Arco I El Océano de las Alucinaciones #4
El templario vestía una túnica gris sobre una cota de malla impecable, marcada en el pecho con el blasón de la Orden Iscariote: una cruz invertida rodeada por treinta monedas de plata tejidas en hilo de seda negra.
Detrás de él, cuatro ballesteros del Santo Oficio abrieron el abanico en la cubierta, apuntando con sus armas cargadas hacia las sombras del navío.
Colón alzó la mirada lentamente, entornando los ojos con una mezcla de fastidio y calculada altivez.
—¿A qué debo este honor, hermano Alistair?
—preguntó el genovés, dejando la pluma a un lado—.
Las capitulaciones de Santa Fe firmadas por sus Majestades Católicas, Fernando e Isabel, me otorgan el mando absoluto de estos navíos.
No recuerdo haber leído en los pergaminos reales que el Vaticano fuera parte de mi tripulación ni de mis armadores.
Alistair no se movió un ápice ante la arrogancia del futuro Almirante. Dio un paso al frente, y el pesado regatón de su espadón golpeó la madera de la cubierta con un eco seco e intimidante.
—La Corona de Castilla gobierna sobre las tierras conquistadas, Almirante, pero Su Santidad Alejandro VI gobierna sobre las almas de la cristiandad.
Y en esta misma orilla hay un alma apestosa que pertenece por derecho a las hogueras de Roma.
Buscamos a un hereje. El nieto de Luis Gámez.
El muchacho tiene en su poder un objeto sacrílego, un metal maldito que atenta contra el orden divino.
Abajo, en el fondo de la bodega, Mateo cerró los ojos fuertemente, apretando los dientes para que el castañeo no lo delatara. El aroma a hierbas secas que se escapaba de la lona de su morral vacío era lo único que lo mantenía anclado a la realidad en medio de la negrura absoluta.
En la cubierta, Colón soltó una carcajada seca, cargada de desprecio marinero.
—¿El nieto del viejo Luis? Ese muchacho no es más que un pícaro de taberna que me ofreció sus servicios como ayudante de calafate hace dos días en Triana.
Le dije que no necesitábamos vagos ni ladronzuelos a bordo de las naves de Sus Majestades.
Si sus perros huelen el rastro de un hereje, le sugiero que lo busque en los burdeles del puerto o en las mulas de carga de la ciudad, no en mis carabelas.
Alistair clavó sus ojos claros en el genovés, analizándolo con fría fijeza.
No creía una sola palabra del marino, pero Colón era un hombre protegido directamente por la reina Isabel.
Registrar la nave insignia de la armada real sin un mandato sellado por la Corona podía desatar un conflicto político que ni siquiera el astuto Rodrigo Borgia deseaba manejar antes de consolidar su poder en Roma.
El templario escocés se inclinó sobre la mesa de mapas, invadiendo el espacio personal de Colón.
Sus fosas nasales se dilataron súbitamente.
En el aire húmedo de la cubierta, flotando de manera sutil sobre el hedor a brea y grasa de ballena de la nave, había un rastro inconfundible. Un aroma seco, amargo, terroso.
—Curioso... —susurró Alistair, pasando un dedo enguantado por el canto de la mesa de madera—.
Vuestra nave huele a hierbas quemadas, Almirante.
Un vicio de infieles y paganos que no cuadra con la pulcritud de un enviado de la Corona.
Es un aroma denso... y demasiado reciente para una cubierta que dice estar limpia.
Colón no parpadeó. Con una frialdad que asombró al propio Mateo desde su escondite, el genovés tomó el candil de aceite que iluminaba sus cartas y lo inclinó con deliberación, derramando un par de gotas de grasa caliente sobre el cuero de su mapa.
El olor a aceite quemado y humo rancio inundó el espacio de inmediato, asfixiando cualquier otro rastro.
—Es aceite de ballena usado, hermano Alistair —dijo Colón con voz monótona—.
El viaje que me espera es largo y mis ojos ya no son los de un hombre joven.
Necesito luz constante. Si habéis terminado de inspeccionar mis maderas y de oler mis enseres, os sugiero que bajéis a tierra.
La marea sube a medianoche y no pienso retrasar las carabelas de España por los fantasmas y las paranoias de Roma.
Alistair sostuvo la mirada del genovés durante un segundo que pareció un siglo.
Sabía que el diario andaba cerca, lo sentía en el ambiente, pero el tiempo político jugaba en su contra.
Se enderezó con un crujido metálico de su armadura y dio media vuelta hacia la pasarela, haciendo una seña a sus ballesteros para que bajaran las armas.
—Zarpad si queréis, Almirante —dijo el templario escocés sin mirar atrás, con una voz que prometía venganza—.
Pero recordad que el océano es ancho y que los hombres de la Orden Iscariote tenemos barcos más negros y rápidos que vuestras viejas carabelas castellanas.
Si ese muchacho está a bordo, la Iglesia lo reclamará en alta mar.
Y cuando el acero de Frey Baltasar de Saint-Clair caiga sobre esta cubierta, ni los Reyes Católicos ni Dios podrán salvaros del fuego.
Los soldados se retiraron de la cubierta y el sonido rítmico de sus botas metálicas se fue perdiendo gradualmente en la niebla del muelle de la Arenal.
Abajo, en la bodega de carga, Mateo soltó finalmente el aire que tenía atrapado en los pulmones.
Lo soltó despacio, controlando el temblor que le recorría los hombros, como si el cuerpo necesitara expulsar de una sola vez todo el miedo que había acumulado en los últimos minutos.
Le dolían las manos de tanto apretar el engranaje.
Le dolían las rodillas del salto. Le ardía la garganta de respirar a tirones durante la huida.
Era el dolor torpe y ridículo de alguien que no está acostumbrado a que su cuerpo sea un arma, ni un escudo, ni nada más que un vehículo para llevar libros de un lado al otro.
Pero el diario estaba a salvo. Y él estaba a salvo. Por ahora.
Estaba a salvo, pensó, por el mismo motivo que lo había estado siempre: no porque fuera valiente, sino porque el viejo Luis le enseñó a pensar cuando el miedo le decía que parara.
A moverse cuando el instinto le decía que se escondiera.
A confiar en el conocimiento acumulado por generaciones de hombres que tampoco eran guerreros pero que habían sobrevivido a cosas mucho más grandes que él.
Las palabras finales del templario se le quedaron clavadas en el pecho como una espina fría. Frey Baltasar de Saint-Clair... el verdugo de hierro del Papa ya venía en camino.
Mateo acarició el morral de lona, ahora desprovisto de las notas de su abuelo, y luego se tocó el amuleto del cuello, que lentamente comenzaba a enfriarse.
Miró hacia la oscuridad a través de una de las pequeñas aspilleras de ventilación de la bodega.
Detrás de esa penumbra estaba el océano, un abismo negro y desconocido que devoraba el horizonte.
No sabía qué buscaban los hombres de hierro, ni qué ocultaban las páginas que el Almirante le había quitado, pero mientras sentía el crujido de la madera y el vaivén del agua, comprendió que su vieja vida en Triana había terminado.
La travesía hacia lo desconocido había comenzado.