CAPÍTULO II La Mano Derecha del Almirante
El Atlántico no era agua; era un desierto de vidrio azul que parecía no tener principio ni fin.
Al décimo día de haber dejado atrás las últimas costas conocidas, el mundo se había reducido a tres carabelas de madera crujiente flotando en la más absoluta nada, atrapadas entre un cielo implacable y un abismo líquido que amenazaba con tragárselas a cada hora.
El horizonte, esa línea maldita donde el azul del mar se fundía con el del cielo, se había convertido en una burla diaria.
No cambiaba. No se movía. Permanecía idéntico, hora tras hora, recordándoles que estaban solos.
A bordo de la Santa María, el aislamiento se había transformado en una enfermedad invisible.
El aire apestaba a tasajo rancio, a agua podrida de los barriles y al sudor amargo de casi cuarenta hombres que empezaban a perder la fijeza en la mirada.
La monotonía del océano era un mazo que golpeaba la cordura de la tripulación.
Los hombres ya no hablaban; gruñían. En las bodegas y bajo el castillo de proa, la convivencia se había vuelto ponzoñosa.
Los marineros pasaban las horas libres limpiando cabos con movimientos mecánicos, o simplemente sentados, mirando las tablas con los ojos desorbitados, mascando un rencor que crecía al mismo ritmo que la distancia con España.
Los reportes que mandaban los hermanos Pinzón desde la Pinta mediante señales de banderas no eran mejores: la locura del aislamiento estaba haciendo mella en sus hombres, quienes juraban escuchar lamentos bajo el casco y ver formas imposibles moviéndose bajo la espuma en mitad de la noche.
Para Mateo, las primeras jornadas habían sido un encierro dentro del encierro.
Pasaba los días oculto en las entrañas más oscuras de la popa, arrumbado entre pesados toneles de tocino y sacos de legumbres secas, exactamente en el mismo recoveco estrecho donde Cristóbal Colón lo había camuflado a toda prisa en los muelles de la ciudad para burlar las patrullas del puerto y la
feroz cacería de los monjes negros.
El espacio era asfixiante, un ataúd de madera que olía a salazón y humedad.
Apenas medía lo suficiente para que Mateo pudiera sentarse con las rodillas contra el pecho, y el techo —si es que aquella maraña de vigas y duelas curvas merecía tal nombre— le rozaba la coronilla cada vez que intentaba enderezar la espalda.
La primera noche había contado, por simple manía de no volverse loco, los clavos de la viga más cercana a su cabeza: treinta y dos, oxidados, algunos asomando la punta como dientes torcidos.
Los contó de nuevo la segunda noche. Y la tercera.
Al final del primer amanecer que no vio, porque bajo cubierta no existía el sol, ya sabía de memoria cada veta de la madera, cada nudo oscuro, cada mancha de humedad que dibujaba mapas fantasmales en las tablas.
El silencio, cuando lo había, era peor que el ruido.
El crujido constante del casco —un lamento grave y profundo, como el quejido de un animal viejo que se niega a morir— se filtraba por todas partes, y Mateo aprendió a distinguir sus variaciones: el crujido de la calma, el crujido de la marejada,
el crujido que anunciaba una tormenta antes de que el primer vigía la gritara desde el palo mayor.
Sobre su cabeza, los pasos de la tripulación resonaban como un idioma que no podía descifrar del todo: pasos apresurados significaban trabajo urgente en las velas; pasos arrastrados, el cambio perezoso de guardia; y, en las noches más largas, ningún paso en absoluto,
solo el mar golpeando el casco y el viento silbando entre los obenques, un silbido que a veces se le antojaba una voz susurrando su nombre.
No podía encender ninguna luz propia, salvo cuando el propio Colón bajaba con sigilo, envuelto en su capa, para dejarle un cabo de vela y comprobar que respirara todavía.
Aquellas visitas, breves y cargadas de tensión, eran los únicos momentos en que Mateo escuchaba una voz humana dirigida a él y no al viento.
El Almirante nunca se quedaba más de lo necesario; le entregaba un pedazo de pan duro, un sorbo de vino aguado en un cuenco de barro, y le repetía, siempre con el mismo tono grave, la misma advertencia:
—Ni un ruido, muchacho. Ni una tos. Estos hombres huelen el miedo y la novedad como los perros huelen la sangre. En cuanto puedas hablar en su idioma, en cuanto sepas mentir como ellos mienten, entonces y solo entonces podrás caminar sobre esa cubierta con la cabeza alta.
Y luego se marchaba, dejando a Mateo de nuevo a solas con la oscuridad, el morral apretado contra el pecho, sintiendo bajo la tela el peso frío del engranaje y el lomo áspero del diario de piel de buey.
Pasaba las horas repasando con los dedos las páginas que ya conocía casi de memoria, no porque pudiera leerlas en la negrura absoluta, sino porque el simple acto de tocarlas, de sentir los surcos de la tinta seca bajo las yemas, le recordaba quién era y por qué estaba allí.
Aquel diario y aquel engranaje eran las únicas pruebas de que su vida antes de la Santa María no había sido un sueño febril.
