pero que todos, en el fondo de su instinto marinero, sabían reconocer.
Cuando Colón regresó a sus habitaciones, la cubierta quedó en una tensa calma que la niebla parecía espesar todavía más.