Los días se convirtieron en una cuenta imprecisa que Mateo intentaba llevar marcando pequeñas rayas con la uña sobre una viga que nadie más miraría jamás.
Perdió la cuenta al llegar a la novena marca, cuando una tos que había estado conteniendo durante horas —producto del polvo de la harina de los sacos vecinos— estuvo a punto de delatarlo, y tuvo que morderse el propio antebrazo hasta dejarse la marca de los dientes para sofocarla.
El hambre no era lo peor. El agua racionada, tampoco.
Lo que verdaderamente comenzaba a corroer a Mateo, gota a gota, como el mar corroe el hierro, era la ausencia total de aire limpio y de horizonte.
Había crecido en los talleres abiertos de Triana, entre el ir y venir de los aprendices, el ruido de los martillos, el olor del río.
Nunca había conocido un encierro semejante, un espacio donde el mundo entero se reducía a seis pasos de largo por tres de ancho, donde ni siquiera podía ponerse de pie sin golpearse la cabeza.
Cada noche, cuando el trajín de la tripulación menguaba hasta convertirse en apenas un murmullo de guardia, Mateo se permitía el único lujo posible: acercar el ojo a una rendija entre dos tablas mal ensambladas del casco,
una grieta del ancho de un dedo por donde a veces se colaba una hebra de luz de luna.
No se veía el mar por ahí, solo un destello plateado fugaz cuando la nave se inclinaba con la ola, pero para Mateo aquella línea de luz temblorosa era el mundo entero.
Apretaba el ojo contra la madera hasta que le dolía, tragando esa claridad como quien traga agua después de una travesía por el desierto.
Fue esa sed de aire, esa necesidad casi animal de sentir algo que no fuera madera podrida y oscuridad, la que terminó por traicionarlo.
La noche en que todo se torció había comenzado como un respiro extraño en la monotonía del viaje.
El cielo, que durante días había sido un manto de estrellas tan nítido que parecía que se podían contar una a una, se cubrió al anochecer de una niebla espesa y baja, del color del peltre viejo.
No era una niebla fría como las de las costas gallegas, sino tibia y densa, casi líquida, que envolvía los mástiles y convertía las velas hinchadas en fantasmas difusos allá arriba.
El mar, por su parte, se había calmado hasta volverse extrañamente manso, un plato oscuro y aceitoso donde apenas se distinguía el oleaje, salvo por el suave vaivén que mecía la carabela como una cuna.
No soplaba apenas viento. Las velas colgaban flácidas la mayor parte del tiempo, hinchándose solo a ratos con suspiros cortos, y el silencio que había reinado en cubierta durante la guardia nocturna era distinto al de otras noches: más espeso, más quieto,
como si el propio océano contuviera el aliento.
Bajo la carabela, en su escondrijo entre los toneles, Mateo sintió aquella calma inusual como una tortura añadida.
El calor bajo cubierta, sin la brisa habitual que normalmente se filtraba por las rendijas, se había vuelto insoportable.
El sudor le empapaba la camisa, pegándosela a la espalda, y el aire estancado de la bodega —cargado de olor a tocino rancio y a las emanaciones de la sentina— le raspaba la garganta con cada respiración.
Llevaba, según sus cuentas inciertas marcadas en la viga, más de dos semanas sin ver otra cosa que aquella hebra de luz por la rendija del casco.
Fue entonces cuando la necesidad se impuso a la prudencia.
Mateo se dijo a sí mismo que solo sería un instante.
Un solo respiro de aire limpio, húmedo por la niebla, pero al menos no viciado por la sentina, y regresaría de inmediato a su rincón.
La guardia nocturna, pensó, estaría distraída con la niebla, con la tensión de no ver más allá de la proa, con el miedo supersticioso que aquel manto gris despertaba en cualquier marinero.
Envolvió el morral contra su pecho, aseguró la correa con manos temblorosas, y comenzó a deslizarse entre los sacos y toneles hacia la escalerilla que llevaba a la cubierta principal, moviéndose con el sigilo torpe de quien ha pasado semanas sin usar apenas los músculos de las piernas.
Cada tabla del suelo, cada peldaño, parecía gritar bajo su peso descalzo.
Se detenía a cada crujido, el corazón latiéndole en las sienes con tal fuerza que temía que los propios marineros pudieran escucharlo.
Asomó primero la cabeza por la escotilla, y lo que vio le robó el aliento de una manera distinta al miedo: la niebla lo envolvía todo en un resplandor lechoso y pálido, la luna, oculta tras las capas de bruma, apenas lograba proyectar una claridad difusa y fantasmal sobre la cubierta desierta.
Le pareció, por un instante, estar asomándose a otro mundo, uno sin bordes, sin arriba ni abajo, solo esa niebla infinita que tragaba los mástiles a media altura.
Salió por completo. El aire, en efecto, era distinto: húmedo, cargado de sal, pero limpio, vivo, real. Cerró los ojos un segundo y dejó que le llenara los pulmones como si fuera la primera vez que respiraba en su vida. Ese segundo de descuido, esa pausa robada al miedo fue su perdición.